Todo está preparado para el despegue y comienza la cuenta atrás, en una Cochera Cabaret expectante por ver a una de las bandas con más personalidad del panorama nacional, Quentin Gas & Los Zíngaros.

Santiago Gonzalo, Bronquio in da house, activa el panel de control de la nave y Quentin, Tera Bada y Jorge Mesa, funden voz, guitarra, bajo y batería, con la primera ráfaga de fuego que desprenden los sintetizadores en ‘Dharti’. El frío se va en un parpadeo y vemos por el retrovisor, cada vez más pequeño, el planeta Tierra.

Tras la triunfal Caravana (17) que partió de Oriente hasta llegar a Occidente, embriagándonos con mil aromas, dan un paso más en este Sinfonía Universal Cap 02 (18) que sobrevuela hoy tierras malagueñas, dando rienda suelta a la propia e incontrolable esencia libre de la banda, salvaguardando raíces y desplegando alas de neón.

Seguimos surcando el espacio exterior en busca de Marte y cerramos los ojos en la atmosfera inicial de Brahaspati, donde la noche “siente el vértigo y el borboteo de la sangre y del horizonte”. Alcanzamos velocidad de crucero intergaláctico en su explosión final y en el inicio de Shukra, reflejándose en nuestras pupilas halos de luz de colores, hermanos de aquellos que vio el astronauta de la mágica odisea espacial kubrickiana. Bronquio sigue haciendo de las suyas a los teclados y el quejío eléctrico de Quentin se expande al ritmo que marcan Jorge Mesa y Tera Beda, Zíngaros y motores principales de este Halcón Milenario.

Tras contemplar “como muere una estrella por un agujero negro”, nos liberamos del pasado con un pedazo de la Luna multicolor de Júpiter debajo de la lengua. Surcando en IO los cielos lisérgicos que teje Bronquio hacia un mundo nuevo, con el pellizco de Quentin al mando y el pulso de un bajo y una batería que hacen temblar los cimientos de la sala.

No hay respiro y arde Málaga en la siempre ganadora Deserto rosso, con la banda al completo vaciándose y fundiéndose en el escenario. Y “entre ráfagas y destellos”, Quentin se mezcla entre el público, micro en mano, desgañitándose y supliendo con nota al omnipresente Niño de Elche, demostrando la garra y poderío Vargas “en un amanecer sin tiempo”. Bomba y masterpiece que tendrá que repetir como bis por aclamación popular, (con nuestro querido Jose Manuel Rojas subiendo al escenario e improvisando por bulerías) al final de la velada.

Volvemos a los surcos del nuevo disco con Mangal, mano a mano de Quentin y Bronquio que deja quemaduras y enciende la mecha de la traca final, con la banda al completo echando el resto en Ravi y Shani. Quentin en el borde del escenario cantando a capella y rezumando autenticidad, con los presentes aguantando la respiración hasta que el “pero las maquinas querían y pedían libertad”, da paso al desenfreno psicodélico. Estelas en el aire del eco real y grabado de un “mira que me voy a morir” que no muere.

El remate llega sin avisar, con una Mala puñalá que nos atrapa en una rave de la que nos hubiera dado igual no despertar. Pero ya lo cantó Camarón, “na es eterno”, y nos vamos tarareando por la calle ese último lamento de “Ay, Luna quédate conmigo / y aún no te vayas, / porque dicen que a veces / se tarda el alba”.