No existe el amor feliz. Con esa premisa se presentaron ayer los catalanes Mishima ante un público madrileño no especialmente numeroso, pero sí sorprendentemente entregado. Influía para ello que hacía tiempo que no tocaban en la capital y que venían a presentar su último trabajo, paradójicamente llamado, “L’amor Feliç”. Un disco más serio y difícil que su inmediato anterior que fueron desgranando sin prisas, eligiendo para empezar canciones antiguas que son una apuesta segura, como “Tornarás a Tremolar” o “Guspira, Estel o Caricia”.
Sorprendió que, para lo que nos tiene acostumbrados David Carabén en el escenario, comenzase tan tímido y discreto, incluso cuando pidió a los asistentes que le acompañasen con ese estribillo que dice “que vamos a hacer con el deseo ahora que hemos encontrado el amor”, ¡cómo si alguien fuese capaz de igualar sus falsetes! El mérito está en el esfuerzo y la buena voluntad de un público que, aun sabiéndose sin posibilidad de éxito, intentó entonar en su mejor catalán, demostrando una vez más cuán desfasado está el tema del idioma en que se cante. Como decía Carabén en una entrevista reciente, es como decirle a Sigur Rós: “Oye, ¿no creéis que sería mejor si cantarais en islandés en lugar de un idioma inventado?” cuando precisamente es una de sus señas de identidad.
La cosa comenzó a animarse con las guitarras taladrantes de “La Vella Ferida”, canción que abre su último disco, y para cuando llegamos a la segunda mitad del concierto, Carabén ya se había convertido en el animal escénico que es. Con sus movimientos de caderas rockabillies y sus arranques populistas con el público, explicando que, acostumbrados como están a tocar en teatros donde no se puede beber, el alcohol que corría ayer por la sala les estaba haciendo ser muy benevolentes con ellos. Pero lo cierto, es que ayer la Galileo parecía más un teatro que otra cosa, repleto de mesas y sillas que la gente no dudó en abandonar cada vez que tocaba aplaudir, bailar o pedir más, y fueron unas cuantas. Como suele pasar en las relaciones con los catalanes, la cosa empezó fría y acabó en unión fraternal, con un Carabén hipercarismático en su papel de director de orquesta, capaz de marcarse unas coreografías sencillas pero efectivas que nos hicieron pensar qué bien nos iría este año en Eurovisión con alguien como él. La polémica estaría garantizada pero, por una vez, la dignidad también. Como dictan los cánones de los grandes conciertos hubo varias despedidas, la primera con “L’última ressaca” “esa que vais a tener mañana”, “Tot Torna a Començar”, y ese himno de los corazones rotos que es “Un Tros de Fang”, de su disco “Set Tota la Vida”.
Salida y vuelta al escenario, obligada y esperada, para iluminarnos con “L’Amor Feliç”, seguida de “No Obeir”, con ese final emocionante que dejó a toda la sala cantando un buen rato. Y como dejar a la gente cantando sola está muy feo, hubo un segundo bis que acabaron con “El Camí més Llarg”, cuyo final variaron para despedirse con un “dejadnos” tornar a casa, si us plau”. Aunque con lo bien que les trataron ayer, seguro que no tardan en “tornar” a Madrid.