El odio a los domingos está tan extendido como el libre mercado. Es universal. Así lo demostraban las caras largas de la fila que serpenteaba en el patio del Centre de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB) anteayer. Muy por encima de esas 500 plazas que en principio saturan el hall del edificio municipal, las personas se amontonaban obedientes. Casi por necesidad. 

Tal vez supieran que, tras una hora de María José Llergo, le podían dar la vuelta al fin de semana. El ciclo Kosmopolis echaba el cierre con un concierto curativo; a la salida, los perfiles de los labios marcaban medias lunas. Sonrisas bobaliconas y ojos humedecidos. Algo mágico se había vivido allí dentro, un embrujo chamánico. 

Los chamanes han trascendido por su capacidad para curar el sufrimiento del ser. Lo han hecho en base a creencias, compromisos y arte. El mismo método de trabajo de una joven cordobesa afincada en la capital catalana: el flamenco atraviesa a María José Llergo y esta lo entrega sin reservas. Su voz suena contemporánea pero se enraiza en el pasado. Cuando pincha, encuentra vena. 

Pese al riesgo que el bolo se convirtiera en un malogrado recital de fin de curso, con un recinto poco apto para entregar una narración y con los medios técnicos justos (el micrófono no capturaba con justicia el rango de la cantante), ella aprovechó la oportunidad para dar rienda suelta a su estrella. “Gracias a García Lorca, Enrique Morente y Sílvia Pérez Cruz. Por hacerme mejor músico, mejor persona”, citaba antes de soltar miel por la boca en versión de “Pequeño vals vienés”. 

María José Llergo CCCB Miquel Taverna 2019

Su elección de directo fue acertada. Una muestra de versatilidad. Bien diferente a la explosión contemporánea –con, entre otros, David Soler al pedal steel– de las fiestas Demoscópicas de esta revista una semana atrás. Esta vez, protagonismo absoluto al lirismo, al requiebro vocal bien elegido, a la comunicación. En la misma línea ejecutó Marc López a las cuerdas, un guitarrista que respira y deja respirar. Un José González aleccionado por algún maestro flamenco.

Más que una cantante, “un discurso”, la definía el periodista Borja Duñó en una previa para presentar su bolo en este certamen anual de literatura amplificada. Eso fue. Llergo homenajeó literariamente. 

Cantó por Rolando Alarcón (“Canción de soldados”) o Carlos Gardel (“Volver”) en sendos bises, rogados por un público en pie. También aportó sus textos, la ya consagrada “Niña de las dunas” o “Nana del mediterráneo”. Además, hizo un resumen –por elevación artística– de todos los temas del festival: revolución feminista (“a mi abuela y a mi madre”); laboratorio de historias (compartió la vida de su abuelo, migrante en tierras catalanas, como tantos); o transiciones del capitalismo (en días de falsa hiperconexión, aplausos de ida y vuelta todo el bolo). Lo que debía ser media hora de cierre de un festival literario, se convirtió en un homenaje a la emoción. Un ansiolítico de domingo.