Salieron puntuales al escenario los angelinos Second Still. Ryan a la guitarra, Alex al bajo y Suki a las voces, teclados y bases dejaron claro desde el principio que su sonido emana de la época dorada del post-punk, cuando los sintes y las cajas de ritmo se democratizaron y surgió lo que ahora llamamos coldwave. En la línea de otros revivalistas postmodernos como Nao Katafuchi, el romanticismo robótico que supuraban los primeros singles de Depeche Mode empapa su sonido y melodías. Se agradece la entrega de Suki, que acompaña con su cuerpo el ritmo que energéticamente emana de sus manos, pero sin llegar al histrionismo y la flagelación de John Maus. Las líneas de bajo se meten bajo nuestra piel y las guitarras brillan en olas melódicas undulantes, que a veces culminan en pasajes de feedback ruidoso a lo The Jesus & Mary Chain mientras la machacona caja de ritmo golpea nuestras entrañas sin compasión remitiendo al pop industrial de Liasons Dangereuses, por ejemplo. Si bien es cierto que Siousxie & The Banshees podría ser el referente más claro, en los momentos más roqueros podríamos imaginar a Billy Idol actuando en un afterhours con Bauhaus de banda acompañante. 45 minutos intensos en los que finalmente lograron ganarse a un público que, con su insufrible cháchara, mostró muy poco respeto por los teloneros y los demás espectadores interesados en escuchar su actuación.

Tras media hora de espera, y después de 19 años de su anterior visita a Bilbao, Mark Burgess sale al escenario rodeado de los cuatro músicos que ahora conforman The Chameleons Vox, nombre que adoptaron hace 10 años él y John Lever, el batería original, tristemente fallecido hace dos años, para retomar el material más clásico de su catálogo. A sus 59 años, Mark Burgess se conserva bien, física y vocalmente.

Tras saludar cordialmente y sin más preámbulo anuncia que como estaba anunciado, primero van a tocar íntegramente “Strange times” (1986) que, junto con “Script of the bridge” (1983) y “What does anything mean? basically” (1985) son los discos que les garantizan un sitio, no tan preferente como otras bandas de su misma hornada, en la historia de la explosión post-punk del Manchester de los ochenta. Abordan las canciones de su tercer disco en el orden en el que fueron publicadas. Por lo que comienzan con Mad Jack, demostrando que además lo van a hacer siendo fieles a la producción sonora del álbum y de la época. O de la épica. Tras la poderosa voz de este hermanastro mancuniano de Ray Davies, ruge poderosa la batería del jovencísimo Steve Rice, mientras las guitarras de Chris Oliver y Neil Dwerryhouse se entrelazan teñidas por pedales ochenteros con el delay y el chorus tan afilados como los del Vini Reilly de The Durrutti Column.

En “Caution” se hace patente el lado más teatrero del cantante, en perfecta sintonía con el tema de la canción, la adicción a la heroína, su efecto y consecuencias personales y sociales. Atmosféricos y plenos gracias a esos teclados mate que remiten a The Sound, otros grandes olvidados del post punk británico. En los cinco mágicos minutos en los que transcurre “Tears” se hace más patente que en disco el influjo del Bowie más folkie y psicodélico. Tras este respiro acústico, The Chameleons Vox vuelven a rugir en “Soul in Isolation” (esa palabrita que les ha asociado muy a su pesar con Joy Division a lo largo de su carrera) en la que Burgess intercala unos versos de Eleanor Rigby en su larga coda. Tras ella “Swamp”, el “hit” del disco y posiblemente de su carrera, como demuestran la cantidad de móviles que se alzan en los primeros acordes para inmortalizar el momento. A partir de ese momento la entrega del público es total y la comunión con la banda es casi familiar. La cara B del disco también supone la cara B del concierto. Un pequeño bajón que no parece importar a la mayor parte del público, que no pierde comba de la evolución del grupo hasta la llegada del bis a la hora exacta de empezar el concierto.

A la vuelta al escenario de su breve ausencia la sala les recibe como triunfadores, coreando el estribillo de “Second Skin”, incluida en su primer álbum. Cuando momentos después la interpretan, su letra resume muy bien la sensación de la noche “I realize a miracle is due. I dedicate this melody to you. If this is the stuff dreams are made of No wonder I feel like I’m floating on air”. Tras presentar a la banda, Mark Burgess se despide preguntando cuál creemos que es su banda favorita de Manchester y antes de que alguno se lleve un puño en la cara por gritar Joy Division atacan el “Never Fallen In Love” de Buzzcocks.