Si alguien me dijera hace un año y medio, que el Porco Fest pasaría a llamarse Pulpo Fest, y las razones del cambio, no le hubiera creído. Si además me hubiera dicho que la crónica de esa noche tendría que salir de estas manos, le hubiese dado una patada y hubiese salido corriendo. Conocer a Pulpo cambió el destino de mucha gente, aunque sólo fuese tangencialmente. Cuando hacia el mediodía del 16 de febrero de 2017, día en que tras un largo invierno por fin iba saliendo el sol, recibía un mensaje comunicándome su estado, corría ese frío paralizante por mi columna vertebral, igual que lo hizo el día en que supe de la noticia de su enfermedad. Dejaba tras de sí el dolor, muchos vaciles que repartir y que encajar y, por supuesto, muchas horas de concierto y furgoneta con la banda que le había devuelto la ilusión y la fe en lo que hacía y por lo que había luchado durante años, igual que hacen otros tantos músicos en esta tierra, una profesión denostada hasta la saciedad, pero ya era demasiado tarde. En ese momento empezó a gestarse el Pulpo Fest, aunque algo me dice que hay engranajes que empiezan a operar antes de este fatídico desenlace.

Han pasado varias horas desde que finalizó el festival y es ahora cuando empiezo a digerir, a encajar las piezas, a reflexionar y a buscar las razones por las que me encuentro con esta sensación agridulce. La disposición de las bandas fue significativa, todas ellas hicieron gala de un buen grupo de fans entre el público, algunos con una pila de Kilómetros a las espaldas, supimos de la dificultad de montar algo así en tan poco tiempo y nadie duda del duro trabajo que hay detrás de lo que para nosotros era una noche de conciertos y además colgando el cartel de Sold Out. Pero en mi opinión, faltó armonía en la selección de las bandas y, a varios integrantes de la piara (para gustos los colores), el festival se nos hizo largo. En concreto, desde que acabó Motociclón hasta que empezó Porco Bravo. Probablemente sea la razón por la que hubo una desbandada general antes de que empezase la Afterparty y por la que muchos se perdieron el directazo que se pegó el Señor No.

Los Riff Truckers, banda proveniente de la Gernika más árida, abrieron la que iba a ser la gala en memoria de Asier Martinez Mintegi y lo hacían desgranando “Healing the Soul” título de su disco que parecía escogido para la ocasión, acompañados por otros músicos de la zona de Urdaibai y rindiendo un sincero homenaje. Con “Stranger” salía Txortx Etxebarrieta, que a su vez también es técnico de sonido de los Porco, Extremoduro y otros. Monas de Effectus, impregnaba con su voz característica “Sour song”. Martin, como integrante de la banda también gerniquesa Backbone, gente que, según referencias del propio Pulpo le había sorprendido sobremanera y de los que era fan (quien no los conozca ya puede ponerse a ello), salía a cantar “What I Need”. De Gatibu, Haimar Arejita y Mikel Caballero, se lanzaban con una versión del “Gimme all your lovin’” de los ZZ Top. Edorta de Tooth le daba su toque a “Black Leather Queen” y por último como interludio, por breve, salían los tres de The Mubles, recordando al amigo que en tiempos pretéritos los acompañó en sus aventuras surferas. Los Truckers, quienes por cierto, se comprobó que habían ganado un buen puñado de fans desde que tocasen por última vez en Barakaldo, cerraban con “Lost Freedom”. No puedo evitar encontrar paralelismos entre títulos, letras y acontecimientos de esta noche.

Las palabras de Chiquito, en agónico soliloquio del fistro pecador de la pradera, anunciaban la llegada del grupo de culto Motociclón, que se reunía tras su disolución, hace cinco años, para dar un único concierto con motivo del Pulpo Fest. Por su forma de hacer y de ser, no cuesta mucho imaginar porqué surgió el amor entre los jabalís y el ciclón. A los rockeros de la vieja escuela les saltaban las alarmas con la intro de “Spirit of Radio” de Rush, mientras Robertez saltaba con “Compadre” y parecía espetar su lírica al propio Pulpo, “me ganaste a mí, te gané yo a ti”, “el ruido de nuestra risa, este es el subidón, la mejor canción de amor”. Después de sufrir un traspié y tirar de un cabezazo las cervezas de los de primera fila, iba como un misil de destrucción masiva a por “Poblado Calé On Fire”. Los punteos cargados de poder jebi se apropiaron de Trash, lo contemplábamos en “Warriors”, como un guitarrista completo y que da un empaque brutal a la banda. Con su característica forma de hablar y como buen vallecano, Robertez señalaba que el Rock es lo que nos ha hecho ser unos mutantes, mucho mejores que los fachas, que los pijos y que los guannays, qué mejor declaración de intenciones para “Soy un Mutante del Rock”. La sala iba dando paso a un calor mortal con “Onanismo obligatorio” y nos veníamos arriba con “Crapulismo”, donde un cerro de gente coreaba su rendición, mientras Trash tocaba los acordes enteros, con dos cojones. Pudimos comprobar que estos años de parón no habían hecho mella en la verborrea del frontman, quien como si estuviera locutando el partido dedicaba “Mojón Man” a quien se diese por aludido, a toda esa peña que hace que el monstruo se vuelva más fuerte, que no se perla de nada, cuya tolerancia es de postín, que hace colgar la bandera tanto si hay final de fútbol como si no. Con los Motociclón gilipolleces las justas. Tras deleitarnos con sus bailes de break dance, Robertez daba paso a Iñaki Rodríguez de Las Cheerleaders Asesinas, interesante banda madrileña de rock en activo a los que hay que dar una escucha, y salía también el bajista Ramón, a tocar “Bocachanclas”, con su turbia entradilla. Se respiraba la emoción y pletóricos hacían temblar la pista por última vez con “Air Guitar –Guitarras del Rock”,  pegándose un solo de dos guitarras de los que quitan el hipo y casi superan la letra de la canción. Robertez no podía irse sin vociferarnos un “maite zaituztet” que nos hacía temblar las canillas (“guk ere bai!”), dando fin a lo que fue la primera parte del festival.

Y los Kaotiko iniciaban la segunda. Teniendo en cuenta que hacía bastantes años que me bajé de este tren, me sorprendía ver que gran parte del público joven, coreaba lemas archiconocidos como “Su falso mundo” u otras como “Rico deprimido”, “Caroline” y la tradicional “Otra noche”. Se nota que llevan rodaje.

Desakato abría la puerta al hardcore, un desparrame de energía y la confirmación de que estamos ante una banda que tiene una justificada demanda creciente. Los asturianos, liderados por la mala leche de la voz de Pepo, desplegaron temas con gran empuje y deje americano como “Trompetes de Xericó”. Gran parte de los que estaban en sala, de los más jóvenes la mayoría, se conocía las canciones, coreando la de “La ira de los hambrientos” o “Laberinto sin salida”. Aprovecharon para afirmar sus ideas, la defensa del asturiano, de los pueblos y la propia lucha obrera, dando pie a “Fueu y Solombres”. La catarsis final se daba con la melódica “Tengo que salir”, en una sala que se encontraba repletísima y donde estábamos todos en manga corta secándonos el sudor de la frente.

Porco Bravo nos hicieron esperar algo más para el tercer tiempo. Mientras veíamos al equipo poner las cosas a punto, nos dábamos codazos con el de al lado o, nos abrasaban con el humo en la nuca dejándonos la oreja como la de Niki Lauda, caíamos en la cuenta de que ésta iba a ser la despedida de una gira que dura ya algo más de 9 años. Durante este tiempo y bajo la máxima de grabar-girar de forma constante y sin parar, la frase eskorbutiana de “creéis que todo tiene un límite y así estáis todos limitados” ha cobrado pleno sentido para esta banda, dándose de bruces en más de una ocasión contra el costreñido mundo laboral y el sistema que nos rodea, con la imposibilidad de perseguir nuestras metas más allá de la cadena de producción a la que siempre le falta más madera. Por lo que el final de la gira se cubría con el manto de una gran emoción, con la vista puesta atrás hacia los logros conseguidos, los obstáculos superados en el camino, la pérdida de un amigo y hermano, y lo que todavía queda por andar. En el escenario descansaba el albornoz del que definiera gran parte del carácter de la banda para siempre, Pulpo, “SOY EL ROCK”.

Decía algún filósofo, que la tragedia y la comedia no son términos opuestos, más bien al contrario, son dos caras de la misma moneda, las dos nacen de la negación y de la conciencia sobre los límites humanos. Mientras veía a la gente subirse como voluntaria al escenario, exhibiendo sus nalgas ante cerca de mil quinientas personas, no podía dejar de pensar en lo paradójico que resultaba todo, presentarnos en un evento con un peso trágico como este y la gente poniéndose bengalas en el culo. Eso es parte de lo que era Pulpo. Pero voy a empezar por el principio.

Los Porco salían al escenario con el público cargadito, empezando con “El Cazador”. Haciéndonos temer por sus crines con las llamaradas de colores que ascendían sobre nuestras cabezas, en esta despedida que algo de satánico había de tener. “Lasciva” y “Mienten” sonaban como nunca en una sala que, aunque no fuese el memorable Kafe Antzokia, ubicaba a los cinco de forma imponente en el horizonte, vigilados por la luz cósmica e inquietante que salía de los ojos de la cabeza de jabalí, clavada sobre una estaca y ocupando sitio preferente en el escenario. Bajo su influencia más de uno disimulaba el nudo en la garganta. Zebu, uno de los fundadores que según Manu, iba a quedarse para seis meses y al final duró seis años, ayudaba a alicatar “Bitxo raro” y “No hay nada” que exudaba nostalgia por los momentos que ni siquiera hemos vivido, o quizá sí. A lo mejor esté desvariando, pero al igual que cuando uno escucha Motörhead, en realidad está poniendo la oreja a Buddy Holly, a Eddie Cochran y otros clásicos; con éstas dos, los grupos de cabecera que estampaban las camisetas de los presentes se revolvían en un sustrato que quedaba en las pezuñas del Porco.

“Mírame” y “Solo quiero bailar” eran el preludio a la aparición en escena de Fito Cabrales, a quien Manu señalaba: “Vamos a tocar una de los Platero…, y una p****, ¡vamos a tocar una de Pulpo!” y así empezaba una “Motel” que al final, Fito acababa llevándose a su terreno, quedando el asunto en tablas y rematándola con “Juliette”. En “Pídelo otra vez” el gran Boni de los Barricada, quien ya había puesto su voz en la grabación, se fundía en la banda como uno más, al lado de Kapi, definiendo que “Esta es una noche de Rock and Roll”. Desde los pies de la Santana, podía ver a la gente del primer piso dedicada en cuerpo y alma a “Nunca pasa nada”, y hasta en algún momento me pareció ver el espejismo de la Pasionaria en plena efervescencia. Con “Donante” Manu dejaba clara su intención de deshacerse de la bengala para siempre, ofreciendo al público que hiciera el performance por él y alguno lo hizo, aunque de aquella manera. Podri de Rat-zinger, con toda esa fachada, traía como ofrenda una rosa roja que fue deshojando a golpe de sentimiento en “Lemmy”. Y tras hora y media de sangre, sudor y rock, se daba el paso a los bises. En “Electrica Actitud” fue imposible no acordarse de Mati, compañero de batallas de Pulpo, quien a preguntas sobre la industria musical, recibía un palmario “a nosotros, la industria musical, nos suda EL RABO” y a quien más de uno buscó sin éxito para darle un abrazo.

Cuando se apagaron las luces, después de “La Piara”, me daba cuenta de la sensación agridulce con la que me había quedado. Yoko, que me suele acompañar a muchos conciertos y a la que así llamaba Pulpo, solía vomitar cada vez que veía este grupo. Era matemático, ver a los Porco y devolver lo que fuera que hubiese ingerido. Según Pulpo era lo más bonito que nadie le hubiera dicho. Que vomitaba viéndoles. De forma que se convirtió en algo habitual que ambos se encontrasen tras el concierto y le hiciese la pregunta de rigor, qué tal Yoko, qué tal nos has visto, ¿has potado ya? El sábado a punto estuvo de hacerlo, gracias al olor de la pirotecnia, pero no hay duda de que aquí empezaba un nuevo tiempo y es jodido, porque el rock & roll ya no puede ser menos que esto para nosotros.