El sábado 27 se celebró la quinta edición del KAOM Fest, evento que abraza los sonidos ruidistas y ambientales que orbitan alrededor del post-rock. Decía el prestigioso polímata, Henri Poincaré, para definir el caos que “pequeños cambios provocarán resultados significativamente diferentes en un sistema dado”. Creo que el decimonónico francés era de otro tipo de gustos musicales pero, de haber estado presente en el Dabadaba, podría haberse reafirmado en su definición. Las cuatro bandas navegaron por las procelosas aguas del caos y el orden desplegando un abanico de emociones difícil de creer en semejante barahúnda. Ya desde el primer vistazo al cartel podías sospechar que te iban a pitar los oídos al día siguiente. Y así fue.

El pistoletazo (nunca mejor dicho) de salida lo dieron los bizkainos JaunDone presentando su ópera prima epónima. Aunque apuntan ya en varias direcciones, es el post-rock el sonido que más los identifica. Dos guitarras, bajo y batería explayándose con poderosos desarrollos espirales sobre ambientales mantas de sintetizador. Su sonido apunta a la épica pero con más músculo que lírica. Crean una densidad sobre la que van aumentando la tensión con ritmos tan cambiantes como poco previsibles. En este sentido destaca el trabajo del batería, que se encargó incluso de mantener las atmósferas generadas tocando entre canción y canción, mientras el resto de la banda afinaba sus instrumentos.

Sonaron la soberbia “When something beautiful comes to the end”, evocando las sonoridades de Pink Floyd con ese sonido calmado de delay en las guitarras que precede a la tormenta; “No man is an island”, con un carácter más stoner o la catárquica “Solaris”, que lo tiene todo: intro ambiental, guitarras abrasivas y constantes cambios de ritmo e intensidad. Al terminar su concierto ya estaba oyendo acoples en uno de los oídos.

Quizá Lukiek (también bizkainos ) fueron la banda menos relacionada estilísticamente con el resto, pero me da igual porque sus directos son la madre de todas las pasadas. No es la primera vez que el trío de Punk desgañitado de guitarra, bajo y batería pasa por el Dabadaba y la sensación es siempre explosiva. Fue el único grupo 100 % vocal de la noche. Su frontman y guitarrista (Josu, de Belako) canta principalmente en euskera, y digo “principalmente” porque sus bramidos hacen que en ocasiones resulte imposible identificar el idioma. Su intención es siempre desbordar el escenario y poner a bailar al público, pero compartir noche con cuatro bandas te deja poco tiempo para conectar. A pesar de ello no tuvieron ningún problema. Las líneas de bajo gordísimas y un batería completamente asilvestrado generaron el sonido aplastante que contagió inmediatamente a los asistentes.

Empezaron con “Cisne Disney” y resultó ser un catálogo de lo que se nos venía encima: riffs roncos de guitarra, letras aulladas, cambios de ritmo para retomar fuerzas antes de explotar y, —sí amigxs, esto es importante—, melodías maravillosas impregnándolo todo. En ese bajo con el que empieza “Nondik zatozie” me maté yo. El riff se me metió en el estómago y a partir de ahí podían haber tocado muñeiras que yo ya estaba rendido. Acabaron el tema con Josu tocando la guitarra con la boca y enlazaron con “Tangerosue” y “Arazo bakarra”, con cuyo marcial y machacón 4×4 llegaron al momento de afinar cuerdas. Como estábamos en jornada de reflexión electoral se disculparon por el breve parón con un sarcástico “Afinar es de derechas. Afinar es de Vox, pero…” , para seguir con los temas “Pitagoras”, “Amaittu leike” y “Kontuz” que abrazan las melodías de power pop y el ramoneo salpicados de instantes flamígeros. Terminaron con “Don Gomes” y “Emon”, alternando melódicos medios tiempos con momentos intensos de batería, guitarras de sonido mellado y los gritos ahogados de quienes están echando el resto. Ver a Josu Belako metiendo toda la pedalera en su mochila en un pispás antes de bajar del escenario fue una metáfora excelente de la inmediatez de la propuesta de los de Mungia.

No tardaron mucho en arrancarse el trío parisino Jean Jean con su Math Rock bailable. Tocaron prácticamente íntegro su álbum “Froidepierre”, publicado el año pasado. Es un trabajo lleno de detalles que supieron trasladar al directo a la perfección agrandando incluso los puntos fuertes de la obra y añadiendo matices nuevos. Hay algo común a muchos artistas franceses que tiene que ver con su actitud sobre el escenario; una pose desenfadada, incluso pretendidamente cómica en momentos, que contrastaba, en este caso, con la épica sonora de la mayor parte de las composiciones. Bromearon constantemente entre los temas hablando las cuatro palabras que sabían en castellano, repitiéndolas una y otra vez como si de una chanza entre amigos se tratara. Sea por esa intención explícita de hacerse entender o por lo bailable que resulta su música, el caso es que la comunión con el público fue instantánea. Si las dos bandas anteriores resultaban correosas e instintivas, Jean Jean ofrecieron una propuesta más ampulosa, llena de crescendos hipnóticos, melodías cargadas de lirismo, ritmos inestables e invitación al hedonismo. Su estilo está más asociado a temas de largos desarrollos instrumentales, pero parte de su secreto consiste en comprimir ese espíritu virtuoso del rock progresivo en composiciones de tres o cuatro minutos en los que nada sobra y en los que todo se puede alargar en función de la respuesta del público. Tocaron en el Daba pero podrían hacerlo cerrando un gran festival, en esos momentos en los que solo existen las opciones de quedarte dormido o entrar en catarsis.

Parecía difícil superar en brutalismo al batería de Lukiek pero, con las primeras notas de “Limerence”, supimos que siempre se pueden añadir otro par de atmósferas de presión. En el primer minuto el guitarrista ya tuvo que abandonar su puesto para sujetar con el pie el bombo, que con cada compás se iba desplazando unos centímetros. Siguieron “Konichiwa” y “Celjabinsk” con poderosas intros seguidas de complejos ritmos y envolventes y abrumadoras atmósferas. “Tensor Field” es el mejor tema del album (para mí, claro) y el único que alcanza los seis minutos. Podría ser la banda sonora de una persecución agónica con final terrible . Embriagador y emocionante, crece apuntalado sobre coros de voces sintetizadas que rodean en círculos concéntricos batería y guitarras. “Anada” y “Event horizon” bajaron las pulsaciones y nos dejaron respirar justo antes de que sonara “Coquin l’elephant”, de su primer álbum. Composición más explícitamente progresiva, de impredecibles guitarras y coros tarareados, en la que la tensión se genera con repetidos cambios rítmicos en lugar de hacerlo con atmósferas sonoras electrónicas, como en su último trabajo. El tema de cierre programado fue “Aozora”, arreciante tormenta construida sobre una discreción de golpes de batería y con final abrupto. El éxito de un concierto bien puede medirse según la insistencia con la que el público pide bises y, en ese sentido, Jean Jean fueron los triunfadores de la noche. Regresaron al escenario a tocar un tema fuera del set list: “Love”, de su primer trabajo, y me gusta pensar que lo eligieron como declaración de amor al respetable porque yo soy muy de soñar cosas y porque, de ser así, el sentimiento fue más que mutuo.

Los últimos en tocar fueron Giardini di Mirò y conviene aclarar algo. Inicialmente eran Jean Jean los que debían cerrar el festival con su fórmula bailable, pero los italianos decidieron actuar en último lugar por una serie de cuestiones técnicas y eso a la postre jugó muy en su contra. Su música es pausada e introspectiva y, tras el subidón de Jean Jean, buena parte del público se retiró. La situación no afectó en absoluto a la calidad de la interpretación pero intuyo que sí afectó al ánimo de la numerosa banda (seis músicos). La actitud fue algo distante y se hizo más evidente comparándola con las actuaciones anteriores. Sea como fuere, el concierto resultó impecable. Compartieron virtudes con los artistas anteriores pero resultaron la propuesta más sofisticada de todas. Giardini di Mirò, que llevan casi veinte años tocando, ofrecieron un repaso por buena parte de su trayectoria que nos permitió comprobar cómo han evolucionado investigando y definiendo nuevos discursos.

Abrieron con “Differente times”, tema instrumental de su homónimo último trabajo, mostrando unas influencias de raíz americana y con desarrollos minimalistas y emocionantes. “Hold on” fue el primer tema de la noche que no se cantó gritando. Muy al contrario, su delicada melodía vocal flotó en una valsa instrumental de guitarras distorsionadas en la línea de My Bloody Valenteine. En “Good luck” varios de los miembros cambiaron instrumentos de cuerda por instrumentos de viento refrescando la paleta de sonidos del festival. “Pearl Harbor” nos paseó por el jazz y sus violines generaron un ambiente recogido del que ellos mismos participaron tocando prácticamente en círculo. Ahí mantuvieron el concierto con “Landfall” y “Pet life saver” hasta llegar a “Rome”, canción interpretada como una plegaria con un acompañamiento instrumental delicadísimo que estalla a mitad del tema, con dos músicos sentados a la batería y recordándonos por qué Giardini di Mirò se etiquetan como meritorios hacedores de post-rock. Aprovecharon la atmósfera creada para despedirse con el conmovedor instrumental “A new star” que cerró una noche de indudablemente intensa.

Muy estimulante la selección de bandas para esta quinta edición del KAOM Fest en la que tanto bandas como promotores (KAOM y Gure Bazterrak) caminan con determinación por los márgenes de lo convencional. ¡Enhorabuena!
El año que viene me llevo tapones o me salgo de las primeras filas, que ya me vale a mí también.