El postadolescente que introdujo la música balcánica en el puchero del indie es un tímido incurable. 13 años después del estallido de Gulag Orkestar (2006), Zach Condon responde a los piropos con un “no sé qué decir en estos casos”, y no para de agradecer la entusiasta entrega de un público benevolente que llenó el cubo grande del Kursaal. Lo suyo tiene mucho mérito: tras haber pasado por horas bajas, parece que “Gallipoli” (2019) ha devuelto la fe en un proyecto que parecía abocado a arrastrar como una losa unos comienzos (aquí se incluye su segunda entrega, “The Flying Club Cup) fulgurantes.

¿Qué pasó en su larga travesía en el desierto? Nada especialmente grave. Solo que Beirut pertenece a una abundante clase media que nunca tendrá el talento pop de The Magnetic Fields, ni calará tan hondo como Sufjan Stevens. Su liga es otra. Mucho menos relevante. Con discos buenos, malos y regulares que no cambiarán el mundo. Así que pueden estar orgullosos de seguir captando la atención de tanta gente. Mantienen con dignidad su condición social gracias a unos imponentes vientos, su gran seña de identidad, y una voz de barítono con la que uno puede soñar con viajar al corazón de Europa.

Plantaron medio centenar de bombillas dándole un aire entre cálido y solemne al escenario, como si los franciscanos hubieran construido un salón de estar en la basílica de Arantzazu. El orden del setlist lo tienen calculado al milímetro. Fueron 90 minutos precisos. Condon salió con el ukelele, aquel icono indie de los 2000 que se desgastó rápidamente, y abrió el concierto con “When I Die”; justo en la mitad del show brilló con luz propia “Gallipoli”, aunque para entonces el Kursaal había rugido ya unas cuantas veces; a la hora cayó “Elephant Gun” que, de nuevo guiado por el ukelele, sigue manteniendo su encantó; y a los 80 minutos, 10 antes del final, sonó “Nantes”, que puso a la gente de pie exigiendo su ración de bises.

Entre tanto viento, vals-pop y ecos balcánicos se agradecen los experimentos instrumentales como “On Mainau Island”. Ahí también se apuntaron un tanto. Pero Zach Condón no es Stephen Merrit. A veces uno tiene la sensación de que la épica se impone a la sutileza y que van a provocar una estampida en algún lugar de la añorada Europa de Emir Kusturica. Exceso de testosterona y escasez de delicadeza.