Más allá de la mirada impura y que señala como hereje a aquel que entra en un templo a cagar, también hay algo elegíaco y ritual, como de performance espiritual, de curativo, en poner en común algo que es solamente nuestro en un sitio que también debería serlo. No se puede decir que Los Planetas y el Niño de Elche hayan cagado anoche en Casa Patas, uno de los templos de peregrinación de la ortodoxia flamenca y uno de los espacios de confirmación de los flamencos de las últimas tres décadas. Al mirar las imágenes repletas de símbolos flamencos que abarrotan las paredes del tablao es inevitable pensar que de vez en cuando un acto de herejía a tiempo ayuda a renovar los votos con los dioses. Y que, a pesar de ser Jota, Florent y Paco Contreras tres aparentes pulpos en un garaje, quién sabe: quizás este garaje empiece a ser más suyo que de otros.

El concierto que allí ofrecieron no buscaba ni la autorización de la ortodoxia flamenca, ni acababa de ser del todo un acto de okupación de un edificio sagrado por parte de dos iconos de la heterodoxia flamenca. Si acaso, se trataba de una experiencia inédita que ha hecho posible (a golpe de talonario: no habrá salido barata la gracia) el ciclo de conciertos Momentos Alhambra en Flamenco en su cita más mediática, ambiciosa y, ¿por qué no? con pretensión de hacer historia: el grupo de rock alternativo español que más pujó para encontrar el flamenco que existe en la tradición rockera (y viceversa) y el último grano en el culo de la ortodoxia flamenca, un performer y cantaor que busca más el arte de acción que el duende en sus interpretaciones. Juntos en uno de los tablaos más icónicos, actuando para un público de apenas 120 o 130 personas.

El resultado ha sido un concierto algo irregular, aunque antes de eso bien cabría preguntarse: ¿qué espera uno de un concierto de Los Planetas y el Niño de Elche en Casa Patas? ¿Que fuercen un acercamiento a la ortodoxia flamenca y se desenvuelvan como cantaores y tocaores que emulen a Mairena y Sabicas? ¿O como rockeros que vienen a deslavazar un espacio icónico de la ortodoxia del género? En realidad, ninguna de las dos cosas.

El formato era tan sencillo y daba la sensación de que era tan improvisado y guiado por la intuición que, por momentos, olía a concierto de fogón de campamento, sobre todo en las primeras canciones donde parecía que estábamos en un parque cantando canciones de La Fuga o Platero y Tú a tres guitarras. El trabajo de ensamblaje armónico entre las voces (extremadamente opuestas en lo tímbrico, en los registros y en los ataques a las frases) de Jota y Paco brillaba por su ausencia. Más que como compañeros de proyecto musical, su complicidad era discursiva y cómica, no pararon de hacerse guiños y soltarse chascarrillos con doble sentido entre canción y canción. En cuanto a la guitarra de Florent, servía apenas como una especie de hilo musical dreamy o de palo de lluvia guitarrístico, para que no nos olvidemos de dónde vienen Los Planetas (por si alguno de los planeters, esa legión incapaz de cuestionar al grupo ni de quitarse la camiseta, se había olvidado).

No había especialmente una “mirada flamenca” extra a las canciones que acometían (a excepción de dos versiones de Antonio Mairena y Enrique Morente, el repertorio del concierto estuvo compuesto enteramente por canciones de los “discos flamencos” de la banda granadina: “Una ópera egipcia” (Sony BMG, 2007) y La leyenda del espacio” (Sony Music, 2010), que el Niño de Elche considera la cumbre de la unión del flamenco y el rock, por delante del Omega. Pero sí hubo muchos momentos en los que daba la sensación de que estos Planetas de Elche conseguían dar con el flamenco de las cosas, con un duende con algunos hilos de donde tirar.

Por un lado, en canciones con el espíritu de Los Planetas como protagonista, como “Ya no me asomo a la reja”, “Si estaba loco por ti”, la morentiana “Que me van aniquiland”o o la final “Alegrías del incendio” (solo empañada por las ansias de protagonismo de un Fernando Vacas que invadió el escenario para molestar a Contreras con unas palmas mal dadas) y, sobre todo, cuando el sonido, la mirada y el repertorio planetófilo se ponía al servicio de la imponente voz del Niño de Elche. Los momentos más emotivos y más lejos del registro pop planetario unplugged se dieron con Paco al micrófono, tanto en la imponente versión del “Romance de Juan Osuna” de Manolo Caracol (a quien, tras decir Jota que era heterodoxo, Contreras respondió: sí, pero más hetero que doxo) o la espectacular “Tendrá que haber un camino” de la banda granadina.

Precisamente esta canción parece querer decirles algo a ambos de cara al proyecto en conjunto en el que están trabajando: “Tendrá que haber un camino / que me lleve donde pueda estar. / Otros prefieren quedarse / aunque no puedan vivir. / Y yo prefiero la muerte / antes que seguir allí así”. A ver si es verdad y se hacen caso a sí mismos o si deciden comprarse el djembé, las mazas y el diábolo y darse de lleno a la canción de fogón y campamento.