Saciedad emocional
ConciertosElectric Castle

Saciedad emocional

9 / 10
Adriano Mazzeo — 21-07-2026
Fecha — 19 julio, 2026
Sala — Castillo de Banffy
Fotografía — Cedidas por la organización - Foto de portada de Rares Mocan

El festival rumano Electric Castle continúa su estela de magia como clásico de los festivales veraniegos en Europa. El evento que toma lugar en el Castillo de Banffy, en el poblado de Bontida a unos 30km de Cluj, la capital de la Transilvania, acaba de celebrar su edición número trece con éxito masivo, shows de antología y varios aspectos que destacar.

Y es que no se trata de un festival multitudinario al uso, en Electric Castle todo parece encajar: la variadisima propuesta musical que se ofrece en cada uno de sus diez escenarios, las atracciones y activaciones que actúan como complementos a una experiencia única, sumado esto a un entorno natural e histórico espectacular, lo siguen convirtiendo en un evento al que público ya acude más allá de la música en sí. Hay más: el precio de sus tickets es realmente competitivo.

Jueves, 16 de julio.

Luego del warm up del miércoles 15 de julio, en el que el festejo de apertura se realizó en la zona de acampada (toda una ciudad con todo lo que hace falta para 18,000 acampantes), el primer día completo de festival presentó un cartel que quedó signado por el hip hop macarra y combativo de Sleaford Mods y Kneecap quienes cerraron el escenario Hangar, el segundo en importancia.

Rato antes los locales Funkorporation dieron apertura a quizá el mejor escenario del festival el Backyard Stage, situado en el patio trasero del Castillo, espacio donde la apertura musical manda y se muestran valores de la world music de todas las latitudes del planeta.

Para honrar la propuesta del escenario, esa noche lo cerraron los Franceses Ko Shin Moon. desatando la fiesta con sus nociones de electrónica de raíz, si es que esto existiera. Balu Brigada hizo lo suyo: pop bailable, selfies y sonrisas por todo el recinto.

Para finalizar la jornada, los animadores de lujo Dub Pistols (un clásico del festival, presentes en cada edición) movieron al respetable a base de su dub orgánico y barriobajero. Más tarde el extremo Sullivan King atronó el Hangar Stage cerrando una primera jornada a plena intensidad y plagada de highlights.

La noche se extendería con los diversos sets de electronica en cada uno de los escenarios destacándose los números de reggae-dub (Dubase y Kongo Natty) del escenario The Beach, que como su nombre lo indica, invita a bailar sin zapatillas sobre un terreno de arena y árboles iluminados psicodelicamente.

Kneecap - Foto de Elisa Morar

Viernes, 17 de julio.

Para los valientes que puedan sostenerse en pie a esas horas, las mañanas tienen un encanto especial en Electric Castle. Mientras por las noches puedes hacer el cafre hasta las tantas, cuando el sol asoma y comienza a calentar tenuemente es un momento propicio para recorrer este parque de atracciones para dejar volar las sensaciones.

La propuesta gastronómica es infinita, accesible y de excelencia y el centro comercial de emprendedores independientes (algunos de ellos realmente creativos) que se arma en los salones del castillo es otro atractivo a destacar.

La noria omnipresente filtra los rayos del sol y el lago que rodea el castillo es un solarium tan decadente como trendy. De fondo los latidos de lo que nunca cesa: la música.

El programa del día es un menú de pasos de lujo. Se puede comenzar en la inauguración del escenario principal con los locales y populares Bosquito quienes cautivaron con su pop emotivo. Un segundo paso acertado fue el de acercarse al escenario Hangar para ver a Pacífica, las argentinas ahora afincadas en Madrid que entendieron el juego del pop grunge como nadie y con frescura y convicción dieron uno de los shows de la jornada.

Para quien necesitaba ya un plato fuerte, el show de House of Protection fue el entremés ideal, mezclando metal con electrónica industrial a fuego alto.

El escenario principal se vistió de gala para dos de los headliners más aclamados de este año: el histriónico Teddy Swims y los infaltables en cada festival que se precie Twenty One Pilots. El set del brasileño Mochakk le puso el moño a semejante seguidilla para delirio del respetable. Pero antes también pasaron cosas: el productor danés Kölsch puso a todo el mundo a flipar en el escenario/pista de baile Booha, lo mismo que los pioneros dubstep Skream & Benga que atronaron de graves desde el escenario Hangar.

Sábado, 18 de julio

Si bien la concurrencia al festival es pareja en todas sus jornadas, siempre la del sábado es la más multitudinaria. Aunque el aforo se pone más cerca de su límite, hoy sale a relucir otra característica positiva de Electric Castle: aunque sea un festival masivo, es raro sentirse agobiado, la propuesta musical es de nivel en cada escenario y también como decíamos lo son sus atracciones por fuera de lo musical, esto hace que la circulación de público sea constante y todo adquiera una dinámica muy interesante de experimentar.

A esto se le suman particularidades ya clásicas del festival como por ejemplo el “show sorpresa”. Se trata de un acústico espontáneo que sucede a la sombra de un gran árbol en medio del predio. En años anteriores allí actuaron gente como Morcheeba o Noga Erez, este año le tocó a los rockers británicos Nothing But Thieves, quienes luego atronarían el escenario principal, haciendo justicia a su importante popularidad en Rumanía, que los llevó a participar en Electric Castle en ediciones anteriores.

En horas de caída del sol el Backyard Stage captaba la atención con el show de los londinenses Honeyglaze. Extraños y atractivos a partes iguales el trío desarrolló su rock deforme y creativo en el que alternan melodías ácidas y spoken word.
Más tarde en el mismo escenario se presentarían una de las joyas de la corona de la escena sueca de la actualidad. Sunnan llevó su soul incidental, romántico y aterciopelado, de psicodelia indomable a un escenario rodeado de árboles iluminados. Esto es cine.

Los clásicos del underground también tienen lugar aquí y testigo de esta aseveración fue la festiva y espectacular sesión del pionero del hip hop Egytptian Lover en el escenario The Beach, que actuó como previa ideal para los números principales de la noche, en especial para el brutal concierto de Chase & Status, unos viejos conocidos en Electric Castle.

El sonido en cada escenario es excelso, pero esto de Chase & Status es casi sobrenatural por nitidez y presión sonora.
Para quienes necesitaban electrónica por vena, la noche no hacía más que darle alegrías: KILIMANJARO y Deep Dish uno atrás del otro hasta las 5am, hora en que nada terminaría porque llegarían los sets deliberadamente fiesteros de Ozlemek y Rosa Pistola.

Foto de Marius Vasile

Domingo, 19 de julio

Mientras el mundo estaba pendiente de la final del mundial (que se transmitió por las mega pantallas del escenario Hangar con buena presencia de fanáticos españoles y argentinos) la música seguía en Bontida y ya entrada la tarde Oddisee puso el dash de fineza y groove ideal.

En el día más explosivo del escenario principal, los populares números locales Om La Luna y Vita de Vie calentaban las tablas con canciones que forman parte del ADN de la música rumana de las últimas décadas.

Dogstar llevaba su rock alternativo al escenario principal supliendo el espacio que lamentablemente dejó vacante Wet Leg, ausentes con aviso por enfermedad.

Ya de noche, todo el camino allanado para que The Cure haga historia una vez más. Apenas Robert Smith pisa el escenario el tiempo parece detenerse. Así como su voz aparece luego de largas introducciones en algunos de los temas más resonantes del repertorio de los de Crawley, el sonido The Cure actúa como un éter que engloba sensaciones que de inmediato poseen al público. Luego de un fin de semana felizmente agotador como este, qué mejor que poder descansar en el romanticismo, en la profunda y hermosa melancolía de The Cure.

Cada hit es bienvenido, cada guiño desde el escenario es de corazón a corazón. Como si se tratara del discurso final en la graduación del insti, el show de The Cure se parece a una pintura en desarrollo, un trabajo de arte que muestra aristas de la personalidad artística de la banda, pero también hace aflorar las emociones del oyente, siguiendo una suerte de guión imaginario en el que el tiempo -lo vivido, la historia personal- y sus curvaturas son protagonistas totales.

La actividad siguió en los escenarios secundarios, pero el fin del show de The Cure dejó una sensación de saciedad emocional concordante con otra edición exitosa de uno de los mejores festivales del continente.

 

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