Homunculus
Cine - Series / Takashi Shimizu

Homunculus

7 / 10
Daniel Grandes — 20-05-2021
Empresa — Netflix
Fotógrafo — Archivo

“Qué difícil es el mundo real”, lamenta Depresión Sonora en su último tema “Apocalipsis Virtual” mientras reivindica la comodidad del anónimo avatar, de la distancia con el cuerpo del otro y lo paradójico del encierro físico como el camino más sencillo hacia la libertad cibernética. En resumen, mientras reivindica a las “novias en Habbo que nos quiere un montón”. A priori pocas cosas tienen en común el madrileño Markusiano y el japonés Takashi Shimizu, director de este curioso thriller psicológico con estética pop que es “Homunculus”. Pero realmente estamos ante un mismo discurso leído desde diferentes lentes de un mismo inmenso caleidoscopio, siendo a fin de cuentas ambos soliloquios –uno entonado desde el nuevo post-punk oscuro y otro diseñado desde el imaginario del surrealismo distópico– un grito de auxilio sobre lo complicado que nos está siendo vivir en este limbo entre lo terrenal y lo digital (por mucho que creamos que no necesitamos hablar del tema).

Este cuento de tímido terror del color de un Fincher y el aroma de un Ito basado en el manga de Hideo Yamamoto (“Ichi The Killer”) derriba el muro de carga que separa esos dos mundos contrarios del cuerpo y la interfaz, invirtiendo el status quo ontológico en favor del caos existencialista que se genera al ver cómo el individuo se disuelve entre su rostro y su máscara. Al contrario que en nuestra digitalizada sociedad contemporánea, en “Homunculus” se propone una realidad donde la persona es la superficie y el avatar, la esencia, introduciéndonos en una extraña simbiosis de una freudiana sesión de psicoanálisis y una partida de un MMORPG de ciencia ficción. Nos encontramos ante un “Ready Player One” del individualismo, donde el personaje virtual no es un homenaje a la cultura pop sino al trauma no superado, un culto a ese dolor expuesto ante el resto sin que nadie lo asimile como tal. “Las emociones inexpresadas nunca mueren. Son enterradas vivas y salen más tarde de peores formas”, decía Freud justificando prematuramente esos tweets que escribimos a las tres de la madrugada.

Shimizu deambula entre la fina línea de la necesidad de compartir lo propio compulsivamente y la de reivindicar una privacidad perdida en un mundo de bizarras criaturas CGI que ojalá lo fueran un poco más (bizarras, digo) y una narración con ansías de Nolan que ojalá lo fuera un poco menos. Es entretenido localizar esos ecos del thriller sci-fi moderno estadounidense (un poco de “Lucy” de Besson por ahí y del “Gattaca” de Niccol por allá), pero es una lástima que el café se quede descafeinado, que lo que pudo ser un cabaret del subconsciente lovecraftiano se quede en un curioso experimento sobre lo onírico. Que tampoco pedíamos un “Hausu”, pero creo que se podía estirar un poco más el chicle.

Aún así nadie (y menos yo) le quitará mérito a “Homunculus” en cuanto a su capacidad de redactar una crítica al sujeto en ausencia del mismo. Porque criticar a las redes sociales sin nombrarlas no es fácil, y más hacerlo con metáforas tan alejadas de aquello que deben simbolizar. Una recriminación a la pantalla sin pantallas, una llamada a mirar un poco más allá cerrándonos un ojo. Porque al final todo va de la necesidad que tenemos de ser vistos. ¿Porque estamos realmente orgullosos de nuestro legado cibernético? ¿Reconoceríamos nuestros tweets si algún día perdiéramos la memoria? Markusiano tiene razón, esto de vivir el apocalipsis virtual no hace demasiada gracia.

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