El Auditorio de Barañain fue el escenario elegido para presentar “Mikel Laboa”, el disco que marca un paréntesis dentro de la discografía de Delorean y que se desvía del terreno del pop y hedonismo para la pista de baile por el que los conocemos para confeccionar un experimento más cercano a lo Avant-garde.

El proyecto que podría haber sido la reelaboración por medio de remixes por parte de grupo-de-baile-famoso que busca actualizar el sonido de un artista, ha acabado convirtiéndose en un experimento sonoro innovador en el que se une la música electrónica con el simbolismo etnográfico del folclore vasco.

Con la misma libertad creativa de la que hacía gala el cantautor donostiarra, el grupo zarauztarra se presentó en el Auditorio Barañain en una formación en atriles en el que desplegaron su música a través de samplers, dos baterías estilo Octapad como sección rítmica y sintetizador. El fondo monocromo cambiante en cada tema dejaba claras las direcciones de este proyecto. Por un lado, la intención ofrecer una visión poliédrica de dos mundos tan en principio opuestos como son la canción de autor y el de la música binaria. Todo un tour de forcé que exige reelaborar los sonidos de corte más orgánicos de la música de Laboa a partir del uso de software con instrumentación real de manera que el sonido pudiera expandirse hacia otras latitudes.

Por otro lado, la casi ausencia de luz sobre los integrantes de la banda nos aparta de otras distracciones que pudieran ejercerse sobre la escena y nos dirige a pensar que Delorean quieren quitarse protagonismo para convertirse en meros transmisores y así centrar toda la importancia en un legado que forma parte del acervo cultural del País Vasco.

Comenzaron de manera tántrica entre ritmos de txalapartas y apoyados por una cortina de humo en lo que fue la introducción a “Orreaga Leketio 6” y este fue el tono general en el que se desarrolló el concierto. Una sesión continua casi sin pausas entre canciones que constituye todo un magma sonoro del que emerge la voz de Laboa, a veces de manera prístina, a veces filtrada. En “Bentara Noa”, quizá unas de las mejores reinterpretaciones del disco, añadieron un ritmo motorik a un fondo muy cercano al ambient, algo que dio como resultado una pieza de gran sensibilidad y belleza armónica. En los cortes más puramente electrónicos como “Komunikazioa-Inkomunikazioa (Azken pasartea, ez)” sonaron casi a música de club a juzgar por algunos de los cabezazos que daba el público de la platea. Estos temas podrían pasar por un corte de la escuela DFA con esas baterías que marcan el ritmo y se corresponden a la parte más cercana a las coordenadas conocidas de la banda. En “Txoria Txori” cedieron toda la atención al sampler del coro contenido en la canción, algo que aportaba un tono litúrgico de grandeza y solemnidad que hacía retumbar el espacio del Auditorio.

Despidieron el show con un Ekhi animando a descubrir la obra de Laboa y con “Kantuz”, el corte más reconocible del álbum, habiendo completado así un loable trabajo de traslación al directo fuera de corsés de una música tradicional de la manera más heterodoxa posible. Un ejercicio que tiene como puntos fuertes la versatilidad, el trazado de puentes entre generaciones alejadas en el tiempo y el respeto exigible cuando de alterar una obra totémica del folclore vasco se trata. A Mikel Laboa le habría encantado.