Después de un exitoso debut, Aiara Fest apuntó en los días 29 y 30 de mayo su segunda edición en Amurrio y consolidó su apuesta por la diversidad estilística y por un formato de tamaño medio capaz de atraer a públicos muy distintos. Con una programación bien diseñada y emplazado en un entorno natural fantástico, el festival reunió durante dos jornadas propuestas que transitaron del metal al reggae, de la electrónica a la canción de raíz y del rock urbano a la rumba o al ska balcánico. Demostró de nuevo que la convivencia entre estilos es una de sus principales fortalezas.
La primera jornada arrancó con Mirua, encargadas de abrir un recinto todavía por abarrotar pero poblado por los más madrugadores. La banda vasca desplegó una propuesta donde conviven electrónica, instrumentos tradicionales (extra de lata de aceite en la percusión) y pop contemporáneo, alternando samplers, trikitixa y violín. Entre brindis con txakoli sobre el escenario y referencias a Palestina remataron el concierto con una pieza coral en la que compartieron voces e instrumentos.
En el escenario del Refor, Niña Coyote eta Chico Tornado protagonizaron una de las actuaciones más cualitativas del viernes. El dúo donostiarra convirtió su bolo en un espejo de precisión sonora y complicidad escénica. Intercambiaron miradas y sonrisas mientras surfeaban el doom, el punk y el rock pesado. El público respondió con headbangings constantes. Clásicos como “Niña Coyote eta Chico Tornado” convivieron con composiciones más recientes como “Trash”, cuyo estribillo («todo es basura») condensó buena parte de la energía de la actuación. Sobra decirlo pero en el Aiara la banda confirmó por qué es una de las propuestas musicales más sólidas del panorama estatal.
Con el recinto mucho más concurrido llegó el turno de Sanguijuelas del Guadiana. Los extremeños tardaron apenas unos minutos en convertir el concierto en una celebración colectiva. Frente a una escenografía que recreaba la cochera donde ensayan habitualmente, varias banderas extremeñas ondearon entre un público que recibió "100 amapolas" y "Mi Estremaúra" como auténticos himnos entre wall of deads y performances varias. Referencias a la amistad, al fracaso cotidiano y a la identidad periférica y al Robe. La banda demostró que gran parte de su fuerza reside en la capacidad para transformar experiencias comunes en canciones que la gente siente como propias.

También dejó buenas sensaciones Sobrezero. Los navarros ofrecieron uno de los repertorios más variados de la jornada, transitando con naturalidad entre el rock alternativo, el funk y el rap. Temas como "Quién me ha robado el 2020" y "Todo tiembla" sirvieron para presentar una propuesta cargada de energía y reflexión a partes iguales. Hubo incluso espacio para otro guiño a Robe con unos versos de "Si te vas", uno de los momentos más celebrados del concierto.
La noche fue ganando intensidad con Su Ta Gar, una auténtica institución para varias generaciones de aficionados al metal vasco. El público respondió desde el primer momento a clásicos como "Nazka", coreó canciones y persiguió cada aceleración de una banda que continúa exhibiendo una maquinaria instrumental impecable. El doble bombo, los punteos imposibles y una fidelidad absoluta de sus seguidores marcaron una actuación tan celebrada como extensa, congregando por igual a veteranos seguidores y a familias enteras que cantaban las canciones desde las primeras filas. Por supuesto, no faltaron algunos de los grandes clásicos incluidos en su álbum de debut, “Jaiotze Basatia", publicado hace ya 35 años y que la banda está homenajeando.
Tras semejante descarga, Süne aportó un contraste radical. Su propuesta, basada en la fusión entre electrónica y música tradicional vasca, trasladó al público a un territorio mucho más atmosférico donde convivieron sintetizadores, trikitixa y melodías de raíz. La reinterpretación de "Freed From Desire" de Gala y el cierre con " Kantauri" elevaron una actuación que apostó por caminos muy diferentes a los de la mayoría del cartel.
La jornada concluyó con Biznaga que demostró por qué atraviesa uno de los mejores momentos de su carrera. Temas como "Mi generación", "Mediocridad y confort" o "Chicos acelerados" sirvieron para recorrer un repertorio cargado de contenido social y mirada crítica. Vivienda, salud mental, precariedad o amistad convertidos en canciones directas y cercanas dirigidas a un público que pese a las horas acumuladas, respondió hasta el final y acompañó unas canciones que convierten las preocupaciones cotidianas en pequeños himnos generacionales.

Como epílogo de ambas jornadas, Sr. Lobezno tomó el relevo desde el escenario principal. Habitual de clubes y festivales desde los años noventa, el DJ prolongó la actividad del recinto con una selección tan abierta como festiva, manteniendo a buena parte del público en movimiento una vez concluyeron los conciertos.
La lluvia amenazó durante la segunda jornada, aunque finalmente apenas alteró el desarrollo de una tarde que comenzó con muchos asistentes equipados con tapones para los oídos tras la intensidad sonora de la víspera. Sobre el escenario, Gwa Ya fueron los encargados de abrir fuego con una sesión de reggae clásico tan relajada como efectiva. Temas como “Pull Up” y una celebrada versión de “Exodus” generaron una atmósfera cálida y familiar que conectó rápidamente con el público.
Uno de los grandes triunfadores del sábado fue El Jose. El granadino firmó una actuación que mezcló rumba, rock urbano, canción de autor y espíritu festivo con absoluta naturalidad. Desde los primeros compases, posicionándose simbólicamente «del lado de las brujas», desplegó un repertorio donde la mirada hacia las mujeres se alejaba de la equidistancia para apostar por la empatía y la complicidad. "Problemas" confirmó la facilidad del de Graná para combinar reflexión y celebración, mientras que las continuas referencias al sur, las bromas de cervezas entre canciones y una puesta en escena muy acogedora terminaron conquistando a un público que respondió con coros, bailes y peticiones de bises.
Janus Lester cambió el registro con una propuesta más emocional e introspectiva. Arropado por una cuidada sección de vientos y por la complicidad de la teclista Garazi en varios momentos del concierto, el músico vasco defendió canciones como "Dap Dap" o "Kilometroak" ante un público que llenó de manera progresiva la explanada principal. Menos orientado al baile que otras propuestas del cartel, su concierto encontró igualmente una conexión evidente con quienes conocían al detalle cada letra.
Javi Medina mantuvo la presencia del mestizaje mediante una combinación de flamenco pop, rock urbano y canción romántica. Entre ritmos de rumba y momentos más intimistas, el madrileño encontró en un banco de parque el eje visual de una actuación que conectó con el imaginario de barrio presente en buena parte de su repertorio.
La catarsis definitiva de la jornada llegó con Dubioza Kolektiv. Los bosnios ofrecieron uno de los conciertos más divertidos y participativos de todo el festival. Convirtieron la explanada en una auténtica fiesta colectiva. "Balkan Boys" sonó entre mensajes en varios idiomas, coreografías improvisadas y constantes invitaciones a bailar, incluyendo un guiño al público euskaldun cuando la banda llamó a todas las neskak a reunirse frente al escenario para protagonizar uno de los momentos más celebrados de la noche, el pogo. Su mezcla de ska, punk, electrónica y música balcánica consiguió que prácticamente todo el recinto terminara saltando al unísono.

Merina Gris tomó el relevo con una de las propuestas visualmente más ambiciosas de las dos jornadas. Luces, máscaras, sintetizadores y estética futurista para construir una atmósfera muy personal donde convivieron euskera y castellano, melodías pop y electrónica de abstracción contemporánea. El juego de voces, la constante transformación de los timbres y una puesta en escena de inspiración casi alienígena convirtieron su actuación en uno de los ejercicios de personalidad más marcados del cartel, un cambio de registro que el público recibió con curiosidad y atención mientras la luna llena se abría paso sobre el recinto.
La Pegatina fue la encargada de cerrar los conciertos del festival y volvió a demostrar por qué es una apuesta segura para cualquier gran evento. Los catalanes desplegaron una producción visual muy fina y una sucesión constante de himnos festivaleros s donde tuvieron cabida temas como "Candela" y "Olivia", además de guiños inesperados a Blink-182 y Los Chichos integrados en su repertorio. Coreografías, plataformas móviles, juegos de cámara y una energía inagotable permitieron despedir el fin de semana con miles de personas bailando frente al escenario principal antes de que Sr. Lobezno prolongara la celebración desde la cabina.
Aiara Fest volvió así a demostrar su capacidad para reunir generaciones, estilos y sensibilidades muy distintas alrededor de la música en directo. Del metal de Su Ta Gar a la electrónica de Merina Gris, pasando por el rock de Biznaga, la raíz de Süne o la fiesta balcánica de Dubioza Kolektiv, el festival ofreció un recorrido amplio y accesible por buena parte de los sonidos que actualmente conviven en la escena estatal. Esta segunda edición reafirma el potencial de crecimiento de un festival que ha encontrado una personalidad propia en el calendario de la programación festivalera vasca.
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