Resultó entrañable contemplar a Mama’ Baker en plenitud de facultades en Planta Baja, la sala en la que rubricaron el nacimiento, hace más de un cuarto de siglo, de eso que hoy se conoce como indie granadino. Su fan número uno, Juan Alberto Martínez, recalcó desde la esquina del escenario que se trataba del mejor bolo de sus compañeros. “Y eso que he visto unos cuantos”, apostilló el líder de Niños Mutantes. La cita servía de broche para un 2018 de retorno triunfal. Otra resurrección, esta vez justificada en el lanzamiento en vinilo de Lunar (Boomerang, 1998), la obra de referencia de MMB, tras cumplir su vigésimo aniversario.

Un disco de debut que parece no tener fin. El vuelo meteórico de esas canciones se alarga con los años. Quizá porque aparecieron demasiado tarde, cuando las pecheras de los roles de su generación ya se habían repartido, mientras ellos asimilaban todo el rock alternativo de los noventa en un cancionero tan macizo como galáctico. El desfile de camisetas con la estética Aramburu de la portada de Lunar remitían a una época de la ciudad aún sin revisar en los libros. Y de la que tal vez sólo apetece acordarse a ratos. Sin embargo, a la par que Los Planetas reinventan en clave sinfónica Una semana en el motor de un autobús, un verso suelto como Mama’ Baker se puede permitir tocar una veintena de piezas con la frescura de lo que aún hoy suena a hallazgo, a naturaleza virgen, con la levedad de quien nunca tuvo éxito.

Pero a MMB nunca les olvidaron. La influencia de su ópera prima es ciertamente incalculable en el circuito local. Desdichados ante el radar de las discográficas, fue la banda hermana, Niños Mutantes, la que acabó de encauzar una carrera. Cruzando Lunar y Mano, parque, paseo, hubiera salido el estreno dorado de una hipotética Mamá Mutante. Mirado en perspectiva, el grupo de los hermanos Haro reluce hoy como eslabón perdido entre El Niño Gusano y La Habitación Roja.

La labor en la mesa del Planta de José Antonio Sánchez, el hombre que produjo aquellos títulos convertidos en himnos domésticos, garantizó el buen flujo de la velada. Por supuesto, Lunar, del que desgranaron una docena gemas, acaparó el protagonismo de la noche. El testamento de Mama’ Baker ha aguantado con estoicismo el paso del tiempo. El álbum se grabó durante una semana, en octubre de 1997, en horario vampírico: de doce a siete de la mañana. Tesituras de la edad universitaria en una Granada con los estudios al completo. Abruma pensar que, en la criba, sacrificaron veinticinco composiciones. Así que en casa, en plena fiebre navideña, arrancaron con una traca imbatible: Azul, Cerebro, Pa y Estrella cometa. Un inicio que define el imaginario de MMB, a medio camino entre lo melódico de 091 y lo herrumbroso Lagartija Nick, con la impronta de Pixies, Pavement, The Jesus & Mary Chain o Superchunk en el retrovisor, enmarañado en textos de tendencia astral que a menudo supuran conceptos viscerales. “Cerebro, sangre y corazón”, catalogaba con euforia el estribillo.

A continuación, más clásicos. Y con invitados. Juan Alberto subió a cantar María, una canción que preludia media trayectoria de Niños Mutantes. “Todos somos contingentes, pero Mama’ Baker son necesarios”, dijo marcándose un Amanece que no es poco. De seguido, Alejandro Méndez (Lori Meyers) se colgó la guitarra eléctrica y entonó la muy power pop Pablo como si llevase toda la vida haciéndolo. “Esto es volver a la música de nuestra adolescencia”, comentó Ale. No faltaron menciones a nombres importantes en esta singladura, como Manuel Requena. El tercer Haro, Jesús (Rey Chico), también participó. A tontas y a locas sonó Marc y en Lou se entrevieron las costuras de la generación Nirvana.

Choca ver al veterano bajista de los Mutantes, Miguel Haro (compositor principal de Mama’ Baker), ejerciendo de vocalista punk en Bella, con extensión vía el Salvaje pasión de Los Nikis. En este tramo, Tacho González cedió el puesto en la batería a Nani Castañeda, letrista, por cierto, de un puñado de este material. Andrés Mutante colaboró en Oxidado, glorioso relato del amor macilento. “Ninguno de vosotros seríais lo que sois si no hubiera existido Mama’ Baker”, aireó. Juan Alberto regresó para ratificar la reflexión de su escudero e interpretar El mar de la intranquilidad (¿el envés del Mar de la tranquilidad de Lagartija?).

El seguidor de largo recorrido se relamió de gusto cuando MMB desempolvaron Hay algo que me vigila, la maqueta que publicó en casete en 1994 el mítico fanzine Música en Blanco y Negro, y producida por Antonio Arias, para más señas. Cayeron Soy yo, Cosas y Todo será perfecto (firmada por Pedro y Miguel Haro)… Entre espasmódicos movimientos del cantante, Daniel Herrera, descorcharon Cuando te vi, su perla más recordada. Antes de marcharse viajando a través del espacio sideral con El calor azul, reivindicaron a Los Ángeles, los pioneros del pop granadino, en su faceta más canalla (Cada día). Inolvidable.