Existen bandas fruto de su tiempo que parecen improbables en cualquier otra coyuntura lejos de la actual. Es el caso de Maruja, nombre curioso para este cuarteto de Manchester que convierte en estimulante una combinación a priori tan antinatural como la suya: una aleación sólida y refrescante de post-rock, noise y jazz en la que asoman formas punk, ambient y progresivas en un crossover musculoso no exento de matices.
Los contrastes de su versión de estudio, sublimada en un primer largo, "Pain to Power", que destacó entre los mejores discos de 2025, se diluyeron, en parte, en un directo visceral. Así lo demostró la arrolladora apertura con “Bloodsport”, pieza con trazas de Idles y de la cara más contundente de The Mars Volta. Ambos se cruzaron con Morphine en "Break the Tension" y en "Trenches" fueron poseídos por el groove de Rage Against the Machine; un abanico de referencias que el grupo pasó por su personal filtro mientras una Apolo con todas las entradas vendidas se derretía en una maraña de cuerpos y sudor.
Sin desmerecer su robusta sección rítmica, dominaron el escenario el cantante Harry Wilkinson, torso descubierto y maneras desafiantes, y, en primer término, el saxofonista Joe Carroll, auténtica alma de la propuesta. Pero si algo reveló su descarga fue una sensación de continuum musical, una sesión sin interrupciones en la que sus temas de cerca de diez minutos se desplegaron más libres, si cabe, fundiéndose en una corriente envolvente que nos invitó a dejarnos llevar. Es ahí donde ganaron cuerpo los pasajes más delicados y atmosféricos —el sinuoso punteo de saxo de "Saoirse" resultó hipnótico—, así como la rabia de sus reivindicaciones más políticas. Una bipolaridad que en sus manos no parece tal, como sintetizó de forma inequívoca "Look Down On Us", en la que convivieron mensajes descarnados —“no son los inmigrantes, son los ricos” o “estamos con la gente de Irán, del Líbano, de Palestina, de Ucrania”— con proclamas espirituales y de hermandad.
"Esta noche es una muestra de fuerza, solidaridad y amor", sentenció Wilkinson en el tramo final. Y luego se hizo el silencio, banda y público con los puños alzados. Un clímax poderoso, distinto y especial, como su propia música.

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