Los Estanques llegaban a Zamora por primera vez bajo el patrocinio de Girando por Salas, tras verse obligados a aplazar la fecha original prevista a primeros de marzo por lesión de uno de sus miembros. Lo hacían presumiendo de su mejor momento como grupo, después de agotar entradas para el concierto que ofrecieron en la sala El Sol de su ciudad y contar con el respaldo unánime de medios especializados. Todo gracias a las virtudes de su último álbum, un jugoso trabajo homónimo lanzado hace sólo un par de meses que potenciaba las ganas de ver cómo la formación era capaz de defenderlo en directo. Pero, en ocasiones, las expectativas generosas también pueden ser un arma de doble filo para terminar volviéndose contra los propios motivados.

El paso del cuarteto por el escenario del Avalon Café dejó opiniones encontradas entre el medio centenar de aficionados que acudieron a la cita, planteando evidentes luces pero también sugiriendo algunas dudas quizá no previstas de antemano. Entre los aciertos cabe destacar lo interesante de una propuesta que, partiendo de un pop más o menos clásico –cabe citar como referentes a los primeros Lori Meyers o, ya puestos, a Los Ángeles– endurecer (y enrevesar) su propuesta con amplísimas dosis de psicodelia y rock progresivo, además de algún puntual ramalazo funky. Una amalgama sonora que sobre las tablas resuena consistente a volumen considerable, y que crece en intensidad a medida que se suceden canciones como “Sentado al sol”, “¡Joder!”, “La Loa que añoré”, “Viento en popa”, “Efemérides” o los diez minutos de “Vietnam y veo negro”. En sentido contrario puntúa una reiteración de formas que puede desembocar en saturación con relativa facilidad, algo inevitablemente ligado a la insistencia de formas del propio combo y al limitado recorrido vocal de Íñigo Bregel.

En cualquier caso, Los Estanques pertenecen a esa liga tan necesaria que incluye nombres como los de Joe La Reina, Cala Vento, Ljubliana & The Seawolf o Calavera, siempre inquietos a la hora de buscar manifestaciones poco habituales con las que tintar su obra. Además son buenos ejecutores –especial mención para la versatilidad del guitarrista Germán Herrero–, que cuenta con un activo tan valioso como es su catálogo original y valiente. Pero tienen margen de mejora en el traslado de sus propias peculiaridades al directo, encontrando el modo de limar excesos para lograr agilidad adicional y (por momentos) también mayor credibilidad. Madera para ello parece haber de sobra y tienen tiempo por delante. Que no se conformen y den con la tecla definitiva dependerá de ellos.