The Matrix Resurrections
Cine - Series / Lana Wachowski

The Matrix Resurrections

8 / 10
Luis M Maínez — 02-01-2022
Empresa — Warner Bros
Fotógrafo — Cartel de la película

Salgo del cine después de ver ‘The Matrix Resurrections’ sin entender por qué la crítica nacional e internacional ha hecho trizas la nueva entrega de la que quizá es la saga más importante del siglo XXI a nivel ético y estético. No sé qué esperaba exactamente el público para que, al salir de la sala, hayan corrido a IMDB y otras plataformas fílmicas para estar a punto de suspender a la que para mí ha sido una de las sorpresas más agradables en este 2021 que ya termina.

Supongo que todo depende de qué signifique ‘Matrix’ para ti. Si eres una de esas personas que la vivió como la mejor explicación alegórica del mundo que fue, una en la que la forma y el fondo se complementaban para desentrañar la problemática del simulacro que se gestaba en nuestros primeros pasos como usuarios en internet y el nacimiento de la sociedad hiperconectada -y por lo tanto hipercontrolada- en la que vivimos, ‘The Matrix Resurrections’ se convierte en el comeback perfecto. No se limita a reproducir la estructura narrativa de la original de forma evidente y ridícula -como sí sucedía en el Episodio VII de ‘Star Wars’-, sino que vuelve a posar una mirada crítica y mordaz sobre los nuevos problemas y el imaginario que, veinte años después, rige sobre nuestros cerebros como si no pasara nada, como si convertirnos al Siglo XXI no implicara un cambio en nuestra programación.

(ATENTOS PORQUE AQUÍ EMPIEZA EL ANÁLISIS CON ALGUNOS SPOILERS DE ‘THE MATRIX RESURRECTIONS’)

Thomas Anderson ya no es un gris programador en una empresa llena de grises trajeados con vidas anodinas que por las noches indaga en la deep web buscando ese algo que hace que se sienta incómodo con el mundo que le rodea. La búsqueda crítica de la verdad que todavía vivíamos en los primeros pasos de la era tecnológica y social contemporánea ha sido superada por la ideología happyliberal en la que el nuevo Thomas Anderson vive sumiso. Ahora el Sr. Anderson es un genio creativo en una empresa de videojuegos de las que tienen mesa de ping-pong y fruta fresca en la sala de descanso; tanto él como sus subordinados -y lo que es más importante, su jefe- ya no llevan traje y corbata sino que adoptan un estilo fresco y casual con camisetas por fuera del traje, deportivas con calcetines pinkies y camisas hawaianas. Thomas Anderson ahora vuelca todas sus inquietudes en el desarrollo de nuevos videojuegos inmersivos y metavérsicos mientras toma lattes en cafeterías de las que te sirven la leche haciendo la forma de un cisne mientras tu vida se desmorona.

¿Se desmorona? Sí. Thomas Anderson vive solo y no encuentra el amor ni puede refugiarse en buenos amigos, ha vivido varias crisis nerviosas y hasta una tentativa de suicidio. Normal, dado el mundo en el que vive. En lugar de buscar la verdad mediante la investigación en la deep web la busca en el psicoanalista, al que va habitualmente para que le responda a las preguntas que se hace y que le empuja constantemente a volver al redil de una vida que realmente desprecia mientras le receta pastillas azules que le ayudan a no pensar en nada, a no sentir nada, a no dudar de la visión que ese mismo Psicoanalista le intenta incrustar con la fuerza de la retórica y las palabras suaves en el cerebro.

He aquí una de las genialidades de la nueva entrega de ‘Matrix’, el Psicoanalista es el nuevo Arquitecto. La superinteligencia que hace que la Matrix siga funcionando aún más eficientemente que antaño. Como el mismo psicoanalista (buena la elección de Neil Patrick-Harris) se encarga de confesar en un monólogo memorable, el anterior diseño de la Matrix era demasiado racional, el Arquitecto solo pensaba en los hechos, y al ser humano le dan absolutamente igual los hechos: prefiere moverse en el siempre gratificante mundo de las emociones y los sentimientos. Así, la nueva dictadura encubierta del poder -siempre de acuerdo con Lana Wachowski, claro- está fundamentada en la intervención emocional (Iván Redondo estaría de acuerdo) y en la delegación de la gestión de las emociones y la mente a través de profesionales y medicamentos especialmente pensados para que dejes de molestar a un mundo que te necesita como fuerza de trabajo y energía, pero que no te quiere más allá de eso.

Esta vez, Thomas Anderson no tiene que luchar contra un ejercito de agentes Smith para librarse de sus cadenas, cuando duda y su mano atraviesa el espejo, lo que está al otro lado es la consulta del Psicoanalista, que le dice que todo lo que se imagina es una locura y que cruce con él al otro lado, al lado bueno, al lado de la mentira. Si uno se ciñe a lo que Lana Wachowski ha planteado en ‘The Matrix Resurrections’ hay dos nuevos grandes lugares de reflexión en el presente. Uno es el del Psicoanalista, el otro es el del colaboracionismo con las máquinas.

Después de la victoria de Neo contra las máquinas en la decepcionante ‘The Matrix Revolutions’, que caía en la ya mítica Maldición del Tercer Acto que lleva a todas las sagas a que su tercera entrega pierda toda la reflexión e ideas que con cuidado ha ido volcando en las dos primeras películas, para reducirlas a estallidos y explosiones en una guerra contra el reloj en la que un héroe solitario debe matar al líder enemigo en un acto heroico, los líderes de Sión, la ciudad de la rebeldía, han llegado a un acuerdo con las máquinas. Ahora su hogar se llama IO, y se sirven de tecnología avanzada gracias a la traición de supuestas máquinas rebeldes (ya sabemos lo que nos dijeron las Wachowski en las primeras entregas sobre las rebeliones dentro de un sistema) que les ayudan a construir un mundo mejor donde se cultivan fresas a cambio de no molestar a las máquinas intentando liberar más mentes. Un poco como respetar el Nuevo Orden Mundial que hemos desgranado en los párrafos anteriores a cambio de las migajas del mundo que perdieron. El antiguo Morfeo se agarró a la épica combativa sionista y no aceptó el progreso, y el nuevo Morfeo es un personaje carismático infrautilizado en la nueva película que pierde protagonismo según pasan los minutos de metraje.

Además de las cuestiones sociopolíticas, ‘The Matrix Resurrections’ también tiene hueco para las metaculturales. Lana Wachowski se permite carcajearse de su propia productora en varias escenas, así como de la presión de las compañías sobre las franquicias y los reboots que conquistan nuestras pantallas y de los que ‘The Matrix Resurrections’ intenta desembarazarse siendo más incisiva y crítica que cualquier otra. También pone el ojo sobre las industrias culturales y las a veces absurdas reuniones de creativos, y no se corta en señalar a los videojuegos como un intento superador de las narrativas convencionales que, en muchos casos, ha significado la simplificación de las mismas. Hay realmente un ánimo renovador en esta entrega, así como una conciencia de estilo. Es casi imposible crear un universo estético nuevo tan atractivo como el de la trilogía original, así que la directora ha optado por la estilización del mismo sin otorgarle mucha personalidad. Añade, sin embargo, cuestiones como el tiempo bala invertido, que no deja de ser una buena representación visual del cambio de paradigma: ahora el Psicoanalista es capaz de hacer que Neo se mueva leeeeeentamente y no al revés, cuando antes Neo era más rápido que “la administración” de los agentes Smith. El pesimismo refleja la inversión de internet: de ser un lugar de escape y conocimiento, pasa a ser uno de control.

‘The Matrix Resurrections’ está lejos de la brillantez y la complejidad de las dos primeras entregas -de las que se ríe irónicamente- pero es muy superior a la tercera, y apuesta por incluir nuevos conceptos no solo como marco, sino como dibujo. Aquí es donde surgen los problemas más importantes de la película, y no son otros que la falta de originalidad al volver a apostar por el amor como fuerza absoluta que rompe cualquier tipo de orden establecido, algo que ya vimos en películas como ‘Interestellar’, entre otras muchas imitadoras. Sin embargo, la directora es lo suficientemente inteligente para no exhibirla como en un museo y la utiliza para crear la que quizá es la reflexión más interesante de la cinta, que late por debajo de la trama desde el primer minuto (es el nombre del nuevo videojuego que está desarrollando Thomas Anderson): la de la situación de lo binario en el mundo de hoy y sus posibilidades y límites. En esta ocasión la aparición de Tiffany/Trinity supone una vuelta de tuerca coherente que detona la narración y la lanza hacia su final de manera vertiginosa pero no lo suficiente para marearte y vomitar. Su marido, por cierto, bastante básico, en otro guiño inteligente para la comunidad de internet, se llama Chad.

‘The Matrix Revolutions’ ya no es la película que cuenta la historia de Neo como elegido de una rebelión que lucha contra la dictadura del control de las máquinas. La historia que narra, poniendo en el candelero ideas claves de nuestros días, es la del Thomas Anderson hombre: no vemos a Neo en apenas alguna de las escenas, y siempre se adivina al humano detrás del mito.

Más allá del desarrollo de ideas, que siempre ha sido el tema principal de conversación en las películas de la saga, ‘The Matrix Resurrections’ consigue escaparse de las largas garras de la repetición de los esquemas narrativos de la primera entrega, aunque, igual que ésta, consigue crear en una sola película, de nuevo, un nuevo pacto ficcional con nuevas normas que resulta entendible y lo suficientemente atractivo para quedarte con ganas de más al salir del cine.

Por eso, no entiendo el aluvión de quejas y malas criticas a ‘The Matrix Revolutions’. Su papel y su intención era la misma que en aquel 1999: señalar las contradicciones y la deriva de los individuos hacia un mundo donde el control estaba yendo demasiado lejos. Ahora ya habla en pasado y asume la sofisticación de los medios empleados, y hay miles de pastillas azules por cada una roja. Si te gustó la original y la nueva te ha parecido una estupidez quizá te sientas identificado con Niobe, que encontró la paz en su mundo olvidándose de sí misma.

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