El fin del verano pilló a todo el mundo, cómo no, desprevenido. Sólo unos pocos salieron de casa con chaquetita. Fue mucho peor; el sintético de entretiempo empapa más que un edredón. Es sabido que en las Fiestas de la Mercè acostumbra a llover, pero lo del viernes fue antológico.

Dice la leyenda que el tiempo siempre se tuerce por las fiestas patronales de Barcelona. Es una especie de berrinche. Santa Eulàlia llora. La Virgen de la Mercè salvó a la ciudad de una plaga de langostas en el siglo XVII y la hasta entonces patrona fue despojada de su título. Eulàlia llama así la atención. Pero esta vez le salió el tiro por la culata. La tromba fue un incordio, obligó a acortar diez minutos la actuación de María José Llergo, pero sirvió para ver de qué pasta está hecha la cordobesa y, sobre todo, su público. Todos locos.

Pasado gran parte del recital de la joven, empezó a chispear. Llovía sobre mojado: “Canción de soldados” o “Nana del Mediterráneo”, interpretadas bajo escuetas estructuras, con la voz siempre al frente, y sumando comprometidos discursos sobre memoria histórica o refugiados, habían sublimado la emoción de unos cuantos hasta las lágrimas. Ojos cerrados y suspiros compungidos. Y diluvio. Fueron muchos los que buscaron refugio, pero unas decenas aguantaron ante el flamenco desbocado de Llergo que, a capella, premió a los valientes con unos versos fuera de guión. Unos minutos que sonaron a tiernísima sinceridad.

Mattiel

Un aviso desde instancias superiores –bien por la prudencia– puso fin a la comunión antes que María José Llergo, Marc López, David Soler y Skyhook corrieran peligro real de electrocución. La tormenta amainó. Y el público, cuando ya lucía pintas de perro mojado, volvió a ocupar la plaza. Era el turno de Mattiel, que recogió más de lo sembrado: haber sobrevivido al chapuzón hizo que la gente estuviese vivaracha y entusiasta. Mucho más que el folk parco de la estadounidense, que sumó poco en directo a las bellas canciones de “Satis factory” (19).

En el lado opuesto, Derby Motoreta’s Burrito Kachimba. La también banda demoscópica de Mondo Sonoro, los sevillanos tocaron junto a María José Llergo en la última edición del evento de showcases de esta revista, rebosó entrega. Los psicodélicos siempre hacen crecer en abundancia todo lo que contiene su primer largo, titulado bajo su mismo nombre. Sin requiebros artísticos: son lo que son.

Desde “The new gizz” –tema de apertura– actuaron más de lo que sonaron, siempre faltó algo de potencia en los bafles, pero encontraron complicidad. Hay que ser muy sieso para no moverse con ellos.

Derby Motoreta’s Burrito Kachimba

“Gracias a los valientes que han aguantado”, decía el director de Mondo Sonoro, Sergi Marqués, momentos antes de que los sevillanos salieran a escena. Los tres conciertos de la noche no sólo servían para incordiar a Eulàlia. También fueron un homenaje a la citada publicación, cuyo logo lució en una peana del escenario durante los bolos. Era una noche por y para valientes. Un homenaje acuático a 25 años sacando una revista de música gratuita a la calle y apoyando a bandas que conectan con el público hasta el absurdo. El lunes, todos malos. De gusto.