¿Quién iba a imaginarse que un pequeño pueblo andaluz situado en las faldas de la Sierra de Cazorla, se convertiría en una de las mecas del blues más importante de Europa? ¿Cómo tan siquiera soñar, décadas atrás, que pisarían sus calles y plazas empedradas leyendas como Koko Taylor, Buddy Guy, Johnny Winter, Taj Mahal, Solomon Burke o Lazy Lester?

Un cuarto de siglo ha pasado desde aquel humilde comienzo en septiembre de 1994, cuando, en un solo día de duración y ante poco más de 200 personas, tocaron varios grupos invitados y dos nombres destacados en el cartel: La Caledonia Blues Band y La Blues Band de Granada, formaciones ya míticas y piezas fundamentales para entender el género a nivel nacional.

La celebración de 25 años de magia ha sido un éxito rotundo, uniendo a 25.000 “enfermos de blues” que han vuelto a triplicar la población de Cazorla, convirtiendo, una vez más, campos de olivos en algodonales y el Guadalquivir en Mississippi.

Este año empezamos la fiesta a lo grande, recordando y recorriendo las vías que los viejos aparceros tuvieron que tomar para emigrar del sur profundo, donde mamaron el blues del Delta y de Memphis, al norte, donde se reconvirtieron a la fuerza en fresadores, torneros y fundidores, cantándole con crudeza, nostalgia y rabia, a la tierra y vida que dejaron atrás. Así nació el salvaje y eléctrico Blues de Chicago (con importantísima presencia en esta edición), del que John Primer, encargado de abrir el escenario principal, es una de las leyendas vivas más notorias, habiendo militado en las bandas de maestros como Muddy Waters, Willie Dixon y Magic Slim.

John Primer sale a por todas, rasgando su Gibson roja como si no hubiera mañana, reventando termómetros y electrificando uno de los jueves más auténticos que recuerdo. Muy bien acompañado por las seis cuerdas de Will Jacobs y la armónica omnipresente de Marcos Coll (dará varios cursos gratuitos patrocinados por Hohner durante el festival y cerrará el mismo), con el que Primer no dejará de batirse en duelo hasta dejarnos sin aliento.De su The soul of blues man (19) aún humeante, a clásicos en los que palpita el espíritu de Jimmy Rogers, Little Walter o Sonny Boy Williamson, para terminar por meterse la noche en el bolsillo con un brutal Mannish boy, rezumando el espíritu del padre del Chicago Blues en cada fraseo.

Maceo Parker, trajeado y con sonrisa sempiterna, acompañado de una banda que nació tocando, tarda segundos en poner la plaza patas arriba. Clase y pasión en cada nota, lleva el ritmo en la sangre y echa llamaradas funk por el saxo con la misma facilidad que respira. La suerte de chute de James Brown y Parliament-Funkadelic que recibe con los brazos abiertos la madrugada, hace que la luna se convierta en una bola de espejos gigante y no deje ni un instante de girar, reflectando felicidad en miles de rostros que bailan como si estuvieran atrapados en una cuenta atrás. Del apoteósico Make it funky y el cover del Hey pocky way de The Meters, rebosante de New Orleans, que sube las pulsaciones de Cazorla y alrededores, al Let’s get it on de Marvin Gave que hace suyo; sin olvidar el Stand by me en el que se pasa a la flauta, dejándole todo el protagonismo a su espectacular corista, provocando el tambaleo de cada una de las estrellas que cuelgan sobre nuestras cabezas.

“Caldonia! Caldonia! / What makes your big head so hard? / I love her. I love her just the same / Crazy ’bout that woman cause Caldonia is her name”.

Sí, así se llaman ellos. Cuando aún se nos mueven las piernas solas por los ecos funk de Mr Parker, los Caledonia Blues Band salen a tumba abierta y demuestran de un plumazo porqué fueron y son historia viva del blues patrio. Más de treinta años de carretera, con idas y vueltas y, ¿cómo suenan hoy? Mejor que nunca. Se vacían sobre el escenario en cada tema y nos llevan a New York, al infinito y más allá en una Going to New York que es puro desenfreno y éxtasis colectivo. Uno de los grandes pellizcos de esta edición.

Pasan las tres de la mañana y la plaza de toros donde sólo hay, como dicen dos hijos adoptivos de Cazorleans, “corridas de placer”, aguanta en pie para ver a uno de los bluesman más carismáticos de las últimas décadas, Watermelon Slim. Se desliza por su dobro tendido como si fuera parte de su propio cuerpo, al estilo steel guitar del Delta más genuino, rematándonos con la buena nueva de un cancionero que interpreta como un predicador empapado en bourbon. Del Get out of my life, woman del eterno Allen Toussaint, a recorrer esa polvorienta autopista 61, con guiño dylaniano y ritmos pantanosos, en 61 highway blues, ambos temas de su notable y reciente Church of the Blues (19).

Deja la guitarra y sopla azufre y raíces americanas a la armónica, en actitud chamánica, retorciéndose, dando patadas al aire y sintiendo y transmitiendo el blues como los más grandes. De clásicos ganadores como Call my job o el aullido del lobo de Chicago contemplando trenes en la oscuridad en Smokestack lightning, a la rompedora Archetypal Blues que nos acerca al fin. Previamente nos demuestra que, las pócimas y brebajes que lleva en su caravana ambulante y que prometen eterna juventud, son ciertas, bajando al albero y desbordando vitalidad en un paseíllo entre las primeras filas, sin dejar de tocar la armónica ni un instante, en una Tomorrow night coreada por todos y rematada desde el escenario. Más no se puede pedir ni dar, 70 años y mil vidas en cada arruga.

Nuestro viernes comienza en el corazón de Cazorleans, la Plaza de Santa María, llena hasta la bandera con la Blues Band de Granada fundiéndose en cada cover que hace suyo, de Joe Cocker al Hallelujah de Cohen, con el público a un palmo del suelo, disparando agua y serotonina sin pausa.

Bantastic Fand impregnan de aires sureños y fronterizos cada rincón y Boo Boo Davis, a sus 75 años y a casi 40º, filtra Delta y verdad por la piel, regalándonos una actuación inolvidable y ocupando indiscutiblemente el trono del día.

La tarde se rompe en dos con el rockabilly de Lucky Dado, los baños y bailes en las fuentes, el tequila añejo y la psicodelia sureña de Riverboy, dejando marca en un auditorio del Cristo que se aferra con uñas y dientes a cada rayo de sol.

La jornada va haciendo mella y Eric Bibb, comienza a destilar la elegancia de su voz y sus seis cuerdas en un Escenario Cruzcampo (plaza de toros) aún con muchos claros. Folk y blues que zigzaguea entre el jazz y la americana más auténtica, y todo cocinado a fuego lento en un canto aterciopelado y magnético, acompañado de unos punteos de guitarra que crujen como la leña en una hoguera. Clase por cada poro de su piel, a pecho descubierto, solo con su acústica o en formato trío. Esquivaran el olvido y el tiempo dos interpretaciones del imprescindible Migration Blues (17), una Refugge Moan a capella en la flotamos como pompas de jabón y un With a Dolla’ in My Pocket palpitante de western y bluesgrass reposado, invitándonos a llevar un dólar en el bolsillo, por si tenemos que recorrer alguna vez esa autopista 61 que llevamos dentro.

Si los Rolling Stones le deben hasta su nombre a una canción de Muddy Waters y fueron, siendo unos jovenzuelos, a Chicago en busca de sus ídolos y raíces, ahora Chicago les devuelve a sus Satánicas Majestades tributo y honores con Chicago Plays the Stones (18), disco y formación capitaneada por Ronnie Baker Brooks y Billy Branch. Acompañados de una banda de altos vuelos, desatan una tormenta de hits stonianos con un extra de armónica y blues eléctrico, con Brooks al micro en piezas que están por encima del mal y el bien, como Satisfaction y una Miss You con swing por los cuatro costaos, o un Doo Doo Doo Doo (Heartbreaker) en el que se funde con Branch, haciéndonos olvidar la ausencia de Buddy Guy, presente en el álbum.

Billy Branch hace suya Honky Tonk Women, se arroja al desenfreno de Out of Control y convierte el albero en lava humeante bajo nuestros pies en Sympathy for the Devil, contoneando a su antojo la plaza en cada solo de armónica y provocando que el cielo llore de placer, intentando rebajar con una fina lluvia las temperaturas.

Mención especial para una Let It Bleed a la que se une y encabeza John Primer, chutándole al viernes la dosis definitiva de Chicago Blues en vena.

El cansancio apremia, pero, casi sin darnos cuenta, estamos bailando de nuevo en el ojo del huracán… Bette Smith in da house, con una banda sobresaliente en la que destaca el trompetista y sus solos explosivos. Bette recorre su debut Jetlagger (18), intercalando con la misma facilidad interpretaciones que van del soul, al funk o al blues. Es una fuerza de la naturaleza y solo por vivir la versión del The thrill is gone de B.B. King que eriza hasta el cielo, ya vale la pena los cientos de kilómetros de viaje y el precio de cualquier entrada.

Con Melvin Taylor rasgando sus seis cuerdas y haciendo saltar chispas y más de una perseida de su guitarra, último tren de Mississippi a Chicago de la jornada, nos retiramos a recargar pilas para disfrutar de pleno el tercer round de blues que nos queda.

El sol aprieta más que nunca el sábado, pero poco importa, la plaza Santa María alcanza su máximo esplendor y capacidad: pistolas de agua y demás inventos a pleno rendimiento, bares a toda máquina, cervezas heladas en mano y fuente convertida en piscina municipal. Todo preparado para disfrutar de (como dice un amigo) los “Les Luthiers del blues”, Txus Blues & Jose Bluefingers. Una fiesta desde la primera ola a la última, de Surfin en Montgat a Se rompe España, de Estoy enfermo de blues al esperadísimo Cazorleans cantado al unísono por todos los presentes. Terminan y el clamor popular los despide al grito de “¡presidentes! ¡presidentes!” Ojalá lo fueran, nos iría la vida a todos mejor o por lo menos las risas estarían aseguradas, que no es poco.

Chris O’Leary y su banda, con una gran sesión de vientos al frente, termina de dinamitar la mañana y nos deja claro porqué fue el vocalista y armonicista elegido para estar al frente del grupo de Levon Helm. Poderío y combustión instantánea en cada acometida.

Toca paréntesis, sentarse en una terraza y darle al rin ran, a los tomates de la huerta, a la carne de los montes y a toda la rica gastronomía de esta tierra.

La sobremesa blusera se alarga, pero llegamos al Paseo del Cristo para comprobar que la tarde tiene sabor a rock ‘n’ roll y José Antonio García la mueve a sus anchas. Conquista con su Lluvia de piedras (18) el Escenario Jaén en julio y es el broche de oro para clausurar este espacio.

Resta final en las tablas principales y todos se quitan el sombrero para recibir a Tail Dragger, uno de los bluesman más genuinos que se puede ver en directo. Lleva la electricidad de Chicago en la sangre y a Howlin’ Wolf atado en sus cuerdas vocales. Bien flanqueado por la armónica de Quique Gómez y la guitarra de Rockin’ Johnny, Mr Dragger sale bastón en mano, traje gris, corbata negra de lazo y sombrero de cowboy blanco. Y da igual que cante sentado, de pie o bailando, a sus casi 79 años lo hace todo con una sensibilidad y desgarro tan personal, que nos teletransporta a otra época. Una lección de blues y vida en toda regla. Muesca a la luna tema tras tema. De Shake it for me a My Woman is gone, o una Baby, please don’t go que ojalá no se hubiera ido nunca. Invita a alguien del público a subir al escenario y un valiente recoge el guante, acompañándolo en una canción, improvisando y echando unas risas. Sin lugar a dudas, Tail Dragger es el jefazo de esta edición.

Sugar Ray & The Bluestones dan una masterclass de swing, soul y jazz, con las deslumbrantes cuerdas de Duke Robillard y Little Charlie B. (Django Reinhardt en el aire), meciendo la plaza canción a canción, rozando la perfección en un When you’re smiling que Armstromg habría aprobado con su radiante sonrisa. Y gracias a una brillante versión del Blue stop knockin, ahora la “smile” que se queda marcada entre las estrellas, es la de otro grande que paso por Cazorleans hace un par de años, el irrepetible Lazy Lester.

Los ritmos africanos de un Corey Harris en trance, nos atrapan como una enredadera luminosa que se extiende y nos eleva en la noche, sobre todo en temas de su último Free water way (18), como en la envolvente Watching you, que acomete solo con sus seis cuerdas (ramificación de su brazo) y una voz que parece salir de la mismísima tierra. Ya sea sentado con la guitarra encima de las piernas, a modo de steel guitar, o colgada del hombro, teje blues que parecen nacer en ese preciso instante por primera y última vez, quemando las manecillas del reloj en Devil got my woman o con una Eh, la bas que es New Orleans y Jamaica al mismo tiempo. Intercala momentos en solitario y con banda, en la que destaca José Luís Pardo, escudero de lujo a la eléctrica. Bordan cada pieza del set, como una “.44 Blues” que suena rompedora, con saxo atronador incluido, y una Sweet Black Angel en la que Corey termina desgañitándose.

Termina esta celebración de las bodas de plata del Blues Cazorla y sólo podemos desearle al festival, como mínimo, otros 25 años más y que los vivamos juntos. Lo único negativo de una edición sobresaliente: la escasa (casi inexistente, sólo Bette Smith) presencia femenina en el cartel. Seguro estamos de que, en las siguientes ediciones, como en las anteriores, las blueswoman estarán muy presentes.

Nos retiramos a ritmo de Blues Cazorla Boogie, a cuenta de Marco Coll & Will Jacobs. Y de camino a casa, recuerdo la respuesta que me dio esta misma mañana un anciano de Cazorla, que se encontraba contemplando el ambiente y los conciertos desde la fuente de la plaza Santa María:

– ¿Qué piensa usted del Blues Cazorla?

– ¿De esto? ¿Qué la gente esté riendo y pasándoselo bien entre todos…? Eso es lo mejor de la vida.