Tras este fin de semana, por fin podemos testificar que el Festival Cruïlla Bcn se ha consolidado en Barcelona. De hecho quien lo ha confirmado han sido las 22.000 personas que han asistido a esos dos días de programación y a sus treinta y cuatro conciertos. Y lo han hecho con el cartel estilísticamente más variado desde que iniciara su recorrido en la ciudad condal. Hace tiempo que Jordi Herreruela, director (junto a un entusiasta equipo) de este certamen, viene “desafiando” a la prensa a escoger un adjetivo para definirlo, pero cada año lo ha puesto más difícil. Y éste aún más. Ska, folk, músicas de raíz, pop, hip hop, rock, etc, se intercalaron en los cuatro espacios que se habilitaron para está edición.

El viernes la danesa Agnes Obel, dio la bienvenida a los pocos que fueron puntuales. Voz melosa, piano y chello, más adecuados para estar tumbados al césped que en el duro hormigón que envuelve al Fòrum. Iron & Wine le siguió. Su creador, Sam Beam, vino acompañado de una numerosa banda que llevó su dulce ternura musical hacia un folk progresivo, a veces hasta crudo. La elegancia de los arreglos de su disco  “Kiss Each Other Clean”, se perdieron algo en el directo, pero ganaron en nervio. Algo parecido hizo Antònia Font, que sonó bastante más eléctrico que en otras ocasiones. Apenas tocaron temas de “Lamparetes”, y sí un grandes éxitos que funcionó de karaoke. Aunque quien se llevó el gato al agua, o mejor dicho al público a surfear “To The Sea”, fue Jack Johnson. La evidencia se cumplió y acaparó a la inmensa mayoría del público. Su folk amansó a las fieras (si es que las había). Empezó algo más eléctrico con su pequeña banda, para alternar con una segunda parte más acústica. Sorprendió al invitar al escenario al doctor Eduard Estivill y a Montse Domènech, del grupo folk Falsterbo, con los que tiene una amistad de hace años. Junto a ellos cantó “Home” con estribillo traducido al catalán, con lo que acabó de meterse a la “Good People” en el bolsillo. Aunque los que más sorprendieron fueron los neozelandeses Fat Freddy’s Drop. Con un dominio del escenario espectacular, una sección de vientos hiperactiva con un trombonista que no paró de jalear al público y una mezcla musical que iba del ska al soul, pasando por el reggae, el jazz o a la música dance, revolucionaron el lugar.

La nota de calidad la puso Celebrate Mama Afrika, el tributo sudafricano a la gran Miriam Makeba, que dirige Hugh Masekela junto a las impresionantes voces de Vusi Mahlasela, Thandiswa y Lira. Además de maravillarnos nos hicieron bailar al son del clásico “Pata Pata”. Entre los que también funcionaron, Delafé Y Las Flores Azules con un show calculadísimo y sin parar de darle gas. O las leyendas del reggae, Max Romeo junto al extravagante Lee Scratch Perry, que nos balancearon con sus reggae y dub clásicos. Very Pomelo, Duquende, Maika Makovski, Pau Vallvé, Neila Benbey, La Iaia y Miquel Gil, tuvieron que lidiar con la devastadora coincidencia de horarios, pero cada uno a su estilo, cumplieron con solvencia. Miguel Amorós.

Tras un día de grandes intensidades emocionales y sobretodo mucho desgaste físico encaramos la jornada final del Festival Cruïlla con la expectativa fijada en los grandes nombres como Madness, Calle 13 y Public Enemy pero también en los pequeños prodigios programados en el Escenari Ramon Llull. La jornada quedó marcada por los cambios de algunos conciertos, debidos en gran medida por el retraso del transporte del backline de los belgas dEUS.

Así, tras la apertura por parte de la rapera francesa Keny Arkana que volvía a los escenarios tras más de tres años de silencio para presentar su nuevo disco “LEsquisse 2”, salieron al escenario Estrella Damm Los Tiki Phantoms. No podemos decir que fuera el horario idóneo para ellos, pero aún y así, ofrecieron un espectáculo de surf i rock’n’roll ancestral a la altura de lo que nos tienen acostumbrados, en el que brillaron sobretodos los temas de su último disco “Mueven el esqueleto“. Los puertorriqueños Calle 13 arrasaron con su irreverente pose, bien acompañada por la siempre eficaz artillería rítmica. Presentaban en Barcelona “Entren los que quieran”, aunque también hicieran saltos atrás en su discografía. Sin duda tienen el mojo en cuanto a amalgama sonora global se refiere. Su pócima a base de hip hop, rock, y reggaton consiguió hechizar a los asistentes que acabaron abarrotando el escenario Cutty Sark. 

El momento álgido se mantuvo con Madness (y eso que fue la visita más suave de sus últimas). Con toda una división de músicos sobre el escenario consiguieron hilvanar un nutrido repertorio en el que combinaron clásicos del ska jamaicano con hits de su propia cosecha. Lástima que hacia la mitad del concierto perdieran vigor y las pausas entre canción y canción fueran cada vez mayores. En todo caso, se recuperaron en la recta final con un doblete conformado por “Our House” y “It Must be Love”. Tras el bis volvieron a sus orígenes regalando al público dos de las joyas incluidas en su disco de debut (“Madness” y “Return of The Los Palmas 7”) poniendo así el broche de oro a una actuación que se hizo corta pese a la hora y media que duró. Mientras tanto en el escenario Ramon Llull nos topamos con una de las gratas sorpresas del festival. Litoral ya habían demostrado su valía una semana antes en el Festival Faraday. Apareciendo como sexteto sobre el escenario ofrecieron en apenas 40 minutos un set certero, confeccionado con buenas dosis de folk de raíz catalana. Dejando a un lado su falta de desparpajo en las distancias cortas, bien es cierto que su pericia ejecutando su todavía algo menguado repertorio, les lleva a ser una de las esperanzas blancas de la nueva escena catalana. De allí nos fuimos para el escenario Cases de la Música, donde Joan Colomo parecía improvisar un concierto en el comedor de su casa. Con interrupciones entre los temas (o en mitad de los mismos) para tratar de jugar con el público, seguramente consiguió todo lo contrario con más de uno. Empezó el set con apenas un centenar de concentrados. Luego se incrementó el número una vez finalizado el concierto de Madness. Pero el líder de La célula durmiente se mostró irregular con un espectáculo seguramente mejor entendido en un entorno más recogido. Los valencianos Obrint Pas en cambio lograron exprimir hasta la última gota de energía del público desde el minuto 1 de su actuación. Demostraron que se están acercando a la primera división del ska-rock con un torbellino de ritmos y proclamas cortantes. Sin duda fueron los que se llevaron el gato al agua de la jornada. Los veteranos Public Enemy hicieron lo que pudieron, que no fue poco, pero bien es cierto que cada una de sus visitas supone un grado de tensión progresivamente menor. Así, sus conciertos se parecen cada vez más a un parque de atracciones temático del hip hop old school; alejándose de la experiencia reivindicativa de tiempos pasados.

En definitiva podemos hablar de un éxito de convocatoria ya que se ha superado el listón del año pasado con la afluencia de 4.000 espectadores más, sumándose en las dos jornadas un total de 22.000. Lluís S. Ceprián.