Las últimas dos canciones y el bis de la generosa actuación de James en Madrid (casi dos horas) condensan un concierto de pronunciados picos y valles, entre la brillantez melódica, la energía vitalista, la autocomplacencia, momentos atmosféricos tediosos y el desmadre final. También sintetizan el momento del grupo. Y es que a estas alturas los mancunianos tienen tantos himnos que nos remiten a un pasado moderadamente glorioso, como pestiños edulcorados difíciles de levantar. Hace tiempo que su vocación de ser “el mejor grupo del mundo” es una quimera, pero ellos siguen intentándolo con una honradez encomiable: hasta cinco canciones de su disco más reciente cayeron en la velada madrileña.

El cambio de fecha por razones logísticas (se adelantó un día) apenas perjudicó a Tim Booth y los suyos, que presentaban su reciente “Living In Extraordinary Times”, y casi llenaron la sala madrileña. Tiene mérito. Siempre han sido un grupo atípico, bisagra de épocas y estilos, entre el indie y el pop con cierta vocación mainstream (en su época de gloria en los noventa, cuando tampoco encajaban en el postureo brit-pop), aunque eso no les ha impedido tener poder de convocatoria entre un público ya maduro que agradece la vitalidad de uno de esos frontmen de voz nítida y presencia rotunda que empiezan a escasear.

Y hay que reconocerles que, lejos de vivir de las rentas como algunos colegas que se están dejando el prestigio a chorros a base de refritos innecesarios, James siguen publicando discos dignos, como es el caso del álbum del año pasado. Precedidos por un DJ que desde el escenario calentó un ambiente todavía frío con canciones energéticas de gente como Jane Birkin o Janet Jackson, los ocho músicos arrancaron bien con ‘Five-O’, de uno de sus discos más inspirados, ‘Laid ‘(93). Encadenan después ‘Extraordinary Times’, ‘Waltzing Along’ y ‘Ring The Bells’, con resultados convincentes. Las miradas (y los móviles) no pueden apartarse de los bailes espasmódicos del fibroso y carismático Booth, que a la tercera canción ya está nadando entre el público, aunque avisa: si baja otra vez ahí, no quiere un “puto Samsung” en su cara. Es una guerra perdida, Tim. Como lo de la gente que va a ver a su grupo “favorito” para hablar a gritos, especialmente en las canciones más tranquilas. Ni siquiera él consiguió tranquilizar a la buena parte del respetable que estaba en modo social. Misterios de la vida moderna.

A partir de ese punto, la velada discurre de forma un tanto arrítmica entre canciones memorables interpretadas con la pasión necesaria -el vibrante himno madchesteriano ‘Sit Down’, la emotiva ‘Sometimes’-, momentos intimistas como una versión recogida de ‘She´s A Star’ y material sensible de su última etapa -no acabo de verle la gracia a la elemental ‘Many Faces’, reivindicación de nuestra humanidad común ante el muro de Trump-. Lo mejor llegaría justo al final, con una demoledora relectura de ‘Getting Away With It (All Messed Up)’ que conjura la magia, con banda en estado de gracia y Booth en trance. El bis arranca con un viejo y estupendo corte post-punk que deja ver su lado más anguloso y esquivo, pero a continuación llega la irrelevante ‘Attention’ y su pulso electrónico de saldo. ‘Come Home’, clásico menor, les sirve para auspiciar una invasión controlada del escenario por un puñado de fans que se lo pasaron en grande.