Despegando entre mitos y ritos
Conciertos / Fuerza Nueva

Despegando entre mitos y ritos

9 / 10
David Pérez — hace 4 semanas
Empresa — El Ejército Rojo
Fotógrafo — Alfredo Arias

Un latido desencantado pierde fuelle por las calles, entre himnos y proclamas prehistóricas que venden y consumimos casi sin darnos cuenta. Trileros disfrazados de políticos sin escrúpulos en cada esquina, irresponsables e ineptos hasta para encontrar su propio beneficio, pero que terminan por hacerse con el poder sin esfuerzo aparente, pregonando odio, atascos y aire venenoso como promesas electorales estrellas…

Cae la noche en la capital, con los ecos de los disturbios de Barcelona en el aire y cierto ambiente enrarecido y violento en los alrededores de Ópera, con manifestación fascista incluida vigilada de cerca por la policía. Neonazis que, adelantando sus mejores galas de domingo, pasamontañas, cánticos y caras de ira vacías habituales, son el triste y soñado marco perfecto para la presentación de un proyecto que se antoja más que nunca necesario e inolvidable.

Y entre tantos nubarrones, algo de mundana esperanza y mucha expectación en las largas colas que giran alrededor de la Joy Eslava. Parece que nadie se quiere perder el estreno en directo de Fuerza Nueva, combo que forman Los Planetas y Niño de Elche, un proyecto que lleva meses removiendo bilis y despertando admiración con la misma facilidad, a cada afilado y sorprendente adelanto y que ahora, con el disco rodando a pleno rendimiento desde el bien elegido día de la Hispanidad, toca puesta de largo en Madrid.

No cabe un alma más en la sala y se hace la luz en la oscuridad, con ese rayo que diseñó para la portada del álbum Javier Aramburu extendiéndose a sus anchas y atravesándonos, como pura radiación electromagnética que dispara el pulso de los presentes tras la aparición de los músicos.

Santo Dios abre la veda, dando rienda suelta a los placeres ocultos en una misa flamenca planetaria que es pura pulsión mística, carne y huesos con claro espíritu morentiano. Y es que, no sólo estarán presentes durante toda la épica velada los surcos resplandecientes de La leyenda del espacio, sino esa palpitante libertad que te da conocer y comprender la tradición, para así poder moldear, deconstruir y romper cualquier cadena, filosofía de vida que les inculcó a la banda granadina el ronco del Albaicín y que ahora, renace en otra portentosa garganta flamenca y exflamenca a cada paso, que tampoco entiende de rejas ni paredes.

Tras revisitar los cantos religiosos que borbotean en las raíces del himno de Andalucía que tejió Blas Infante, siguiendo algo más que la estela de los cánticos de los segadores de Cantillana, dejan claro y oscuro todo desde el principio, subrayando como la espiritualidad impuesta por el poder se cuela por las grietas de casi todas las canciones populares hasta apoderarse de ellas, buscando unirnos con oculta intencionalidad y alevosía cristiana. Contratacan con Los campanilleros, space rock flamenco en el que seguimos levitando al son que nos marca cada espiral sónica granadina y los estallidos de luz que desata Paco con cada inigualable quejío, pasión multicolor a raudales que sale de la vidriera de su boca, y que en la siguiente Mariana nos deja tocados y hundidos, haciéndonos jirones por dentro con la pureza y poderío que sólo consiguen los más grandes cantaores, con J serpenteando y desprendiendo magnetismo a los coros.

Con Machado y Prince de la mano, rompemos el orden establecido (a eso hemos venido) del disco, cogemos algo de aire y “subimos al madero para quitarle los clavos a Jesús el Nazareno”, con Los Planetas creando paisajes sonoros marca de la casa, rozando lo extrasensorial. La voz de J orbita y aviva la llama purificadora que un Niño de Elche en estado de gracia desata y entrelaza en cada verso de la saeta, con una facilidad y desgarro que comienza a situarlo en este show por encima del bien y el mal.

Ya hemos absorbido la hondura de Fuerza Nueva y nos regalan la brisa flamenca y armoniosa del Gelem, Gelem, rebautizado como La canción de los gitanos, que nos cae encima como un obús perdido en la guerra, rebosante de melodías pegadizas, de eslabones rotos y de espíritu libre. Eric ya golpeó el centro de la Tierra en la saeta y en este himno de los gitanos echa el resto… La sala aguanta en pie de milagro.

No queremos ni parpadear y nos conectan en vena un homenaje a Enrique (siempre presente) que abre y sana heridas a la vez. Una majestuosa “Que me van aniquilando” cantada a medias por Paco y J, de esa obra cumbre adelantada a su tiempo que firmó Morente, acompañado por el maestro Pepe Habichuela, Despegando (77), en la que resuenan partes instrumentales de La llave de oro del Ópera egipcia (10). Si creemos que habíamos tocado techo, lo rompen en miles de pedazos con el tema que cerraba como epilogo inmortal La leyenda del espacio (07), un Tendrá que haber un camino en el que se abrió el pecho Enrique Morente y hoy hace lo propio el Niño de Elche. Increíble la fusión de jondura y sentimiento de Paco con las atmósferas que crean los granaínos… Y que agradecido hay que estarle a J y compañía por haber convencido a Paco de que cante más flamenco que nunca en esta suerte de conexión, una fuerza nueva y renovada que deja marcada al rojo vivo su firma con quejíos que se escapan al tiempo y al espacio.

La Joy Eslava es hoy un despegue continuo, una gran iglesia abierta en canal, por cuyas paredes rezuma desde la canción inicial, la idea de que el nacionalismo en general y el español en particular está empapado de sangre de cristo y hostias celestiales, de creencias y ritos religiosos grabados a fuego en el inconsciente colectivo. Y así nace Fuerza nueva, como respuesta y juego de descontextualizar y manipular esos “sagrados cánticos” con música y palabras, para que afloren sentimientos diferentes y las máscaras caigan por su propio peso.

Y justo en uno de esos claros y más potentes juegos nos encontramos, en ese cruce de caminos que confluye Els segadors y un poema de Guy Debord, dando a luz la Canción para los obreros de Seat, uno de los corazones de la obra que tarda segundos en volarnos la cabeza en vivo. Julián y un Eric desencadenado, marcan el ritmo militar y un segundo después encienden la mecha para que todo vuele por los aires. Arrimamos hombros y nos dejamos la garganta en ese “Coge la pistola hermano proletario”, con el Niño de Elche partiendo de nuevo la noche en dos. Una balacera sónica en la que los teclados de Banin y las guitarras espectrales de Florence y J, crecen como una brillante enredadera de espinas en la oscuridad.

J da un paso al frente y dedica a los iracundos de los pasamontañas de antes y demás fachas de postín y de plástico, Una, glande y libre, con esa pegadiza e hiriente letra, cargada de ironía y mala baba, imposible de parar de tararear:

“Lo que hace falta es que vuelva Blas Piñar / ¿dónde ha quedado la idea de aniquilar / a los gitanos, a los moros, a los maricones? / Lo que pasa es que no tienen cojones / pá decir somos superiores / porque Dios nos ha hecho mejores”.

Mientras, religiosos, militares, gente de derecha e izquierda y ultras de todo tipo, en alguna parte, se sienten dolidos por haber escuchado algún fragmento descontextualizado de estas tonadas por la radio o en el boca a boca. De la ultra derecha actual dañada en su honor al darse cuenta que no son tan fachas como quisieran y no le llegan a la suela del zapato a Blas Piñar y sus violentos secuaces, a la burguesía independentista que pide apoyos al pueblo con una mano, mientras lo ahoga con la otra para no perder hegemonía y se avergüenzan delante de su espejo. Sin olvidar a la izquierda que se sonroja al ver que su esencia es cada vez más una caricatura que viene y va.

Recta final y quien quiera patalear que patalee, nosotros nos dejamos caer en los brazos de El novio de la muerte más pop y carnavalero de la historia, recuperando su tono cabaretero primigenio, casi desconocido por la mayoría, pero cantada esta noche a viva voz hasta por el que no se sabe la letra. Solo falta que la bola de espejos de la Joy gire y aparezcan legionarios travestidos con fusiles que disparan confeti sin pausa, mientras la cabra se ríe de la vida y la muerte. A un palmo del suelo estamos y los cimientos de la sala aún se tambalean.

El ritual indie de éxtasis y psicodelia flamenca para despojar de su significado a un buen puñado de himnos consagrados desde arriba, haciendo que recuperen sus raíces populares y prosiga su trasmisión y circulación en el mercado, llega a su fin por cantiñas y todos contentos, con un Santo Domingo en la que el mundo se podría haber terminado y nos hubiera dado igual. La banda se funde al completo en un crescendo instrumental de una belleza atronadora que nos pasa por encima una y otra vez, con Paco dejándose llevar y siendo al mismo tiempo ojo del huracán.

Esto acaba de despegar y vamos, sin pensarlo, en la misma nave. Que la fuerza nos acompañe.

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