Salió con gafas de sol negras, pelo negro y una chaqueta de cuero negra y se posó delante del micrófono. Eran las 20:15, un cuarto de hora de retraso sobre la hora prevista. A Ian McCulloch no le hace falta moverse de su zona de confort para desplegar carisma y teletransportarnos a 1985. Los primeros compases del concierto tuvieron una inevitable atmósfera post-punk, como si el tiempo no hubiese avanzado. Los focos apuntaban al teatro mientras que el grupo apenas se distinguía entre la penumbra. Por momentos, el humo invadía el escenario y Will Sergeant, apostado en el flanco izquierdo, rasgaba la guitarra entrecortada.

Con “Rescue” la pantalla cuadrada del fondo se volvió roja y por un momento pareció que iba a caer “Where The Streets Have no Name” de U2. A Echo & The Bunnymen siempre se le han notado las costuras y nunca han renegado de dónde vienen. Lanzan guiños a The Doors, Lou Reed o The Beatles y después regresan a su repertorio original, como ocurrió con el primer respiro de la noche, “Nothing Lasts Forever”, que McCulloch invitó infructuosamente a que el público la cantara. En general, las versiones desinfladas e inanes de The Stars, The Ocean & The Moon sonaron vigorosas y convincentes, con los cinco miembros del grupo sacando brillo a un setlist anclado en los 80. Sorprende lo bien que aguanta la voz de Ian McCulloch, con aroma a bourbon en los graves pero que apunta al cielo en los épicos agudos. “Seven seas” sonó clavada a cómo la recordábamos; acertaron al rescatar “Rust”, una de sus joyitas de los 90; “Bring On The Dancing Horses” sonó desfasada, como si no pegase con el resto; Will Sergeant sacó la guitarra de doce cuerdas para “The Killing Moon”, que no cuajó por culpa de una extraña interpretación vocal que rápidamente quedó enmendada en la eléctrica “The Cutter”.

Había pasado una hora y el grupo se retiró del escenario. En los bises McCulloch dijo que tenía hambre, mencionó a Xabi Alonso y chutó dos toallas al público como si fueran balones de fútbol. El hombre se había relajado y el público, puesto en pie, gozó con “Lips Like Sugar”, “Oceans Rain”, delicadísima, y una despedida casi hard-rock de la mano de “Do It Clean”. Echo & The Bunnymen abusan de la nostalgia y deberíamos exigirles que también hagan caso a su segunda etapa. Pero en los 80 fueron tan grandes que cada vez que vuelven a los clásicos quedan automáticamente absueltos.