Repasamos el “Rock Action” de Mogwai con motivo de su 20º aniversario
Especiales / Mogwai

Repasamos el “Rock Action” de Mogwai con motivo de su 20º aniversario

JC Peña — 25-03-2021
Fotógrafo — Archivo

Mogwai celebra este mes de abril el vigésimo aniversario de su esencial tercer disco. Aunque se lleva tiempo especulando sobre la posibilidad de una edición especial, dada la cantidad de material que grabaron en su momento, desde el sello no se han desvelado planes concretos.

Quizá porque la banda no se quiera solapar con su nuevo, estimable aunque irregular trabajo, As The Love Continues (Rock Action/[PIAS], 21). Mogwai siempre ha procurado vivir en el presente.

Stuart Braithwaite y compañía lo han repetido por activa y por pasiva: “Rock Action” marcó un antes y un después para el hoy cuarteto escocés. Les consagró por la puerta grande, ampliando miras y marcando distancias respecto a otros grupos con los que compartían estética. No en vano, el sello con el que siguen publicando material propio y ajeno sería bautizado con el mismo nombre. Después de dos álbumes de espartano clasicismo instrumental, muy en blanco y negro, bajo este nombre irónico presentaron un trabajo con el que expandieron sus horizontes sonoros, saliéndose de la fórmula en que se había estancado el “post-rock”, con texturas orquestales e influencias folk, psicodélicas y electrónicas. Fue una decisión valiente y crucial para su carrera. Un salto al vacío que se beneficiaría de la intervención decisiva del ingeniero Dave Fridmann y el nuevo componente del grupo Barry Burns, así como varias colaboraciones estelares. Podría afirmarse que el éxito de “Rock Action” les abrió la senda por la que han transitado durante las dos décadas siguientes, dándoles la confianza necesaria para enriquecer su receta hasta hoy.

El cambio de siglo pilló al entonces quinteto escocés en una encrucijada: sus dos austeros primeros discos les auparon al olimpo de eso que tan petulantemente se bautizó como “post-rock”: música instrumental que ampliaba el alcance de la clásica formación rock en paisajes cinemáticos y evocadores con un uso extensivo de las dinámicas ruido-silencio y sin las limitaciones temporales por las que hasta entonces se había constreñido la música de guitarras que no quería caer en tentaciones sinfónicas o progresivas. Una fórmula que ya por aquel entonces empezaba a estar agotada. Si bandas como Explosions in The Sky, Godspeed You Black Emperor o MONO se vieron pronto prisioneras de la etiqueta (y ahí siguen), los de Glasgow decidieron dar un volantazo, huyendo de cualquier tipo de encasillamiento o ideas preconcebidas. El objetivo era evitar ser, en palabras de Stuart Braithwaite, “sólo una banda de post-rock”. El término se había convertido ya por aquel entonces en una losa.

Habían fichado por Matador en Estados Unidos, aunque en Europa el disco llevaría la marca de su efímero sello Southpaw y fue distribuido por PIAS, que les sigue representando en Europa. Si Young Team y “Come On Die Young” habían recogido el espíritu espartano de la instrumentación y la química de una demoledora banda de rock fundamentalmente instrumental, “Rock Action” rompería esquemas. Es un disco muy de estudio que se interna por terrenos audaces limítrofes con el folk y la psicodelia cocida a fuego lento, y en el que se experimenta a conciencia con los sonidos. Aunque hay momentos instrumentales originales y de gran belleza, las melodías vocales marcan varias canciones con estructuras que se acercan a las de las canciones pop al uso: toda una herejía para la iglesia post-rockera. Por si fuera poco, las deliberadas propiedades lisérgicas del disco contrastan irónicamente con el título elegido.

Aportaciones clave

La utilización de sintetizadores y cuerdas, la experimentación con artilugios electrónicos como el vocoder, y la búsqueda de nuevos sonidos de guitarra y batería tendría dos protagonistas destacados: en primer lugar, el nuevo miembro multi instrumentista Barry Burns, fichaje estelar que apenas había podido participar en la génesis del disco anterior. Burns se iba a hacer fuerte en la dinámica del grupo como el músico más competente, el único miembro con estudios de conservatorio, capaz de aportar tanto con los viejos sintetizadores analógicos como con las guitarras y el vocoder.

El ingeniero y productor Dave Fridmann, habitual en las grabaciones de grupos como The Flaming Lips o Mercury Rev, y que ya había aportado su capacidad en “Come On Die Young” (con un enfoque naturalista diferente), complementaría la versatilidad de Burns, dejando una huella indeleble y cautivando al grupo: no puede sorprender que Fridmann haya vuelto a grabarles en los últimos dos discos (en total, se ha encargado del sonido en cuatro de los trabajos de la banda: la complicidad entre grupo y técnico es máxima).

El exbajista de Mercury Rev había dejado de girar con su grupo en 1993 para concentrarse en labores de producción. En pocos años se labró una sólida reputación como “un nuevo Phil Spector”, capaz de producir un sonido que combinaba el realismo del directo con aportaciones de la casa como el sonido saturado de sus baterías. Por sus manos pasó el sonido de álbumes tan influyentes como “The Soft Bulletin” de The Flaming Lips, Deserter´s Song de Mercury Rev o “The Great Eastern” de The Delgados. Sería precisamente esta conexión escocesa la que acabaría de convencer a Mogwai de trabajar con él.

El grupo se atrincheró en los estudios Tarbox Road del estado de Nueva York, cuartel general de Fridmann. Tarbox están en una zona boscosa remota y alejada del mundanal ruido en el estado de Nueva York pero a tiro de piedra del lago Erie y la frontera con Canadá: ideal para aquellas bandas que quieren aislarse durante las grabaciones y concentrarse obsesivamente en el trabajo. Fridmann aplicó sus técnicas de grabación para conseguir sus sonidos de batería, y esas texturas híbridas entre lo electrónico y lo acústico que los escoceses han continuado explorando explorando hasta hoy. Y es que pese a su título (otra broma de los de Glasgow, muy dados a restar solemnidad a sus composiciones con nombres absurdos o directamente ridículos), “Rock Action” es un disco mayormente atmosférico, de medios tiempos, y en el que los sonidos sintéticos y orquestales tienen tanta importancia como las guitarras de Braithwaite y John Cummings, las baterías sincopadas y milimétricas de Martin Bulloch o los majestuosos bajos de Dominic Aitchinson.

En cuanto a la instrumentación de las canciones, la banda decidió aprovechar todos los recursos a su disposición en el espacio de Fridmann. Nadie tenía prisa: si la prioridad con los dos primeros álbumes fue capturar la energía cruda del grupo en directo, ahora se trataba de hacer uno de esos álbumes en los que las herramientas del estudio y la riqueza de arreglos tienen importancia fundamental para la estética sonora. Es un planteamiento que los escoceses han utilizado desde entonces en mayor o menor medida, y que les ha llevado a internarse sin miedo en terrenos electrónicos, de psicodelia e incluso de kraut rock, con un peso crucial de cierta producción y las técnicas de estudio. Aunque nunca hayan dejado de lado totalmente su faceta más ruidista e inmediata, con guiños a Black Sabbath y otros clásicos del rock duro. La banda remataría la grabación en los CaVa studios de Glasgow.

Menos es más

Los escoceses condensaron su nueva filosofía en un disco sorprendente y deliberadamente corto (8 canciones que suman apenas 38 minutos), sobre todo teniendo en cuenta la acusada incontinencia de muchos de sus compañeros de generación. La banda descartó material abundante que antes o temprano tendría que ver la luz, por ejemplo en una edición especial conmemorativa; pero la rigurosa brevedad de “Rock Action”, su decidida voluntad de ir a la esencia y no caer en la redundancia lo convierte probablemente en el disco más redondo de la banda. Lo empaquetaron con fotos retocadas de los músicos en el mítico garito de Glasgow Nice´N´Sleazy, en cuyo escenario de la planta baja se foguearon, junto a muchos otros, a mediados de los 90: Mogwai nunca han renegado de sus orígenes.

La melancolía domina un trabajo que ha envejecido bien desde el órgano solemne y la electrónica rasposa de “Sine Wave”. La austeridad tierna de “Take Me Somewhere Nice”, con la voz de David Pajo (Young Teamhabía dejado claro que Slint es una de las bandas preferidas de la casa) y delicadas cuerdas, mostraba que Mogwai son muy capaces de hacer canciones con estribillos al uso. El músico norteamericano y su nuevo proyecto semi experimental Papa M tendría una influencia importante en los nuevos paisajes sonoros y el rumbo que tomaba el grupo. En “O I Sleep” Barry Burns pone su piano al servicio de una miniatura preciosa. “Dial: Revenge”, uno de los cortes clave, se inicia con un arpegio acústico que va creciendo sobre las crípticas palabras en galés de Gruff Rhys (“Dial” significa venganza en galés). “You Don´t Know Jesus”, habitual de su directo durante bastante tiempo, recupera el lado más crudo e inmediato del quinteto, con una progresión implacable que genera una tensión que no acaba de explotar. De nuevo, la firme vocación de no caer en lo fácil.

La cumbre del disco, la maravillosa “2 Rights Make One Wrong” sigue siendo pieza destacada de su directo, en gloriosa versión expandida. El sencillo arpegio de guitarra engarzado con el ritmo de batería, la melodía vocal con vocoder de Barry Burns y la épica electrónica del final (con melodía de banjo, de hecho bautizaron la idea inicial como “Banjo”) son quintaesencia de la potencia musical de Mogwai, una fuerza catártica que se genera desde el control preciso y la contención. Aún me emociona la versión épica que se marcaron en el Primavera Sound del Poble Espanyol, bajo el diluvio que parecía se habían traído de Glasgow. “Secret Pint” y sus brumas gaélicas cierran un álbum muy maduro y seguro de sí mismo en la creación de un paisaje sonoro propio que expandía el alcance de los escoceses mucho más allá de los hallazgos de la gloriosa “Mogwai Fear Satan”.

Hay que recordar que por aquel entonces el entonces quinteto no había alcanzado, ni de lejos, la popularidad de la que hoy disfruta en el circuito independiente; yo tuve la oportunidad de verles en una sala Caracol que no se llenó, durante la gira de “Come On Die Young”. Años después, en una entrevista, Stuart Braithwaite hablaría de “Rock Action” en estos términos: “Come On Die Young” fue un disco de local de ensayo. Tocamos las canciones una y otra vez y Dave las grabó. “Rock Action” fue más un disco de estudio. Trabajamos las cosas a conciencia con Dave. Quizá pensábamos subconscientemente que no tendríamos la oportunidad de grabar otro disco, así que queríamos probar cosas. Lo que estábamos haciendo nosotros y otros grupos casi se había puesto de moda, y usamos esa motivación para hacer algo distinto. No sé si lo conseguimos, pero lo intentamos”.

Cálida acogida

Afortunadamente para todos, la apuesta les salió bien. La recepción de “Rock Action” por parte de la prensa especializada fue mayoritariamente entusiasta, aunque tampoco faltaron quienes no entendieron el giro más allá de los márgenes del fundamentalismo post-rockero. Fue disco del año para algunas cabeceras, en Reino Unido llegó al puesto 23 de las listas (su mejor momento comercial hasta la fecha, aunque el puesto sería superado con creces años después por Rave Tapes y Every Country´s Sun), y hacia 2009 había vendido más de 100.000 copias en Europa, todo un logro teniendo en cuenta que se publicó en un momento en el que las ventas discográficas empezaban un imparable declive.

En una era en la que el vinilo había sido prácticamente erradicado en favor del CD, el álbum tuvo una edición en vinilo que hoy alcanza hasta los casi 90 euros de valor en Discogs. En cualquier caso, la decisión de publicarlo en este formato habla bien del respeto de los de Glasgow por la Historia y tradición de la que forman parte.

Veinte años después de aquel salto sin red, los hiperactivos escoceses han publicado siete discos de estudio más (el último, hace pocas semanas), así como varios directos, dos recopilatorios y seis bandas sonoras; y, no menos importante, han ofrecido centenares de conciertos memorables en las salas y festivales más prestigiosos del mundo. Por el camino se quedó el guitarrista John Cummings, embarcado desde 2015 en proyectos personales que apenas han trascendido. La banda también ha tenido que sobreponerse a los serios problemas de corazón del batería Martin Bulloch -sustituido durante buena parte de la gira de Every Country´s Sunpor la estupenda batería de sesión Cat Myers-. Pero a diferencia de numerosos compañeros de generación, siguen haciendo música emocionante y mostrando un entusiasmo genuino por lo que hacen, que traspira a sus composiciones.

“Rock Action”, pieza esencial en su devenir, puede entenderse como la clave de bóveda sobre la que se edificó la exitosa carrera de un grupo que se ha hecho único en un cuarto de siglo de excelencia en el que han construido un universo sonoro propio y abierto a influencias tan insospechadas como las armonías tradicionales escocesas, el kraut-rock sofisticado o la electrónica primaria. Mientras sus compañeros de generación se han quedado congelados en la foto fija de las limitaciones instrumentales, Mogwai, imitando a la criatura peluda a la que hace referencia (y que, como sabemos, en determinadas circunstancias puede hacerse salvaje), ha mutado en diversas formas, sin que el aburrimiento o el conformismo hayan conseguido derribarles creativamente. Es la piedra de toque con la que el grupo se liberó de etiquetas simplistas y corsés, pasando a otro nivel de confianza. Empezando porHappy Songs For Happy People, el disco favorito de Stuart. Pero esa historia tendrá que esperar a 2023.

Lo siento, debes estar para publicar un comentario.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.