Un FNAC Live o dos FNAC Lives. Antes de Rosalía y después de Rosalía. A nivel de afluencia, al menos, así fue ayer. Era la gran oportunidad para los que, por aforo o por presupuesto a final de mes, nos quedamos a las puertas en sus anteriores conciertos en Barcelona, y la parroquia indie llenó la plaza hasta un punto que no se volvería a alcanzar en toda la noche, ni siquiera en Young Fathers. Puede que robara a más de uno el concierto de Mourn, Nakany Kanté y Sean Nicholas Savage que empezaba una hora después en Fabra i Coats, pero tampoco es descabellado sacar conclusiones al respecto.

Podría suscribir buena parte de lo que se dijo en esta cabecera al respecto de su concierto en Madrid, tanto para lo bueno como para lo que aún queda por pulir, esas tablas y ese rodaje que señalamos como pega porque, la verdad, es lo único que se puede señalar como tal. A nivel de interpretación desde luego nada puede salir de la boca de uno que no sean elogios, desde los momentos más delicados a los que dejan que la voz -que no solo lleva trabajo detrás sino también personalidad- crezca sin ataduras. Sorprendentemente funcionaron igual de bien tanto unos como otros en un marco más duro que los auditorios en los que está acostumbrada a presentarse, en ese solar al lado de una rotonda gigante en obras que da la entrada al Clot. Y consiguió en los puntos álgidos del repertorio -“De Plata”, “La Hija de Juan Simón”…- esa sensación de suspensión temporal, de que hay algo más en el aire. Otras veces había oído y leído que el cierre de concierto con el “I See A Darkness de Bonnie “Prince” Billy deslucía ligeramente el conjunto, y puede que ella lo leyera también. Ayer cerró con el “Que nadie vaya a llorar” de Manuel Molina y fue inabarcable. Lo mejor de todo el concierto. Si no he hablado hasta ahora de Raül Refree es porque, al menos esta vez, dio un par de pasos fuera de foco y dejó a Rosalía el protagonismo absoluto, acompañando las dinámicas y adaptándose sin corsé pero sin nada fuera de su sitio.

Con menos de la mitad de gente les tocaba salir a Ibibio Sound Machine, recién fichados por Merge Records para un segundo disco que supera en todo su debut. El abanico de géneros y estilos que les han colocado a la hora de definirlos daría para quemar bastantes caracteres: disco, funk, highlife, afrobeat, post-punk, rock, electro… y en estudio ciertamente tocan algo de todos ellos. En directo, sin la producción y los arreglos más sofisticados, el groove manda y el poso nigeriano se deja notar. Vamos, que resultan más clásicos sobre el escenario, pero también más enérgicos y vivos. Funk acelerado a piñón y una frontwoman, Eno Williams, que supo llenar el espacio y animar a un público que empezó mucho más parado durante los primeros temas. Que los cambios entre grupos fueran tan rápidos también tenía parte de culpa en eso, que del solar a la barra/supermercado había sus minutillos.

El cierre corría a cargo de Young Fathers (en la foto principal), en formación de trío vocal y batería, en el que es su segundo concierto gratuito en Barcelona en tres años. Y no han perdido el nervio que demostraron aquella vez. Más bien lo contrario: los temas de las mixtapes y de su primer disco siendo pura tensión y “Queen Is Dead” o “Get Up” son ya pequeños himnos. Si soy sincero creo que los temas de su segundo LP no acaban de llegar al nivel de aquellos, e incluso uno con tanta vocación de hit como “Shame” palidece al lado de cortes como “No Way” o la recentísima “Only God Knows”. Aun así, la fuerza con la que los llevan al directo es un salvavidas infalible -la presencia escénica, que era uno de sus fuertes, es aún mejor a día de hoy- y la intensidad no decae ni un solo minuto: por momentos se acerca a niveles propios de unos Death Grips, salvando las distancias. Salieron a no hacer prisioneros y se llevaron la corona.