El resurgir del guerrero
Conciertos / Black Label Society ...

El resurgir del guerrero

8 / 10
Urko Ansa — 13-03-2018
Empresa — Resurrection Fest
Fecha — 10 marzo, 2018
Sala — Jimmy Jazz Gasteiz, Vitoria-Gasteiz
Fotógrafo — Tom Hagen

Parece que volver con Ozzy le ha sentado bien al gigante de New Jersey: Tras 8 años de ausencia de las filas del Madman la vuelta ha sido por la puerta grande y le ha inyectado un nuevo poder que últimamente se le estaba escapando de las manos. Zakk Wylde ha vuelto a sus andadas, y con 51 tacos a sus espaldas vuelve a ser el poderoso guerrero de antaño.

Eran las 20:00 y con puntualidad saltaban los suecos Monolord para, en media hora, atronarnos con sus crudas y envolventes atmósferas. El trío de Gothenburg nos presentaba su tercer trabajo de estudio, “Rust” –editado en septiembre de 2017- en un ambiente lúgubre y opresivo como buena banda de Doom (y de Stoner) que son. La hegemonía de sonidos graves y densos provoca una reacción incluso física en el oyente, y es un placer ser torturado con esos desarrollos instrumentales donde crean un ambiente e incluso un estado de ánimo hipnótico. El trío formado por Thomas Jäger (guitarra y voz), Esben Willems (batería) y Mika Häkki (bajo) posee un puñado de seguidores en Europa, una selecta minoría que ignoro si la tiene por estos lares. Al menos este día no se notó, aunque había una muy buena entrada incluso a primera hora.

La descarga fue totalmente adictiva para quien esto suscribe. La media hora de que dispusieron se quedó corta, pero fue suficiente para mostrar de lo que son capaces. Con todo, una lona detrás que tapaba la batería de Black Label Society, los pobres Monolord parecían tocar en un almacén o un trastero, con el batería casi en primera fila y los otros dos en sus lados. Solo faltaba que pasara el mecánico con el destornillador o la Fenwick transportando material. La movilidad tampoco parece estar en las preferencias de los suecos, algo por otra parte dentro de lo normal en el estilo. Acortaron algunos temas por problemas de tiempo, por ejemplo la que cerró el concierto, esa maravilla llamada “Empress Rising” del primer disco (2014) que en origen supera los 12 minutos. Y juraría que antes de este tocaron el tema homónimo del último trabajo, “Rust”, donde han dado muestras de evolución, tirando hacia ambientes más sofisticados y tal vez melódicos (coros a lo Alice In Chains), siempre dentro del atronador volumen y frecuencias graves llevadas al límite.

Así, con ganas demás pero satisfechos, nos situamos en espera de la descarga Heavy Metalera por excelencia de Black Label Society, que nos hicieron esperar 45 minutos mirando a la lona que pusieron en nuestras narices. Con la sala llena hasta la bandera, salta la lona hacia las 21:15 y un volumen infernal acompaña a las bocanadas de humo que cubren el escenario. “Genocide Junkies” suena increíble y el principio promete. “Funeral bell” continúa la fiesta aunque comprobamos que el sonido, al menos en las primeras filas, es un tanto difuso y poco compacto. La voz de Zakk tampoco es que se oiga muy nítida. Así, mientras que el sonido general mejoró relativamente pronto, la voz (o más bien su volumen) no lo hizo en la misma proporción. “Suffering overdue” y sobre todo “Bleed for me” (con el tipo de cadencia tan acojonante que posee en disco) quedaron algo desaprovechadas y difusas.

Poco importaba eso en la euforia de las primeras filas: Algo especial se adivinaba encima de las tablas: El gigante de New Jersey ha vuelto, y suyo es el poder y el escenario. Ya en el final de la citada “Bleed for me” se subió a un ampli y golpeó su pecho como un gorila reclamando su territorio, un gesto que repitió unas cuantas veces en el show. “Heart of Darkness”, increíblemente la única concesión a su anterior disco, y sobre todo “Suicide Messiah”, para servidor su mejor tema y su canción más Ozzystyle, movieron increíblemente las primeras filas (ignoro si detrás fue igual) en un ambiente de euforia compartida y camaradería, exceptuando algún incidente aislado. Los seguratas trabajaron de lo lindo advirtiendo una y otra vez al público que sacaba sus móviles para grabar y sacar fotos, de una manera bastante convincente e insistente. Su poder llegaba incluso hasta la cuarta fila. Independientemente de mi opinión acerca del uso abusivo de los malditos móviles, resulta sorprendente la capacidad de persuasión del personal de seguridad.

Siguiendo con la narración del concierto, ya iba siendo hora de darle al nuevo disco, y para ello nos prepararon una tripleta de baladas y/o medios tiempos simplemente deliciosa. El duro Zakk es también un maestro a la hora de soltar el acelerador y mostrar su lado sensible. Cuando adopta ese trono grave que tan bien le sienta, como en “Trampled down below” y la no menos melódica y cautivadora “All that once shined” (esos coros y melodías a lo Alice In Chains -¡otra vez ellos!-) es simplemente imparable. “Room of nightmares”, también del nuevo trabajo, recuperó la fuerza y el poder del estribillo antes de volver a soltar el pedal para un par de piezas de quitarse el sombrero.

En “Bridge to cross”, una maravilla de los viejos tiempos, el casi recién incorporado Dario Lorina (guitarrista rítmico) se sienta al piano y toca una melodía fascinante, además de hacer coros mientras la banda le sigue. En “In this river” es Zakk el que se sienta al piano para regalarnos esa balada tan maravillosa, mientras Dario ocupa la parte central del escenario con su guitarra, parte central que a priori se le queda un poco grande, aunque habrá que dejar pasar el tiempo para que se vaya acomodando a la banda. “The blessed Hellride” es un medio tiempo, como los anteriores, de los viejos tiempos que da paso a otro tema nuevo, “A love unreal” bastante sofisticado como en general todos los del nuevo disco.

Mención aparte a John DeServio, el bajista que casi siempre ha acompañado a Zakk. Desde el primer minuto buscó la interacción con las primeras filas, no paró de sonreír mientras hacía todo tipo de virguerías a las cuerdas de color verde, rojo y blanco. Una auténtica gozada verle acariciar, golpear o rasgar su instrumento. John es un tipo único, a ratos comparable a todo un Marco Mendoza. El clásico “Fire it up” fue todo un espectáculo, con Zakk moviéndose entre el público, incluso en el piso de arriba, al ritmo de su endiablado y larguísimo solo que tocó por detrás de la espalda y en todas las posturas mientras la gente no cabe en sí de gozo. El lanzamiento de púas desde el escenario es otra historia, y uno no puede dejar de sorprenderse al ver a tanta gente buscando por el suelo el tan preciado regalo, mientras se están perdiendo el espectáculo del escenario.

Encaramos la apoteósica recta final con “Concrete jungle” y “Stillborn”, dos cañonazos rompe cuellos que despidieron el show en todo lo alto. 16 temas y casi una hora y tres cuartos de descarga sin piedad, arrebatadora y convincente, algo que no siempre nos ha demostrado el héroe de las seis cuerdas. Zakk ha vuelto y reclama su trono: Ojo con él y con los suyos. Y por si esto fuera poco, está dispuesto a patear unos cuantos traseros junto con Ozzy Osbourne. Long live Zakk!!!

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