“El Dabadaba ha cumplido cinco años pero hemos programado tantos conciertos que, si dijésemos que son diez años, la gente se lo creería igual”. La frase es de Alex L. Allende, socio del local donostiarra, y la decía en una reciente entrevista al periodista Juan G. Andrés. Esto es así ahora y lo ha sido desde el comienzo. En 2015 el Daba acababa de celebrar su primer aniversario cuando unos amigos de Barcelona me hablaron de la sala como si llevase funcionando mucho más tiempo. Fui incapaz de convencerles de lo contrario. Tal cantidad de bolos no se entiende sin el eclecticismo y la falta de prejuicios musicales de la programación, aspectos que se reflejaron en el cartel con el que se celebró su primer lustro el sábado, 30 de marzo.

Si llegabas prontito para ver a Melenas te podías encontrar ya con bastantes asistentes al concierto de Cupido haciendo el precalentamiento fuera del local. Entre eso, y que hacía buena noche y la terraza del Daba resultaba bastante acogedora, la banda de pamplona inauguraba la celebración ironizando sobre las pocas personas que formaban aún el público. Cero problemas. Empezaron como si tocasen para una sala abarrotada y la energía se desbordó al instante a pesar de que venían de actuar el día anterior en Barcelona. Han pasado varias veces por este mismo escenario (agradecieron al Daba el invitarles “una y otra vez”) y hemos podido ver como el cuarteto se ha ido compactando hasta resultar más evidentes que nunca las características que definen su sonido: melodías adhesivas y armonías vocales empapadas en ocasiones de un aura melancólica. Todo ello arropado con un sonido garajero de fuzz y bajos gordos. Van tan sobradas de tablas que pueden permitirse que la baterista pierda las baquetas a media canción, siga con el bombo mientras se retuerce como la niña de El Exorcista para recuperarlas, y que el resto de la banda ni se inmute mientras el público no se entera de nada. Quizá por todo ello funcionan de manera tan contagiosa temas como “Gira”, “Mentiras” o “Si tú me quieres” (del último EP). Interpretaron, además, un prometedor tema nuevo “aún sin título” y echaron el resto con su clásico “Cartel de neón” para cerrar una fiesta efervescente ante una sala que se había ido llenando durante el concierto de gente que no dejó de mover el bullarengue.

Za! decía el ínclito Carl Sagan (fuera gorras) que, “si tomásemos el número ‘uno’ y el número más grande que pudiésemos imaginar, ambos estarían igual de lejos del infinito; tal es la magnitud de éste”. Pues algo similar ocurre con la banda catalana. Si tomásemos a una persona acostumbrada a bregar con las vanguardias y a un prehomínido, y los pusiéramos frente a una actuación de Za!, ambos estarían igual de lejos de entender lo que está ocurriendo sobre el escenario. ¿Desconcertantes? Sí ¿Atractivos? Totalmente. Y brillantes en muchos momentos. Usan el humor como una de las muchas herramientas disponibles para construir su discurso. Junto a éste, también la experimentación, el ruidismo, el virtuosismo, la improvisación o el a-tomar-por-culo-todo. Su espectáculo se sostiene sobre una batería prodigiosa y sobre un efectista sinfín de maquinaria electrónica. Y maracas, que a mí me ponen muy nervioso porque una vez Bobby Gillespie, de Primal Scream, me fisuró una costilla con una de ellas, pero ésa es otra historia. Za! son la mezcla lisérgica de Suicide y Los Ganglios. Beben del dance, del rock y del jazz con una actitud tan anárquica y tan generadora de tensión que, piensas, van a saltar del escenario y la van a liar. Y efectivamente. Saltaron del escenario rompiendo varios vasos e interpretaron un rap entre cuyos versos advertían, con todo el flow del universo, de que tuviéramos cuidado con pisar los cristales (porque ser un gran histrión no está reñido con ser buena persona). Para su traca final dejaron un medley de versiones que incluían el “Block Rockin’ Beats”, de The Chemical Brothers, y “Smack My Bitch Up”, de The Prodigy, (Dios te tenga en su Gloria, Keith Flint).

Con el último “chimpún” de Za! el público se hizo la mitosis, surgiendo de cada asistente dos personas con la mitad de edad del original. De repente la sala se llenó de jóvenes fans de Cupido. Fans cuya emoción contagiosa crecía mientras el escenario se iba llenando con el instrumental de la banda y que se transformó en entrega total con el primer acorde. Esto ya no es como era. No hay que esperar décadas para que los estilos se mezclen. No hay tiempo, ni prejuicios. Cupido son la fusión del trapero Pimp Flaco y el grupo Solo Astra y, como hacen otros, están agrandando los horizontes del trap, diluyendo sus elementos esenciales en el pop para enriquecerlo y refrescarlo todo. La comunión entre el público y la banda fue inmediata porque interpretaron a la perfección “Préstame Un Sentimiento”, su ópera prima. Canciones que giran en torno al amor y sus milenarios alrededores: celos, pasión, desengaños… El envoltorio naif del pop, bien rebozado con la malicia, la sensualidad y la sexualidad del trap. La propuesta es luminosa, casi veraniega. A ratos ochentera y tropicalista. Igual no lo sabe, pero la actitud de Pimp Flaco recuerda mucho a la de Ian Brown, de The Stone Roses. Esa chulería del que sabe que el público está comiendo de su mano: “¿conocéis a Freddie Mercury?”, preguntaba antes de invitar a los asistentes a repetir sus arengas vocales como hiciera el cantante de Queen. Y el público las repetía una y otra vez, e iluminaba la sala con las linternas de sus móviles cuando él lo pedía. Pudieron ofrecer un concierto bien apuntalado porque tienen actitud, saben tocar y porque, a pesar de tener un solo álbum, está lleno de temas redondos. Tocaron “U Know”, “Continúa” o “Autoestima”, acompañados de temas publicados por el propio Pimp Flaco en solitario, y alcanzaron el zénit con “No Sabes Mentir”, composición que supuso la génesis de todo el proyecto. Y no hicieron bises, igual que Elvis. Putos amos.

Ni la selección de bandas, ni el público asistente a esta celebración del quinto aniversario podían ser mejor espejo de lo que es el Dabadaba, de lo que han supuesto para el panorama musical donostiarra y de su prestigio fuera de Euskadi. Ojalá dentro de cinco años volvamos a celebrarlo, que nos resulte imposible verlo todo y que, por eso mismo, nos parezca que han pasado 20.