13 Murciélagos, 3 mutantes, 1 año de Nave 9

Se ve que no había suficiente con lo del sábado, así que el cumpleaños de la Nave 9, local bilbaíno que gestiona Txarly Romero desde hace un año y que en todo este tiempo no ha dejado de programar música en directo, se prolongó un día más y continuó en domingo, cuando dicen que deberíamos descansar. Alguno hubiera hecho mejor en optar por ello: se lucían ojeras y otros síntomas de resaca; pero, aún y así, seguía habiendo ganas de festejo, de darlo todo, expresión que acuñaron y pusieron en práctica los primeros protagonistas del día, los Mutagénicos (foto inferior).

En todos los conciertos del domingo, se proyectó un acompañamiento visual en la pared del fondo. En el caso de los riojanos, se utilizó la portada de su disco de 2017 “¡¡Mutan!!”, disco en el que basaron su repertorio. En esa portada, los Mutagénicos son cuatro, cinco si contamos al profesor chiflado que está apunto de fuzzilizarlos. Para esta ocasión, sin embargo, actuaron en formato powertrío o trío a secas, aunque “power” lo que se dice “power” sí que demostraron tener. Ataviados con un uniforme que hacía pensar en la ciencia más estrambótica o en los mecánicos de Herbie (aunque también se oyó a alguien gritar “¡esos churreros!”), empezaron desde lo más profundo del bosque, con lobos aullando y la sintonía de “El hombre y la tierra”. Con ese grito atávico, arrancaron salvajes pero con material añejo, abriendo con instrumental, luego “Quiero fumar”, a la que siguió “Contigo” y otras cuantas hasta que llegaron al nuevo material para tocar “Darlo todo”, una canción con mucha y enérgica batería, donde precisamente canta el baterista, y que decoran con palmas. Volvieron atrás en su discografía para concentrarse en una canción que definieron como difícil, el instrumental “Freak Show”, con el guitarrista dándole también a la percusión y el bajista a la maraca. “Mientes más que hablas”, también de ¡¡Mutan!!, dedicada a cierto personaje de actualidad, la sucedieron con su versión de la canción de Los Nikis “Saturno es aburrido”, donde meten más matices y contrastes, incluso oscuridad; oportuno en un concierto, por otro lado, muy luminoso, fresco y dinámico. Tan luminoso, fresco y dinámico que hasta se animó Tomasito, el robot bailarín que apareció por el fondo de la habitación para cruzarse la platea azuzando al público. Sobre el escenario, los Mutagénicos perdían protagonismo mientras ponían la banda sonora con una “Soy un robot” que sonó categórica como en el disco, una canción con mucho fuste, aire de pub rock y un riff a lo Wilko Johnson que hizo bailar a Tomasito y a muchos otros. “Mutagenízate” vino luego y con tanto cambio en la organización del ácido desoxirribonucleico (tenía que hacerlo, nunca me imaginé escribiendo esta palabra), conseguí que se me olvidara que la noche anterior me quedé dormido viendo Aniquilación, donde había mutación para parar un carro, por cierto. Volviendo a lo que estábamos, terminaron con el subidón de “Loco del garaje”, sin espontáneo, pero con la misma mordiente. Mencionan en la letra a los Kinks; a ellos suenan. El bajista abrió esta última canción poniendo inhiesto su instrumento, lo que me sirve, al mismo tiempo, para cerrar esta primera crónica mencionándole en exclusiva porque (opinión personal) triunfó y retumbó por un local que, por otra parte, parece la despensa del Nostromo, y con las referencias mutagénicas a Saturno, creímos, por un momento, que la teniente Ripley estaba a nuestra vera.

Tenía sentido que el otro grupo de la mañana fueran los 13 Bats (foto inferior) porque, al parecer (esto lo cuento de oídas; eso oí pero no lo sé con certeza), fueron ellos los que inauguraron, aunque fuera en otro local, el concepto y espíritu del Rabba Rabba Hey! En su concierto, no olía a fritanga, pero gritos festivos, hey!s y ho!s, hubo unos cuantos. De nuevo, otra banda en formato trío, en este caso con contrabajo y todos calzando sombrero. La verdad es que a mí empezaron sonándome a los Motörhead, y, por qué no confesarlo, me quedé un poco descolocado y sorprendido, confuso dadas las expectativas, pero, sin duda, en un sentido positivo. Mientras el contrabajo hacía equilibrios subido al lomo de su instrumento, el guitarrista se mostraba elástico cuando le tocaba puntear. Los dos compartían partes vocales y, cuando coincidían en el estribillo, sonaban al punk más clásico y urbano, el de aquí, el de barrio y represión policial. Además de a Motörhead, también me recordaron, en ocasiones, a los Pogues, y, en algunas canciones, a cosas como Porco Bravo, Non Servium, Ignotus. Lo sé, pero no miento. Yo lo escuché así. Más: regalaron una sorprendente versión del “Run to the Hills” de Iron Maiden y cantaron en castellano para evocar el testimonio oral dejado por gente como Larsen, Andanada 7 o Commado 9mm. En serio, una banda con contrabajo a la que podrías definir recurriendo al sufijo billy para salir del apuro, a mí me recordó a todas esas cosas, a veces juntas, otras, solo en ocasiones (canciones) concretas. Y, sinceramente, la mezcla sonó creíble, con ímpetu y efectiva. Además, tuvieron actitud, nervio: arrancaron de carrerilla, tocando como media docena antes de parar para que el cantante practicara euskera, “o algo así”, como él mismo dijo. También, según contaron, hubo tiempo para material nuevo, “Quicksand”, creo que dijeron, pero puede que me equivoque; una canción de melodías refinadas y un toque épico, en ascenso, que contrastan muy bien con una guitarra más oscura, con riff en descenso, para terminar con una explosión de rock and roll. Al menos, así la recuerdo, o así apunté que debía recordarla. Otra canción que presentaron fue “Hombre primate”, explicando que es una versión del grupo brasileño Titas. Jugaron a las melodías con el público, pero mientras ellos gritaban algo parecido a “du hast” nadie en el público contestaba “du hast mich”, quizás porque solo a mí me sonó a Rammstein la broma. En serio ya, destacó el bis final con una “Bomb Extra Bomb” que el cantante empezó jugando con Sinatra, demostrando que tiene voz con mucho registro, y terminó redondeando a pleno pulmón subido, de nuevo, en el perfil de su contrabajo.

Morenas y Morenos

Quizás por las matemáticas y por seguir la progresión: 1 año, 2 días, 3 conciertos. No lo sé. Quizás, simplemente, porque en la Nave 9 no entienden de cosas frugales y moderadas: de hecho, creo que siguen los faustos este próximo miércoles. Por lo que fuera. El caso es que el aniversario del local bilbaíno se festejó finalmente con una tercera sesión de música en directo, esta vez, vespertina y en domingo. Aguantó bastante gente hasta el final, y, además, aguantaron con ganas de bailar.

Los primeros invitados a la fiesta de cierre llegaban desde cerca, aunque tengan nombre de peces de aguas tropicales. Morenas (foto inferior) salieron a la palestra y parecían un equipo de futbito: dos baterías, dos guitarristas, bajista y cantante, que también se armaba con cuerdas en algunas canciones. Prácticamente todos hacen coros. Había peña por el público preparada para la ocasión, con el lema que se proyectaba de fondo, una frase que hace un juego de palabras con el nombre de la banda, serigrafiado en camisetas de algodón. Hacían legión y dicen que la música es religión: epifanías no vi, pero alguno y alguna rozó el éxtasis celebrando la alegría de la música, la maleabilidad de la cadera. Morenas tiene argumentos para asegurarte la felicidad, si tú la encuentras bailando y tarareando a pulmón los clásicos del rock and roll. Uno de esos argumentos no es suyo, ya que son un grupo de versiones. No estaban muy convencidos cuando empezaron, según explicó uno de los guitarristas, pero, por cómo se les ve arriba, sobre el escenario, parece que la idea acabó por seducirles. Y es que el segundo argumento sí es suyo: el sonido es limpio y la ejecución tiene buen pulso. Así, sí que apetece escuchar en directo una mezcla tan heterogénea como la que conforman el “Rock’N’Roll Girl” de The Beat, el “Hangin’ on the Telephone” de Blondie, “Teenage Kicks” de The Undertones, el “Listen to Her Heart” de Tom Petty & The Heartbreakers, el “I Fought the Law” de The Clash o el “What I Like about You” de The Romantics, cantada por el vocalista de Bringas, quien, en esta banda, se ciñe, en mayor medida, a la guitarra y los coros. Hubo más, por supuesto, y todo, como digo, bien tocado. Así, sí entra y deleita. Contaron, además, con invitada de lujo. Virginia Fernández, incansable protagonista en varios proyectos musicales, no escatimó en brío para hacer de Joan Jett y bordar una “I Love Rock & Roll” que acompañó con su habitual tendencia a la escalada libre, en esta ocasión, aprovechando los dos bombos de las baterías. Creo que ellos mismos explicaron de qué iba su espectáculo: “bienvenidos a la verbena rock”, anunció el cantante. De todas formas, para que merezca la pena, como ya he dicho, hay que saber hacerlo y hacerlo bien, y ellos lo hicieron. No es algo raro, de todas formas, ya que estas seis morenas hace tiempo que abandonaron las grietas de los arrecifes coralinos para recorrer las dos márgenes de la ría en distintas bandas. Quizás por ello consiguieron sin dificultad que la gente bailara y acabara el concierto con una buena sudada, satisfechos, satisfechas. Otros, como un servidor, más sosaina y alérgico al contoneo, nos entretuvimos intentando acertar todas las versiones que iban cayendo. Sin poder evitar que, por lo menos, eso sí, se moviera a buen ritmo el tobillo izquierdo.

El retraso acumulado obligó a que los Paniks (foto inferior y encabezado) probaran sonido poco antes de que comenzaran su concierto. Así ocurrió que, cuando entramos al auditorio en forma de cuña, nos los encontramos tocando “Jony”, y creímos que ya había empezado el espectáculo. Sin embargo, pararon en seco, Rioja se dio la vuelta, preguntó: “¿suena bien?”. Aún estaban probando, al parecer. Pero, da igual, no hubo tiempo para distinguirlo. De seguido, ya estaban con “Despierta”, que sí aparecía, la primera, en el setlist. Este fenómeno es algo connatural en los Paniks: se borran los contornos, los patrones, los confines. No distingues la prueba de ensayo del concierto. No distingues el fragor de la melodía. No distingues la batería entre tanta cuerda rasgada. No encuentras la salida, porque no la hay: los Paniks te atrapan en una niebla gruesa de la que ya no escapas. Una niebla llena de eco y clamor, distorsión y espesura eléctrica: la isla desierta donde veranean los Kinks y los Dead Moon y los Oblivians y los Reigning Sound, bandas que tuvieron presencia en el concierto. Llámalo garaje, punk, rock and roll, como quieras. A mí me sigue sonando a un lenguaje primitivo y visceral que encuentra luz en la oscuridad y belleza en el desaliño. En esta ocasión, con permiso de los demás, Rioja, vocalista y guitarrista de la banda, se mostró más inspirado y abisal. Cantaba bramándole al techo, hundido en sus propias circunstancias, arrebatado y arrebatando al público. Parecía que sacaba el cuello por el pozo para poder respirar; solo había que escuchar cómo declamaba eso de la gente normal en “Paiwoke”. En cualquier caso, funcionaron en conjunto, equilibrando riffs sencillos pero estimulantes, contrabajo a cachetazos y platillos atmosféricos. Nada destacó en una sesión maciza y sin curvas, aunque, por mencionar algo y así demostrar que escuchamos con atención, optaríamos por subrayar la profundidad de su versión del “Ride that Train” de The Oblivians, el ritmo desquiciado y fascinante de “Pan” o la clásica “Black Music Voodoo”, una visita al dentista, donde te pulen las muelas con rotaflex. Toda una definición de garaje oscuro y vehemente, ritmos que hechizan y desasosiegan, guitarras que suenan a acero afilado. No sirven las etiquetas aquí. Ni las crónicas, por cierto. A Los Paniks tienes que verlos en directo para percatarte de que hay alternativas, mundos paralelos, otras formas de exorcizar tus demonios y bailar con ellos. Hace mucho que los Paniks se convirtieron en una leyenda urbana. Damos gracias porque cuando merodean, merodean por nuestra ciudad.