La primera jornada del Ou Yeah! Fest (que próximamente acogerá los directos de Burning y Luz Casal) arrancó en Expourense con esa mezcla de expectación y energía que siempre acompaña al inicio de un festival, ofertando tres propuestas muy distintas entre sí. Un trazado que sobre el papel podría no haber encajado, pero que terminó complementándose de forma natural, ante un público diverso que respondió y supo disfrutar de una velada tan variada como en realidad coherente.
Los encargados de abrir la velada fueron Kitty, Daisy & Lewis. El trío británico lleva muchos años recorriendo escenarios, aunque para buena parte del público su nombre sonaba como una más de las muchas bandas que emergen actualmente. Esa mezcla de desconocimiento y barrera idiomática hacía pensar en un inicio más frío de lo esperado, pero la sensación apenas duró unos minutos. Lo que comenzó como la actuación de unos completos desconocidos terminó convirtiéndose en pequeña conquista. Gran parte de la culpa la tuvo ese constante intercambio de instrumentos, casi un juego musical en el que batería, piano, guitarra o armónica cambiaban de manos continuamente. También la solvencia vocal de los tres hermanos y un repertorio que navega con naturalidad entre rock and roll, soul o country, una combinación tan efectiva como elegante para poner a tono el ambiente.
Tras ellos, Loquillo (en la foto) apareció en escena con la seguridad del que sabe que no necesita (ni quiere) reinventar nada. El barcelonés ofreció exactamente aquello que su público espera encontrar, con un repertorio plagado de clásicos, una banda que sonó poderosa, y un directo construido desde la experiencia de quien lleva décadas dominando los escenarios. Cada canción fue recibida con vitola de himno y el público respondió cantando y celebrando cada uno de esos grandes éxitos. En su actuación volvió a aflorar esa chulería escénica que, en algunos momentos, puede parecer anclada en otra época y que probablemente choque con generaciones más jóvenes. Una pose, en cualquier caso, inseparable del por otro lado mítico personaje que ha construido durante toda su carrera. Una identidad artística tan arraigada como sus propias canciones o su forma de ocupar el escenario que aún sigue funcionando. Más allá de lecturas estéticas o generacionales, Loquillo volvió a demostrar que sabe manejar a un público totalmente rendido.
La noche avanzó hasta la llegada de The Rapants. Los de Muros aterrizaban en Expourense en los compases iniciales de la gira de presentación de “Rapants Club”, su nuevo disco, y dejaron claro que afrontan esta nueva etapa con ambición. El salto en escenografía es evidente, pero todavía más notable resulta la evolución de un directo que suena más sólido y contundente, sin perder nunca esa frescura —y esos pequeños errores inevitables en un directo intenso, casi marca de la casa— que hace que cada concierto luzca personalidad propia. El protagonismo de las nuevas canciones fue absolutoy funcionaron sobre las tablas, en parte gracias al trabajo de un Iago Blanco ya convertido en el quinto Rapante. Por su parte, los clásicos del grupo motivaron los pogos y confirmaron que The Rapants son un valor seguro cuando de promulgar la diversión sobre un escenario se trata.
En una jornada marcada por los contrastes, DJ Das ejerció de nexo entre los distintos universos sonoros de la noche, ajustando el pulso del recinto antes y después de cada concierto y contribuyendo a que la velada fluyese con naturalidad entre propuestas tan diferentes. Y cada una de ellas triunfando dentro de su propio lenguaje y ante su público, pero todas compartiendo una misma virtud: la capacidad de convertir un concierto, el de la primera jornada del Ou Yeah! Fest, en experiencia.

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