Diversidad en masa
Conciertos / Bilbao Bbk Live

Diversidad en masa

8 / 10
reuben Weedianaut / Gonzalo Arranz — 13-07-2022
Empresa — Last Tour
Fecha — 09 julio, 2022
Sala — Kobetamendi, Bilbao
Fotógrafo — Martín del Busto / Eider Iturriaga

El Bilbao BBK Live cerraba sus puertas en el tan cacareado verano del retorno de los festivales rozando el lleno. Con una asistencia de casi 115.000 personas repartidas a lo largo de sus tres jornadas, se demostró que la maquinaria de Last Tour sigue funcionando al mismo ritmo que antes de la pandemia.

A pesar de que a priori el cartel era tachado de “flojo”, una vez apagadas las luces nadie que asistiera puede afirmar no haber encontrado en él algo que disfrutar o descubrir. En la edición de la diversidad, la asistencia femenina ha sido la más elevada desde su concepción (algo evidente a simple vista en las campas de Kobetamendi sin necesidad de recurrir a los números) gracias a nombres propios como Phoebe, Zahara, Rigoberta o Nathy. Si bien es cierto que la supervivencia de un evento de estas características necesita de “vacas sagradas” como Pet Shop Boys o Lori Meyers, se intuye una deriva hacia sonoridades más electrónicas y una apertura a tendencias más subterráneas que ya se ha cobrado sus beneficios. Sólo el tiempo dirá si se consolida, o queda en el camino como quedó el metal hace quince años, pero mientras esperamos a 2023 para comprobarlo, aquí está la crónica de lo sucedido en 2022:

Jueves 7 de julio 

La primera jornada empezaba con la calma propia de estos eventos en su apertura de puertas, con barras y food trucks terminando de reponerse, y los últimos detalles logísticos siendo cerrados. El grupo local DouleurDolor agarró con ganas la oportunidad de tocar en el BBK Live 2022. Dieron la bienvenida a los festivaleros desde el escenario Firestone. Sustentados en sus características bases de aire sombrío y batería, los dos solistas lo dieron todo con un sol de frente que les apretaba. Temas tiernos y sinceros bajo el filtro autotune y una apuesta valiente por mezclar géneros que van desde la electrónica al pop. Cierre en alto con “Lo Quiero Todo”, uno de sus más reseñables hits.

En el escenario San Miguel se daba la misma rutina, y el grupo encargado de abrir a la misma hora concitaba a un escaso puñado de fieles y gente acampada desde el día anterior paseando por el recinto. Depresión Sonora jugaban la papeleta con una formación reducida sin backline que se resintió con demasiados graves a través de tamaño equipo de sonido, segundo en dimensiones del total de siete plazas. Con Diego La Plata en la mesa, desgranaron lo mejor de su repertorio vestidos con sus chandals. Empezaron arriba con “Gasolina y Mechero” + “Mira Mis Ojos”, mientras sus mil historias eran coreadas tanto como lo fueron las versiones de VVV(Trippinyou) y “Disorder” de Joy Division que dejaron caer, curiosamente las que sonaron “más” post-punk. Markusiano presenta a los niños que le acompañan (uno gorro de cowboy, el otro camiseta de Platero y Tú) y su “Apocalipsis Virtual” quita el hambre y se pasa de tiempo, enfadando al stage manager mientras bailamos hasta el final de un verano que “es sólo para niños y ricos”.

Con Ginebras llegaba el color y la frescura. Enseguida empastaron con el público del escenario Nagusia con su simpatía y energía… y con esos estribillos garage tan animados y llenos de referencias ingeniosas que conectan tan bien con su generación. La corta trayectoria del grupo es prolífica fabricando hits desde lo cotidiano: el gentío botó y cantó con ganas “Alex Turner”, “Todas Mis Ex Tienen Novio”, “Cosas Moradas” o el éxito involuntario de la versión de “Con Altura”. La esperadísima “La Típica Canción” sobre placeres musicales culpables/no culpables daba la puntilla a un gran show. Estas chicas van imparables hacía arriba.

Ginebras

Phoebe Bridgers pasaba al segundo escenario el día anterior para evitar el solape con LCD Soundsystem, pero el consecuente cambio de hora hizo resentir bajo la luz solar el vestuario de su banda y los visuales que la acompañan. Órdago para comenzar con “Motion Sickness” tras los OH-WAH-AH-AH-AH! de “Down With The Sickness” de intro. Veinte años de media entre las voces que acompañan desde la campa cada letra de la estadounidense y su emo-folk de voz y sonido cristalinos. El tour manager de dos metros se une en “Garden Song” para aportar los coros de su versión grabada y la trompeta demuestra la sutileza instrumental que caracteriza a su banda, ataviada con pijamas negros con esqueletos que brillarían en la oscuridad del fondo de no ser las siete de la tarde. Halloween o ‘La melancólica muerte del Chico Ostra’ como inspiración de los dibujos animados que se suceden sobre la tarima que flota encima de un troquel de nubes negras donde reposa el logo blacker que luce el parche de bombo de la batería. Sueños y pesadillas para mandar a tomar por el culo a USA con dos peinetas o dedicarnos “Kyoto” a los padres presentes. Sus palabras son un susurro que retumba en medio de la naturaleza con la clase y elegancia de un smoking, y despojada de su chaqueta, pisa la hierba para chocar los cinco con las primeras filas, corriendo como una niña traviesa por el foso. Deseamos haber escrito el alt-gospel de “Chinese Satellite” y nos entrega la incipiente luna con “Moon Song” escondida detrás de un risueño “Kaixo!”, como una Tori Amos llegando a la treintena con el compromiso de una Ani DiFranco, sin miedo a levantar la voz. Vemos el mundo desde sus “Sidelines” y nos cargamos de serotonina con “Graceland Too” para, después de incontables apariciones de guitarras y backliners, quedarse completamente sola con el corazón en la mano para cantarnos “Waiting Room” y despedirse al completo con “I Know The End” sin miedo a desaparecer de nuestros recuerdos.

Phoebe Bridgers

Corremos al Nagusia, todavía sin demasiadas aglomeraciones, para alcanzar el inicio del show de Zahara, y llegando vemos dispuesto el escenario en blanco, negro y rojo, con una fila de fichas de dominó marcando el comienzo de la pista de baile. Los subgraves nivel soundsystem dirigen nuestras miradas hacia Martí Perarnau IV y Cía. que dan comienzo a la versión rave de “PUTA” vestidos de rojo como unos Aviador Dro. Bakalao, techno, house… “Gu bezain aske izan zaitezte”, como una Kylie poniendo el monte a bailar, y “El Deshielo” nos inunda con electrónica cuyos bombos retumban en las laderas y nuestros pechos. Visuales que parecen salidos del “Songs For The Deaf” que no ensordecen una propuesta más acorde a la nocturnidad que a un atardecer, pero a nadie parece importarle la ausencia de oscuridad y nos dejamos llevar por la danza como las bailarinas estilo Public Enemy que acompañan a la diva, rejillas rojas y negras y chupa de cuero como uniforme para girar el dominó y enfrentarse con la copla de “DOLORES” a los espejos que ocultan detrás. Boom bap y mash-up de referentes en forma de nombres propios: Lola, Britney, Taylor, Merichane, Rocío… y bebemos de la boca de la más grande en “berlín U5”. “Sólo llévame a bailar”, y nadie hace otra cosa desde el dancefloor de tierra y grava. “Como si el mundo no se fuera a acabar” nos creemos irrompibles, y el coraje que destilan sus letras se contagia por toda la planicie. Triunfo absoluto.

Zahara

Mientras tanto, se sucedían dos actuaciones en los escenarios pequeños. Rusowsky salía a ganar ataviado con la sudadera del supercampeón Valentino Rossi y con su hit “so so” atronando en un escenario Beefeater que explotó a bailar. Su propuesta en el directo giró más en torno a los sonidos techno o electrónica, como si quisiera desprenderse de la etiqueta bedroom pop en la que muchos le han encasillado. El público compró y se movió a gusto en la propuesta, pero quedó la sensación de cierta frialdad y distancia, como si quedara un trecho para conectar con la interesante vertiente íntima que sin duda tiene la música del madrileño.  Por su parte, la estrella viral en México, Ed Maverick, comienza a explorar caminos en Europa. Había curiosidad en el escenario Txikia por lo que fuese a ofrecer el tierno cantautor, más conocido por estos lares por su colaboración en el “Párteme la cara” de C Tangana, que no entonó. Comenzó con la esperada delicadeza: finos rasgueos de guitarra, introspección, dicción suave y pocas intervenciones de la banda. Así sonaron “Del río”, “mantra I,” o “Nadie va a pensar en ti mejor que yo”. Había adelantado al principio que no iba a hablar mucho, pero se volcó con una pasión que evocó a las voces míticas de su tierra. El mayor protagonismo que fue adquiriendo la banda, una vez Maverick agarró la eléctrica, fue una grata sorpresa. Se gustaron en los instrumentales y en una psicodelia que por momentos nos llevó hasta una huida western en un desierto mexícano. En la bella “Fuentes de Ortiz”, aumento repentino del público y de móviles alzados. Elegantísimo show. “Con permiso”, se despedía el solista.

Placebo era uno de los grupos más esperados de la primera jornada y lo demuestra con el primer llenazo del día, pero un setlist plagado de temas posteriores al “Meds” y con muy pocas concesiones a sus clásicos (el primero en caer fue “Bionic”) nos dejó sabor agridulce una vez dejaron de sonar las notas del “Running Up That Hill (Deal With God)” de Kate Bush con el que terminaron su actuación. Hasta entonces, desgranaron principalmente “Loud Like Love” y el “Never Let Me Go” que vienen presentando, sus álbumes sin Steve Hewitt, batería original de los londinenses. Con “For What It's Worth” retroceden hasta el “Battle For The Sun” (primero sin Hewitt) antes de lanzarse a por el póker final, y hasta ese momento, sólo parecen convencer (con una más que solvente ejecución, hay que decir) al núcleo duro de sus fans y a los ingleses que acuden en masa a festivales en los que sus compatriotas figuran en lo alto. “Slave To The Wage” pone la nostalgia de los tiempos del “Black Market Music”, “The Bitter End” es, posiblemente, su single más incontestable, y así lo demuestran antes de atraparnos en el accidente de “Infra-Red”, un medio tiempo in crescendo entre lo mejor de su mejor (para mí) LP. La burbuja Stranger Things nos estalla en la cara al final, dejándonos con las ganas de haber hecho un trato con Dios para que lo presenciado hubiera discurrido de manera distinta. Una correcta decepción.

Lindsey Jordan, nacida al borde de los noventa, nos llevó con soltura a la década con su proyecto Snail Mail. Referencias grunge o al LP “The Bends” de Radiohead, incluso ecos de Dido en la voz de Lindsey. La banda sonreía bajo el aluvión de luces azules en un rock alternativo luminoso que mezcla sonidos mágicos con distorsión. Sobresalieron la viva melancolía de “Thinning” y “Pristine”, con la que la banda se vació al final.

Teniendo que recorrer el recinto de punta a punta para llegar al escenario Txiki, me paro brevemente en Nagusia para los primeros tres temas de LCD Soundsystem (entre ellos un glorioso “Daft Punk Is Playing at My House”) y llegamos a Nacho Vegas para “Cómo hacer crac” del EP homónimo. “Hay una multitud haciendo crac”. El numeroso público ya se halla rendido a sus pies y a esa big band que acompaña al asturiano, con seis coristas en retaguardia más una segunda voz a su lado, donde permanece semiestático frente a un atril sobre el cual reposan sus enseres: cuaderno, agua, whisky… Cuando se mueve lo hace un tanto anquilosado, pero parece formar parte de la performance, ya que presentando a la banda (con un Joseba Irazoki imperial y el local Álvaro Segovia “secuestrado”) se le ve serenísimo, y cantando se permite hacer malabarismos con el micro. Crooner como un Leonard Cohen marx(ophon)ista, juguetea hasta el punto de escupir agua al aire mientras el coro canta agarrado de las manos, como en la iglesia a la que asistíamos por obligación en nuestra juventud, y aporta nueva luz y texturas a canciones que son casi novelas. “El Hombre que Casi Conoció a Michi Panero” pone fin al repertorio con un solazo de Irazoki y la sensación entre el respetable de que el concierto había sido demasiado corto, no en duración, si no por la poca cantidad de temas que encajar en él dada su longitud. De otra clase.

LCD SoundSytem

A su vez en el Nagusia, LCD Soundsystem apareció como una dulce tormenta de verano. “Ha pasado mucho tiempo”, confirmaba James Murphy bajo una bola de discoteca que anunciaba la firme intención del grupo de poner a todo el mundo a bailar. Inicio apoteósico para dar comienzo al trajín de subidas y bajadas rítmicas y melódicas: “I Can Change”, “Daft Punk is Playing at My House” o “Tonite”. Teclados que gritaban y pedían protagonismo y graves que se te metían en el cuerpo; música que no puede dejarte indiferente porque se cuela en ti. El perfeccionista Murphy firme en la alegría y la explosión de su orquesta, condujo la montaña rusa del bailoteo sofisticado hasta romper de repente con la balada a piano y guitarra de “New York, I Love You But You're Bringing Me Down”. No faltó la rompedora “Losing My Edge”, no apta para todos los públicos. El cierre fue tremendo. El público se puso a volar con “Dance Yrself Clean” y “All My Friends”. En la noche cerrada del monte Kobetas la masa aplaudía y Murphy se abrazaba, agradecido, al soundsystem.

Si Peter Murphy y sus huestes triunfaban con el maximalismo de su set de dos horas, Caribou harían lo propio a su nivel con una propuesta en las antípodas. Dos microkits de bombo/caja + pads frente a un bajo, los tres de etiqueta blanco caribeño, bastan a Dan Snaith & Co. para sorprender a propios y extraños con su contagiosa electrónica playera cercana al dream pop y el house. Con visuales geométricas como bits y en combinaciones RGB, inundan las tablas de luz blanca que nos disparan también con cañones, como si estuviéramos bajo el sol del último lunes del FIB. “Odessa” es el primer hit en caer, y a partir de ahí nos hipnotizan sin remedio, virando a tonos pastel para electrónica soul de aires Motown, a psicodelia con “Ravi” (Shankar), a cualquier verano mediterráneo con “Sun”, o a predicar como Marvin Gaye con “Home”. Tripleta final y “You Can Do It” resuena familiar con esos sintes 90s, trayendo a la memoria a los añorados Delorean y trasladándonos a la isla de Ibiza. “Do it!”. Cencerros que recuerdan a DFA y voz Pharrel en “Never Come Back”, como si Daft Punk hubieran sustituido cascos por bañadores. Hubo quien no entendió tanta luminosidad de madrugada, y la repetición rítmica (¿krautrónica?) de la final “Can't Do Without You” puede que no convenciera a nadie de lo contrario, pero para quien escribe, fue una de las sorpresas del festival.

Caribou

El consolidadísimo productor Alizzz comienza a sobresalir en su faceta como cantante. El público le respondió en el BBK Live coreando muchos de los temas de “Tiene Que Haber Algo Más”, su único LP. Se explayó con letras sencillas y directas abrigadas por un sonido muy cuidado. Destacaron las melodías limpias pop de temas como “El Encuentro”, “Amanecer” o “Luces de Emergencia”. Incluso una versión ensayada “veinte minutos antes” de “Un Buen Día” de Los Planetas. También una cover frenética de “Antes de Morirme”, que hizo las delicias del respetable.

Para cuando Moderat suben al escenario a las 02:20, nuestras piernas ya llevan unos cuantos kilómetros a cuestas, e inevitablemente, nuestra energía y percepción se ven afectadas. El supergrupo alemán (Apparat en el centro (sintes y voces) y Modeselektor cacharreando a sus flancos) rozó la perfección en una ejecución que, por ello mismo, resultó un tanto fría bajo mi punto de vista. No se le puede poner un pero al concierto, y desde la inicial “DOOM HYPE” las expectativas son altas. Minimalismo en las pantallas y en unos soportes de teclado que parecen las baldas de un almacén cualquiera, pero una propuesta que lleva el sonido de unos Depeche Mode a explorar los límites de la electrónica como hacen Ulver en sus últimos discos. Hyperdub meets Martin Gore en “Rusty Nails”, James Blake en “Eating Hooks”, techno house en “Running” o D’n’B en “Reminder”. Discurren por “Animal Trails” marcando el pulso con estrobos y se dejan caer sobre todo por “MORE D4TA” y su álbum homónimo en un repertorio muy acertado y quirurgico.. “Les Grandes Marches” / “Nr 22” de su debut son una dupla instrumental que incita al baile como Kraftwerk, también con una escenografia de la que emergen pictogramas tras escapar de un agujero negro de unos y ceros. “Bad Kingdom” es lo más pop de la noche, “Ghostmother” soul que acaba en Postishead, y la prog “A New Error” todo un acierto como broche final, un clásico del género que cierra sesiones de una punta a otra del globo. Clínicos.

Viernes 8 de julio 

Dada que la propuesta de los escenarios pequeños está plagada de artistas locales/estatales de relumbre para dar comienzo a la segunda jornada, decidimos dar visibilidad al talento más cercano y empezamos el día en Beefeater con Confeti de Odio. El dúo madrileño de emo Meeky acompañan al bajo y batería, y la inicial “Todas las Guillotinas Van al Cielo” ya se ve beneficiada de ello. Suena fresca como si hubiera salido en Subterfuge en los 90, con ese nervio hardcore que le aporta la sección rítmica. “Todo Muere”, sus discotecas llenas de difuntos y la resaca asistencial patente entre poco más de 50 personas que desafían el escenario invernadero a media tarde. “Hay sold-out en el hospital”, pero cual Flautista de Hamelin, el confeti musical va dando el alta a curiosos que se congregan goteando para disfrutar del pop triste de canciones como “Ansiedad (Has Vuelto a Mí)”. Problemas para disparar sintes a la batería solventados, la reciente “El Malo Final” resulta Duncan Dhu y Lucas, un Morrisey de barrio. Pero de barrio de verdad. Resultan ser La Cura a esa hora, y su clásica revisitación de los de Robert Smith en “Viernes Siento Amor” y los inminentes nuevos temas no caen en saco roto. Muchas ganas de lo que tenga que venir.

Paramos brevemente en el San Miguel camino del Firestone para ver qué tienen que ofrecer las cuatro chicas de Shego. Formadas en una sola línea de vanguardia sobre el escenario, Maite, Raquel, Charlotte y Aroa se presentan como un póker de frontwomen, ninguna por delante de otra en horizontalidad. Rabia punk y calma pop se alternan como las voces del cuarteto, con toques electrónicos y lo-fi aquí y allá para dotarlas de más garra en directo de la que muestran en la ristra de singles que han publicado hasta ahora. Habrá que estar atentas a ese primer disco que andan grabando.

El escenario Firestone simula ser un garaje de los años 50 y resulta un marco ideal para una actuación como la de Yawners. La guitarra que da comienzo a “Something About You” se repite en loop por la PA para recibir al trío comandado por Elena, que pisa el pedal de su guitarra para tomar el mando del tema, a medio camino entre Weezer y el skate punk marca BCore. Al estar situado en la zona de paso de la entrada, su spot se beneficia del tránsito y se acercan al centenar las personas que presencian “Paranormal”, con Joan Cala Vento presente entre ellas, pero sin animarse a subir a hacer los coros del disco al que nos dan la bienvenida con una sábana colgando frente a Tomás (Monteperdido) y su bajo. Teresa (Aiko el Grupo) aporta una contundencia a los parches que ni las baquetas rotas pueden frenar. “Don't tell me I don't belong”. Celebramos como se merece “Tu Cumpleaños” coreando esos infecciosos “paraparaparapara, paraaa” entre tímidos conatos de pogo, y recordamos a un “Rivers Cuomo” ausente una semana antes en San Mamés, muestra de un bilingüismo que ha hecho ganar enteros a un disco de power-pop de talla internacional como “DUPLO”. El hitazo que supone “La Escalera” nos convence por completo de que estamos ante una banda consolidada. Por muchos años, y que nosotras lo veamos.

Giramos 180 grados para encarar el escenario Txiki y una de las propuestas más intimistas y personales de todo el BBK. Verde Prato es el alias de Ana Arsuaga, antaño miembro de los extintos Serpiente y Mazmorra, bajo cuyo paraguas desarrolla un neo-folk de una fragilidad que te encoge al escucharlo en directo. Ante el respetuoso silencio del centenar de almas que congrega, Ana se desnuda a través de su voz y su cuerpo, ya sea en forma de palmas o de silbidos como los de Laura Pergolizzi. Recupera la tradición oral del euskera en “Herria Esnatzen”, llevando el pasado al futuro mediante sintetizadores presentes, que reemplazan instrumentos tradicionales en la sucesión de cantos dedicados a las personas más cercanas: ama, aita, alaba, semea… Bachata vasca, tímida y frágil como una Beth Gibbons de Zugarramurdi recitando recetas para hechizarnos o nanas tribales. Tanguea sola porque no le hace falta nadie más, sola ante el micrófono parapetada tras el pie de micro. “Hain txikia”, y tan grande. Presenta “Jaikiera Epekoa”, del que será su segundo largo y que resulta ser una precios(ist)a balada drone como las de Antony cuando estaba con The Johnsons. Una versión intimísima (bombo y voz) del “Pakean Utzi Arte” de Hertzainak humedece los ojos para terminar, puntuada con teclas sutiles que elevan el grito primigenio de Ama Lurra. “Jazo behar dena jazo da ta (...) Pakean utzi arte”. Hasta que nos dejen en paz. Carne de gallina.

Verde Prato

De vuelta al Beefeater, hacemos de nuevo una breve parada en Nøgen bajo el perenne sol de Nagusia. No tengo claro si su folk pop en la línea de unos Mumford & Sons es lo ideal para esta hora, o todo lo contrario, pero se crecen ante el tamaño del escenario y reúnen a más de 200 personas que disfrutan de la musicalidad que emana el quinteto, consolidada de nuevo (aunque la vemos sufrir para alcanzar ciertas notas en momentos puntuales) con el retorno de Ane Negeruela como vocalista principal de los donostiarras.

La de Laura Sam y Juan Escribano es una de las actuaciones del cartel que más esperábamos ver. Llevamos siguiendo la trayectoria de la murciana desde sus inicios en el spoken-word, y hemos disfrutado con su primera incursión en la música con esa maravilla de disco a cuatro manos engendrado junto al ex-WAS que es “La voz en contra”, pero quedaba ver cómo trasladan y defienden sus canciones en directo. Juan se erige en el Geoff Barrow que pone el colchón instrumental para que el flow mitad sureño (Gata Cattana) mitad norteño (Kae Tempest) de Laura haga lo suyo. “Algoritmo” resulta compleja como su título pero simple al mismo tiempo, mientras “Búnker” lleva el tempo al bombo clap old-school del que seguro ha bebido tras colaborar con Kase.O, y del que también ha debido tomar prestada la técnica respiratoria de la que hace gala a lo largo de todo el set, que ya quisieran para sí muchos MCs consolidados. “La voz de los poetas” a capella eriza el vello, y pervierten reaggeton y dub en “La Hiedra” con la valentía de quien anda sola por la calle. “No quiero ser yo” es Facto Delafé llevados al presente con visos de porvenir, y “España” resulta el equivalente al “Europe is Lost” de Kae, un alegato político en forma de bofetada, porque todo es política. “Arde la palabra”. Abandonamos la carpa tras “Nadie Nada” para llegar a la siguiente parada en el camino, dejando atrás a la bruja que tiene una brújula que apunta a Bristol y de ahí, a donde ella quiera llegar. “Nadie te enseñó lo desconocido”, pero nos vamos con una nueva lección bajo el brazo.

Cazamos las dos últimas canciones de Inhaler (liderados por el hijo de Bono de U2) para comprobar que parecen ser parte de la cuota guiri a cubrir “modelo Benicassim”, una suerte de mini-The Killers con look Artic Monkeys y brío IDLES a la batería que, sin embargo, resultan ser unos músicos muy competentes que convencen a una campa en la que concurren más la curiosidad por ver al vástago irlandés y el acumulado de la jornada esperando actuaciones posteriores, que fans del cuarteto. Un aperitivo más que correcto para lo que estaba por venir.

Puede que Lori Meyers sean la banda más importante del indie español en la actualidad junto a Love of Lesbian y Vetusta Morla, pero hace tiempo que esas sonoridades heredadas de Los Planetas y la Edad de Oro de la música “independiente” estatal no me suscitan apenas interés. Sabiendo que juegan en casa en cualquier festival de la Península, suben al escenario con la confianza de quien tiene el partido ganado de antemano, y las primeras filas aglomeran más gente que el día anterior a la misma hora, con la clara intención de coger lugar preferente para cuando diera inicio el karaoke. Presentan su último “Espacios Infinitos” ante la audiencia festivalera que les sigue anualmente de carpa en carpa, pero con un setlist festivalero, caen “Siempre brilla el sol” y “Emborracharme” entre el delirio repartido por igual entre millennials y boomers. Un show muy medido en todos los aspectos, desde al visual al musical, da para pocas pausas entre canción y canción, con una audiencia deseosa de que suene “la suya”, y Noni se viene arriba hasta el punto de subir a Jordi Évole (su banda, Los Niños de Jesús actuaba gratis en El Arenal esa misma mañana) a cantar, móvil en mano y sólo a falta de una corbata anudada en la frente. Diez años después de su última visita a Bilbao, el frenesí acaba con el cantante arrojando su guitarra al suelo para bajar al foso a exigir ruido equivalente al que reciben en su Andalucía natal en “Todo esto es culpa de la gente”, y el baño de masas termina con él pateando el pie de micro antes de despedirse cariñosamente hasta la próxima tras haber ofrecido todo lo esperado.

Kelly Lee Owens

Kelly Lee Owens era una de las gemas ocultas de esta edición del festival con ese dream pop o techno pop que le hizo dejar su puesto de enfermera en Manchester para dedicarse de lleno a la música. Sustentó su voz melódica en pregrabados y percusión eléctrica en una propuesta valiente que creó la intimidad adecuada en el escenario Txikia. “¿Estáis preparados para el viaje?”, preguntaba antes de enfilar los temas con los ojos cerrados y un sutil contoneo. La música de la galesa tiene mucho de travesía onírica, como se pudo comprobar en “Keep Walking” o “My Own”.

Supergrass suponían el primer llenazo del escenario secundario, y hacen honor a la asistencia empezando por todo lo alto con “Mansize Rooster” de su inolvidable debut. Unos cuantos kilos más en Mick y unos cuantos menos en Gaz no les han restado el nervio de una de las bandas más frescas que dio el brit-pop, y mantienen el ritmo con “I’d Like to Know” para bajarlo de nuevo con la psicodelia de “Mary” y mantenerlo con el dream pop de “Moving”, para volver a “I Should Coco” con la enorme y celebrada “She’s So Loose”. “Late in the Day” mantiene el equilibrio y vuelve a bajar pulsaciones en un medio tiempo folkie que precede a una “Richard III” tan salvaje, que su batería tiene que reparar su instrumento ante la violencia con la que ataca los tambores. “Are you gonna break all the stools?”, le espeta el cantante entre risas cómplices, y tocan “Going Out”,”Grace” y “St. Petersburg” seguidas, dando tiempo a los parches a que se recuperen del castigo para la dupla final que los devuelve al principio con las dos canciones más grandes escritas por el trío de Oxford: “Allright” y “Pumping on Your Stereo”. Como si no hubieran pasado los años.

Supergrass

Quienes querían un gran concierto de rock de estadio lo tuvieron con el abarrotado espectáculo de The Killers. Brandon Flowers se movía infinito en el escenario cuando dieron el pistoletazo con “When You Were Young”. Le acompañaban la imparable batería de Vannuci Jr, la lúcida guitarra de Keuning y el potente trío de coristas, que lucieron en temas como “Jenny Was a Friend of Mine” o una épica y brillante “Shot At The Night”. Flowers sonreía mientras afianzaba y ganaba acólitos y se desplegaba un cartel de “Welcome to Las Vegas” para dar la bienvenida a el agitado estribillo de “Somebody Told Me”. El blanco y negro de las pantallas cambiaba a un morado psicodélico para la mítica “Read My Mind” y la huida en carretera de “Runaways”. Faltaban los esperados ases. La banda se extendió en el heroísmo de “All These Things That I’ve Done” y dejó para el final la constelación de “Spaceman” y las bombas de “Human” y “Mr. Brightside”. Esta última con un amago casi cruel de versión descafeinada que enseguida disiparon tocándola a la vieja usanza. Los de Las Vegas ofrecieron lo que se esperaba de ellos, un concierto de rock n’ roll con la imprescindible entrega de toda la vida junto con el despliegue de los mejores medios actuales.

The Killers

La expectación ante la presencia de la cuadrilla conocida como Chill Mafia era evidente en el escenario Txiki mientras prueban voces y Suneo afina el Auto-Tune. El “Wild” de J Dilla servía de intro y anticipaba a su vez lo que íbamos a presenciar sobre las tablas. Empiezan jugando a que el M es “KOLAKAO” y son tan evidentes los nervios ante la plaza que afrontan, como la seriedad con la que han preparado un show tan relevante. “Kultura gozatzeko ginen jaio”. Recurren a su “Viejo Amigo” y Ben Yart se erige en trovador de las bajeras, más de barrio que un columpio en lo que ya es un clásico del emotrap. Le cantan al “Congelador” y la esquizofrenia de “Me Kede Kedau” resulta en el personal pidiendo a gritos un “Mañaneo” que llegará a su debido tiempo. Antes Kiliki y Flako se ponen vieja-escuela y vuelven al pasado con un tema de “Tabako Mixtape” que no entra como debe, y resuelto el nerviosismo generado tirando de pull-ups y de las tablas de Sara Goxua, todo queda en anécdota y en sucesión de skits acordes al género. Se sueltan cantando emocionados “Agur Xiberua”, viendo que la explanada está abarrotada mientras The Killers encabezan a la masa.. Irene hace su primera aparición para “Písame la Cara”, pero es en “Rancancan” (“cuidaó con ésta”) donde brilla de verdad junto a La Neni, poniendo a perrear a unas 2.000 personas y haciendo que su séquito y ellas mismas se dejen llevar por la locura colectiva. “Parece un tiroteo”. “¿Dónde está Benito?” preguntan desde un abarrotado escenario mientras da de beber de una botella de vodka a las primeras filas. “Barriobajero” sí, pero no exento de un talento evidente en los pogos que suscita “No Se K Me Pasa” o recitando versos con su cara pintada de colores. La familia crece y HOFE se suma para su propio “2 Esku 2 Laban”, y Rem Zelak pone hardcore rap a un “Barkhatu” que parece venir de unos Wu-Tang Clan de Errotxapea. Beñat aúlla “¡más ruidiko peña, que nos vamos!”, y todo su entourage se une de farra al grupo para superpoblar las tablas en ese clásico atemporal que ya es “30914”. Consolidados.

La explosión de ritmos y color llegó con Bomba Estéreo. El grupo conocía bien el BBK Live después de su brillante actuación en el año 2018 y hasta repitieron escenario. El supercarisma de Li Saumet y los tambores y ritmos afrolatinos entraban como la seda en un público que viajaba a las playas del Caribe en “Somos Dos” o hacía corazones con las manos mientras bailaba en “To My Love”. También hubo tiempo para la reivindicación de una mejor Colombia en “Tierra”. “Vamos a bailar”, insistía Li a una audiencia que no se podía resistir al crisol de ritmos alegres que incluyen reminiscencias techno, cumbia colombiana o violines. Todo el mundo disfrutaba y la solista se declaraba “fan del País Vasco”. Incluso apareció la voz grabada de Bad Bunny en una “Ojitos Lindos” que promete ser una de las canciones del verano. Un chute de alegría y colores vivos colombianos en el verde de Kobetas.

Con Stromae llegó el espectáculo más impresionante que jamás haya pasado por las laderas de Kobetamendi. Nadie, ni siquiera sus expectantes fans de acento afrancesado en su mayoría, se esperaba lo que iba a acontecer una vez la pantalla detrás del escenario empezó a mostrar lo que bien podría ser un corto de la factoría Pixar. Un alter ego del propio artista (con aires al Frozono de Los Increíbles) serviría de hilo conductor de la historia a desarrollar. Al frente, cuatro consolas de mando como salidas de la mente de Lasseter, para cuatro clones vestidos de idéntico chándal, camisa de chorreras y gorro de jockey. El músico belga hace aparición ataviado de la misma manera, pero con los dos característicos moños coronando su testa, y da comienzo la magia del musical. “Invaincu” suena a Rey León no lejos de La Catedral, y los kits de percusión de las consolas se vuelven tambores africanos frente a los colores de la sabana que emanan las pantallas. Un atril microfonado trasladado por dos clones más (empiezan a parecer Minions) pone a Van Have frente a una imaginaria UE para declararnos “Fils de joie” mientras seguimos con la boca abierta. Multiculturalidad absoluta, brazos flamenco en alto y ejércitos multinacionales danzando hermanados en las animaciones. “Tous les mêmes”. Un “gabon!” precede el chanson-hop que a ratos parece salido de la Motown al otro lado del Atlántico, y a otros, una mezcla entre Antony y Gainsbourg susurrando un trap narcótico a nuestros oídos como Massive Attack. El artista total. Se sube a un sillón móvil que discurre por raíles en “Bonne journée”, al igual que se mueve la humanidad superviviente en Wall-E, y ya se siente como en casa en Bilbao. New Orleans, “Swordfishtrombones”, y mil mezcolanzas más para el delirio global de “Papaoutai”, mientras su avatar detrás pasa del pesimismo bajo la lluvia a la alegría de unos brazos mecánicos bailarines, y bailamos “Ta fête” con la libertad de estar en una discoteca al aire libre. “Formidable”, no hay otra palabra para lo que estamos presenciando, y un perro robot termina por hacernos estallar la cabeza ante el espectáculo que se desarrolla ante nuestros ojos. “L'enfer” pone el dance Y2K y “Santé” viaja hasta latinoamérica, desatando una ovación que tardará en dejar de resonar en Kobetas que desemboca en una concesión a los bises y al baile con “Alors on danse”, antes de callar a 50.000 almas para un “Mon Amour” a cinco voces a capella que puso a la platea en pie en un estallido de aplausos. Imperial.

Stromae

Bicep ofrecerían un LIVE de libro en San Miguel para terminar la jornada, y es que no se puede esperar menos de cualquiera que venga con el sello de calidad Ninja Tune. Situados al fondo del escenario, distantes hasta el punto de no permitir fotos ni siquiera con móviles, y parapetados tras seis robots láser, disponían todo su arsenal en una plataforma con ruedas que no llegó a moverse en todo el set; al contrario que los amantes de la electrónica que habían abandonado Basoa para adentrarse en las capas que construye el dúo a base de bits de sonido, y bits en unas proyecciones que iban ganando complejidad en sus animaciones a la vez que avanzaba la secuencia de Fibonacci que desarrollaban a través de sus aparatos. Construir y deconstruir durante más de una hora, con bytes a modo de ladrillos para levantar un refugio nocturno en medio del monte y descansar en él hasta el día siguiente. Despedida y cierre ideales para afrontar la última jornada.

Sábado 9 de julio 

El día final daba comienzo con el rock sin concesiones de los gipuzkoarras Ezpalak. En un ambiente familiar y reuniendo toda la gente posible bajo la sombra del escenario San Miguel dado el insoportable bochorno reinante, acometian la papeleta con Estanis Mr. Máster a los mandos de la mesa y, sorprendentemente, sin tarima para la batería. Poco les importa eso a los de Zestoa, y salen a morder como siempre hacen sin importar la plaza. Juanjo se come el escenario como acostumbra, con el pie de micro como pareja de baile en la inicial “Denbora”, con un puente que recuerda a los Placebo que les precedieron el jueves en esas mismas tablas. “Denborak ez gaitzala harrapatu”, e imprimen una marcha más para ajustarse a su spot. Se reivindican con “Hauxe naiz ni” y anuncian “el primer baile” para hacernos prometer que lo echaremos. Nos volvemos “Banpiroak” por un momento bajo un sol de justicia, y hacemos breakdance con el ergatibo en una mirada atrás a su primera canción, “Ertza”, para la cual Juanjo pide un piti que le lanza su hermana Jaione mientras rezamos para no morir por el camino. “Ez naiz ezer mina kentzen badidate”. Para cuando terminan, el respetable ronda las 200 personas y ninguna de ellas se va de balde. “It’s only rock’n’roll, but I like it”.

Cariño reúnen a una cantidad sorprendente de público para dar comienzo a las actuaciones de Nagusia. Sorprendente porque, para ser un grupo formado por chicas gen Z, encontramos una audiencia mayoritariamente mayor que su target; y porque, dado que el escenario no proporcionaba sombra más allá de la lejana torre de luz y sonido, soportar la calorina reinante suponía un esfuerzo sobrehumano. Sin embargo, el pop punk del trío resulta muy disfrutable, a medio camino entre Los Fresones Rebeldes y Nosoträsh con ese deje naïf que en su época dimos en llamar “tontipop”. Ni un pelo de tontas en unas melodías que resultan difíciles de sacar de la cabeza, un descaro en las letras impropio de su edad, y una frescura y actitud riot grrrls que resultan en una propuesta ciertamente irresistible, a pesar de tenerlo casi todo en contra para salir victoriosas. Punk con acento en el pop, como unos Blink 182 con Avril Lavigne al frente, cerrando los ojos apenas podías percibir que las baterías suenan disparadas, y el fandom presente corea a gritos cada canción de un repertorio centrado en su último disco homónimo, resultando la actuación en una suerte de mini-Lori Meyers que devuelven la frescura que el indie necesita desesperadamente. “Si sale el sol, lo quemamos” cantan en “Modo Avión”, y a fe mía que casi lo logran.

WOS se encargó de abrir la jornada en el escenario Txiki con unos 20 minutos de retraso debido, según deducimos, a una fuga de agua que hubo en los servicios contiguos y que necesitaron de diversos operarios para secar la zona de debajo del escenario y parte de las primeras filas donde se encontraba un público impaciente. El artista argentino era (y es) uno de los más destacados freestylers de habla hispana, llegando a la cima en 2018 al convertirse en campeón de la batalla internacional de Red Bull. Poco tiempo después se enfocó exclusivamente en su carrera musical, y ya ha dejado dos discos para felicidad de su legión de fans de ambos lados del charco. Con una banda “rockera” formada por batería, bajo, guitarra y teclado, fue dejando en poco más de 35 minutos algunos de sus temas destacados. No faltó una pieza al estilo RATM en lo musical para mostrar su destreza improvisando. Sonaron de un tirón desde la reivindicativa en formato acústico “Arráncamelo”, el rap rock de “Canguro” o la melosa “Alma dinamita”, hasta “Púrpura” ya como cierre, con grupo y público saltando al unísono.

WOS

El impecable Sen Senra sigue dando pasitos a la cima con su cuidada producción y voz aniñada. Muchos tenían apuntado en rojo que a las 19:20 del sábado actuaba en el escenario San Miguel, y el gallego estuvo a la altura. Ofreció un show que navegó entre el R’n’B y el pop, pero que intercaló bien elementos hip-hop o soul. Rezumaron elegancia temas como “Globo”, “Perfecto” o “Nada y Nadie”. Al final, se calzó la eléctrica para el muy coreado medio tiempo de “Ya No Te Hago Falta”.

Al mismo tiempo en el escenario Invernadero (AKA Beefeater), VVV(Trippin’you) daban rienda suelta a su neobakalao con la atemporal “Nadie es Leal” y sus cuatro tiros en la mesa del apartamento. “Esto es VVV, os queremos mucho”. Sin backline al igual que Depresión el viernes, el tamaño de la plaza resulta más manejable, y para la segunda “Ya No Tienes Miedo”, pierden el mismo y suenan como suelen hacerlo en una sala. Entre 100 y 150 personas presencian al trío madrileño, entre ellas la Chillma casi al completo, Juanjo Ezpalak, y los sospechosos habituales en estos saraos. De noche, y a media tarde, todos los gatos son pardos. Disparan a matar en “L'ennui” a pleno sol, con premeditación y alevosía, y “Amianto” nos lleva a la ciudad eterna por las carreteras fluorescentes de Fasenuova. “Crisis Existencial” justifica nuestra existencia mientras nos entregamos a los bailes perdidos. Bailamos, luego existimos. Evitamos el “Siroco” con más fuego, y el respetable ya supera el doble que al comienzo. “Hasta que caigamos muertas”. Evitamos un “Ataque de Pánico en la Sierra” sin control. “Eres como yo, pero mañana”. Mañana será otro día, otro día igual, sólo importa el ahora y lo llenan con caos, teclados new wave, bajos post-punk, drum’n’bass y barracas. El polígono elevado a arte.

Rigoberta Bandini

Había ganas de Rigoberta Bandini entre muchas de las asistentes al festival. La teatral barcelonesa se mueve muy bien en el escenario y tiene facilidad para conectar con el público; sus bien pensados himnos hacen el resto. Rompió con ritmos de toques ochenteros, coreografías estilosas del equipo de baile y una cuidada puesta en escena que evolucionaba con el show. Hubo sorpresa con la aparición de Amaia en la nueva “Así Bailaba”, y hasta apareció Julio Iglesias en el tema homónimo. La gente botó a tope con “A Ver Qué Pasa”, que fusionaron con el “Lalala” de Massiel y sonrió con una anécdota de Esteban (miembro de VengaMonjas y teclado del grupo) en el Cotton Club de Bilbao. En “Perra” Rigoberta se quitaba la falda de colegiala ante un público que vibraba y enfilaba el punch final. El exitazo de “Ay Mamá” fue una apoteosis con las tetas fuera. “Too Many Drugs” cerró la fiesta por todo lo alto.

BADBADNOTGOOD eran una de las joyas que ocultaba el cartel del festival, y el cuarteto canadiense estuvo más que a la altura de su estatus de “grupo de culto”. “Signal From the Noise” pone de manifiesto que en Canadá Rush deben de ser asignatura obligatoria en los colegios, y con una atípica formación (batería mirando a los teclados, ambos de lado al público, bajo, y un saxo tenor/guitarrista que espera sereno para intervenir según la necesidad) dan rienda suelta a ese prog jazz que ejecutan con la maestría del legendario trío canadiense. Encontrarnos con jazz en la programación de un festi de este tamaño, a estas horas de la tarde noche, es todo un triunfo en sí mismo, pero no se conforman con eso y su batería nos llama al baile a las cientos de personas que concitan al tiempo que Bandini. “Get loose, that's why we are here”. Neil Peart (DEP) en la memoria al ver volar las baquetas en un género habitual de los clubes, pero no tanto de los de baile. El teclista bascula entre Yes y The Doors cada vez que presiona las teclas, y resultan en unos King Crimson sin la tiranía de Fripp. Presionan siempre la tecla correcta y dudamos sobre cuánta improvisación hay detrás de las baquetas a modo de batuta de Sowinski y Cía. “Music for Airports” podría servir de referencia a compases, y continuamente van dejando algo de Eno por el transitar de su repertorio, ya sea en un solo de guitarra y pedales, o en las varillas que acarician los parches mientras el spoken-word nos incita a flotar como Loop. Bossa nova para demostrar que el jazz es la verdadera world music, un esperanto que no conoce fronteras, como tampoco las conoce el talento que derrochan, ora en forma de un hip-hop polifacético que les da street cred despojados del snobismo inherente al género, ora en forma de disco funk de bola de espejos, con alter egos de Bonham y Manzarek haciendo las veces de una James Brown Band. Exquisitos en todos los aspectos.

Nathy Peluso llegó, sentó su culo sobre Kobetamendi, y allí lo dejó para los restos. Incontestable. Junto a Rigoberta suponía un two-hit combo insuperable, pero con “Célebre” empezó a tomar distancia respecto a su predecesora en el escenario principal. Con un lleno infinitamente mayor que Molko & Co. dos días antes, la diva se nos presentaba con unas ajustadas mallas de una sola pieza, en negro y azul Bilbao. Le sigue “Sana Sana”, y demuestra con bombo clap y boom bap el por qué es uno de los temas de hip-hop más gordos surgidos en la última década, le pese a quien le pese. “Buenos Aires” es la clase del r’n’b en versión porteña, y suena a salsa y Santana en “Puro Veneno”. Puro goce. En tradición con los primeros MCs, deja que su banda se luzca con solos de saxo y teclados, transmutada en Celia Cruz presentando Soul Train en Copacabana. Abandona la vanguardia para subir a lo alto de la plataforma tras sus músicos y dejar que un cañón de luz haga del contraluz de sus caderas la pista central del show, y nos convierte a su religión con el “Ahora Creo” que parió junto a C Tangana para el primer momento karaoke de un set impepinable. Pasa de “Mafiosa” a perra curvilínea y elocuente y pone pollas tiesas y pezones erectos en su sesión nº 36 con Bizarrap, con una base que sirve de homenaje al género en todas sus facetas, de Dr. Dre al horrorcore. Las tres Destiny’s Child en una sola perra en POV, ya sea GoPro o steadycam, en verde o rojo, ofrece un “Delito” de derroche físico sin pausa (se permite incluso saltar a la comba), como una Jennifer Beals argentina que clava su audición, una “Business Woman” poderosa como Sigourney Weaver en Armas de Mujer con “Corashe” para exportar. Nos deja con “Vivir así es morir de amor” de Camilo Sesto y con la necesidad de volver a revivir lo presenciado. Reina absoluta de la jornada.

Nathy Peluso

Pet Shop Boys reunían tanta gente sin que la presente en la explanada contigua se hubiera movido todavía, que, dadas las escasas fuerzas restantes a estas alturas, decidimos disfrutar del concierto desde la carpa de prensa a través de la estupenda realización proporcionada por Extremiana. Los colores de la bandera de Ucrania presidían un escenario en que dos farolas a cada lado aportaban la luz a la presencia de Tennant y un Lowe caracterizado cual Chimo Bayo. Sorprendentemente, las jóvenes hordas de la Peluso decidieron hacer una pausa para cenar, y el pop electrónico de los ingleses quedó un tanto deslucido en compañía de un “escaso” respetable que rondaba su edad y pertenecía mayoritariamente al colectivo LGTBIQ+. Lo que se presumía un baño de masas, se quedó en una suerte de nostálgico crucero a una Ibiza que ya no es, y poco lugar hubo a la sorpresa después de la aparición de una banda completa tras la inicial “Suburbia” y su sample de la sintonía de Alf. Consiguen virar el timón con una versión del “Where the Streets Have No Name” de U2 que llama a la curiosidad superando al hambre, y la cubierta del respetable comienza a llenarse respetablemente. A “Rent” le faltan nudos para ponerse a toda máquina, y “I Don't Know What You Want but I Can't Give It Any More” sube un poco la velocidad sin llegar a marearnos. “So Hard”. Las covers vienen a maquillar un resultado que los cambios de gabardinas british con Doc Marten’s de plataforma blanca onda Matrix, y unos visuales descafeinados como un té aguado no logran disimular, y “Losing My Mind” + “You Were Always on My Mind” llevan nuestra mente a lugares mejores. “Dreamland” resulta una brisa marina gracias a la frescura de la colaboración de Years & Years en su versión original, y “Hearts” pone corazón para una nueva (y reiterativa) versión de Sterling Void, la del vídeo de los bebés. “Go West” ya es tan suya que ni la consideramos versionada de Village People, y les ayuda a terminar por todo lo alto junto a “It’s a Sin”, antes de volver para dos bises muy acertados, “West End Girls” en lo musical y “Being Boring” en su nomenclatura. Nada que conservar en el baúl de los recuerdos.

Joy Crookes fue una de las mejores sorpresas del festival. Produce una tremenda satisfacción comprobar lo vivo que está el soul en voces como la de la inglesa de origen irlandés-bangladesí. La cantante se metió al público en el bolsillo con un castellano más que digno, y sobre todo con una voz soulera preciosa que abrigó a los presentes en el Beefeater. Mucha personalidad al servicio de canciones como “Trouble”, la balada “Don´t Let Me Down” o la crítica al gobierno británico de “Kingdom”. También hubo un hueco para una versión de Kendrick Lamar. El hitazo “Feet Don´t Fail Me Now” entró tan bien como se esperaba, así como los aires retro de “When You Were Mine”. El futuro del soul ya está aquí.

Carolina Durante tenía un hueso con Pet Shop Boys tocando a la misma hora, pero la banda madrileña tiene una buena remesa de fieles acólitos que le dieron un llenazo casi inédito al escenario Txikia. “Tenemos más amigas en Bilbao que Pet Shop Boys”, presumieron. El frontman Diego Ibañez lo dio todo, como siempre, a pesar de una cojera que le impidió saltar al ritmo habitual. A destacar más allá de los platos fuertes finales, lo bien que sonaron “Las Canciones de Juanita” y la versión de “Espacio Vacío”, su colaboración con El Mató A un Policía Motorizado. Las letras directas y generacionales de “Urbanita”, “Joder, no sé” y la cantadísima “Perdona (Ahora sí que sí)” fueron lo más destacado en la antesala de la explosión de “Cayetano”, que no solo cantaron los más fieles.

M.I.A. era uno de los últimos platos más apetecibles del festival, por su relevancia como artista multifacética femenina y por el exotismo de su propuesta. Se presentó con futurismo en las pantallas, una cruz omnipresente y ataviada de fosforito en conjunto con su equipo de baile. La rapera ofreció un show frenético en el que cupieron reivindicaciones de girl power en temazos como “Bad Girls”. Aunque lo que todo el mundo esperaba eran los disparos de “Paper Planes”; aparecieron al final para contentar a un público algo frío con otros temas, pero que disfrutó a lo grande de una pieza ya mítica que cumple quince años. De cualquier manera, una propuesta única que no nos podíamos perder.

Teniendo a la Matangi solapando a todo su público potencial, lo de Erik Urano (y Zar1) en el escenario Firestone fue un triunfo en toda regla. Con los subgraves al once, dan rienda suelta a la distopía de “Neovalladolor” a base de dembow y scratches en “Cosmonáutica”. Zar1 pilota la nave mientras Erik burbujea y nos lleva hasta el techo. DEEP beats. Nos da las gracias por nuestra elección frente a la fuerza reinante en San Miguel. Sentado como Dizzie Ras, suelta “Neo Vdo”, y el GoreTex empieza a ser necesario para no empaparnos en sudor. Nos calzamos el “Balaclava”, verde camo, noche gris, pieles rojas, y black tracksuits; y compramos de la droga digital que nos ofrece el dúo en “No I.D.”, con nuestras suelas siempre en la misma baldosa, non-stop footwork sobre las tablas del garaje transformado en UFO. Vuelan “Drones” como volamos las cerca de 200 personas fieles al profeta de los ojos rojos, como “Gorriones” bajo luz de LEDs, rodeados de bad cops y bad mans. Perreo subatómico a nivel “Molecular”, mientras Zar1 deconstruye los átomos dejados por Merca Bae con sus CDJs y Monotron, tirando de técnica y trucos de la vieja escuela (la única) para reconstruirlos con nuevas formas. “Yo no perreo, yo gorrioneo”, y aleteamos esquivando el rojo Kaneda que cubre Neo-Kobetas. Pull-up selektor y destrozan “Choca” a base de scratchings más viejos que el fuego (fuego), confirmando que las divergencias nos hacen converger. Quema su parte en “Capsule” y poco nos queda que quemar a quienes llevamos desde el jueves al pie del cañón, abre nuestras jaulas, cuida nuestras alas, y nos deja volar. Se harán canciones sobre este viaje, pero antes de partir en vuelo triste, tiran abajo la cuarta pared con un sample del “Ruptura” de TAB, sucio y oscuro como el original de Big Black, y nos deja un consejo festivalero antes de partir: “uno entero mejor que dos medios”. Una pequeña gran victoria.

J Balvin vino a Bilbao a reivindicarse, y no sabemos todavía si lo logró del todo. Frente al empuje de artistas que han crecido posteriormente a él, y en este caso de mujeres como Rigoberta y Nathy, su extenso repertorio se resintió por monótono y falto de la garra que les sobra a las féminas. Tras una cuenta atrás a fogonazos, hace un llamamiento a “Mi Gente” para comenzar, y vaya si responden a la llamada. El reggaeton lleva años inundando la industria musical, y como uno de sus mayores exponentes, lo demuestra generando desde el primer golpe de bombo una marea danzante formada por esa misma gente a la que apela. Se proclama orgulloso de su origen colombiano y saca pecho por haber logrado hacer del género cabeza de cartel de un festival después de quince años. “China” y la propia “Reaggeton” refrendan tamaña afirmación, y la planicie lo lleva hasta el suelo mientras el cuerpo de baile que acompaña al de Medellín prende fuego al escenario secundadas por visuales en llamas. Seguramente su intención era que no quedase una brizna de hierba sin arder en Kobetas, pero tras soltar la tripleta “Bonita”, “X” y “Con Altura”, su colaboración junto a la idolatrada Rosalía, el concierto perdió enteros y, además de las bailarinas y las proyecciones, desapareció también esa conexión que había generado con el respetable. “Lo que yo hago dura”, canta la catalana con su voz pregrabada, pero poco ha durado la alegría en casa del pobre, y Balvin se pasea sin criterio por el escenario, con un setlist a todas luces demasiado extenso (hasta ¡27! canciones) y manteniendo el perreo sólo entre el núcleo duro que poblaba el área más cercana a las vallas frente al escenario. Con su voz disparada también junto a las bases, se dedica a cantar un par de palabras sobre ellas para ofrecer el micro al público y encontrar mayoritariamente silencio. Su reaggeton ha quedado un tanto desfasado, un tanto quiero y no puedo, y el género le ha adelantado por la derecha explorando sus propios límites (“Don’t Play” de Turnstile podría servir como ejemplo de ello) mientras él se ha quedado estancado en lo más básico de un ritmo básicamente monocorde. Ni el bloque Bad Bunny central salva los muebles, y solamente con “Ginza” y el “I Like It” de Cardi B devuelven el perreo a niveles delictivos, acabando con un “In Da Getto” que no se cree ni J con todo lo amasado con sus producciones. Cría fama y échate a dormir.

J Balvin

Teníamos muchas ganas y curiosidad por ver a Slowthai sobre el escenario, una de las joyas del crime británico. Y vaya si no decepcionó. Puso a bailar a todos los asistentes con pelotazos como “Cancelled”, “45 Smoke” “Inglorious“,  o “Doorman”, ya con todo el público alborotado como si de un concierto punk se tratara.

Kieran Hebden, o lo que es lo mismo, Four Tet, cerraba el escenario secundario hasta el año que viene con un repaso inconmensurable a toda la electrónica salida de UK en los últimos 25 años. Si en un principio me pareció que debería ser una actuación para Basoa, tiene todo el sentido que la organización quisiera elevar la propuesta y ponerla al nivel de todo lo visto pasar por el San Miguel y escenarios análogos. Un escenario, un DJ, y toneladas de música: del house al techno, del 2step al UK garage, del dubstep al d’n’b, jugando con los BPMs a su antojo para mantenernos en vilo/en baile hasta la traca final, en la que la locura que salía de los altavoces transformó Kobetamendi en una rave de polígono industrial tras la cual partir en busca de droga similar por las carpas aún en funcionamiento.

Mientras nos dejábamos llevar por el baile electrónico, en Beefeater las Peaches dejaban a Rigoberta Bandini a la altura de Macarena Olona en lo que a reivindicar se refiere. Con una puesta en escena punqueer y actitud synth de guerrilla, se comieron el escenario y resultaron una de las actuaciones más comentadas del festival, con bailarines completamente desnudos simulando posturas sexuales de todo tipo (con el hombre siempre en sumisión) y las componentes de la banda en topless como en un peep show punk. Musicalmente cercanas al glam ochentero apunkarrado british style (llegaron a tocar varias canciones solamente con la batería como instrumentación ante el jolgorio presente), reivindicaron las mujeres, las vaginas (con máscaras tiki en forma de coños peludos gigantes), el embarazo (con bustos grotescos atados al abdomen a modo de barriga)... y se fueron sin dejar ningún frente sin cubrir con sus proclamas, ni títere con cabeza bajo el toldo triangular. ¿Nathy quién?

Terminamos agotando la poca energía restante en esa misma plaza con Romy (The XX) y su repaso a todo el dance de los 90 que nos vio crecer en nuestra adolescencia (una gozada bailar de nostalgia con ella y el buen rollo que se respiraba en la carpa) para acabar con John Talabot en Basoa, un escenario que ya ha hecho suyo, y del cierre del festival a su cargo, una tradición a mantener. Difícil encontrar un músico con tanta clase y saber hacer para esas lides, fue desarrollando una sesión en progresión durante sus cuatro horas al frente, para acabar en éxtasis con los primeros rayos del sol reflejándose en la bola de espejos que preside el bosque y en las pupilas presentes. El año que viene, más y mejor.

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