Aunque pueda parecer lo contrario, Pony Bravo no han parado quietos durante estos meses de verano  y sus actuaciones en festivales como Portamérica o el Slap zaragozano lo atestiguan, pero mientras restamos a la espera de su próximo movimiento discográfico, le pedimos a Pablo Peña que nos eligiera cinco de esos discos que le han marcado de por vida.

Por cierto que el propio Pablo Peña, miembro de Pony Bravo pero también de Fiera, nos ha comentado que elegir solamente cinco discos le parece una tarea titánica. Y que, tras comerse mucho la cabeza, aquí nos presenta cinco obras que considera “pilares de un movimiento y una época que me interesan especialmente por su libertad, creatividad, visceralidad, inteligencia, nervio, rítmicas y experimentación”.

Un disco denso y con mala leche… P.I.L. – “Metal Box” (1979)
La primera vez que lo escuché me dejó conmocionado. La atmósfera densa y la mala leche que transmite me sumergen en un estado difícil de explicar. Luego empiezo a darme cuenta de todo lo que hay detrás, debajo, encima, al fondo… para mí es un disco fundamental, de cabecera, lleno de matices y referencias musicales.

 

Un disco lleno de magia… E.S.G. – “Come Away with E.S.G. (1983)
No puede faltar en ninguna fiesta. No se puede tener más rollo, más groove, más estilo, más magia ni más nada. Bailoteo a tope, buen rollo, diversión, elegancia. Me quedo sin halagos para esta banda de hermanas negras que me hacen pensar en juegos de niñas en las calles del Bronx, días soleados saltando a la comba junto a una boca de incendios comiendo helados multicolores… Las mejores.

 

Un disco sólido como un bloque de metal… DNA – “A Taste Of DNA” (1981)
Seis canciones, nueve minutos, voz, guitarra, bajo y batería: coge todo lo que sepas hacer con esto y mándalo al carajo. Lo que llaman técnica musical es algo muy relativo. Son House con la rabia intentando morderse el rabo y haciendo arte. Deconstrucción sin límites… como esas máquinas que compactan los coches hasta convertirlos en un bloque de metal. Únicos.

 

Un disco perfecto… Suicide – “Suicide” (1977)
La primera vez que escuche “Ghost Rider” fue en una rave debajo de un puente sobre el que circula una autovía y sigo soñando con ese momento. El día que tuve el disco en mis manos y vi que era de 1977 me meé encima. Dos personajes, una caja de ritmos y un sintetizador destripando rock and roll con un cuchillo de untar mantequilla. Para mí es una obra maestra totalmente atemporal a la altura de los más grandes.

 

Un disco que descubrí por casualidad… Palais Schaumburg “Palais Schaumburg” (1981)
Post-punk en alemán inquieto como rabo de lagartija recién cortado. Me alucinan las bases rítmicas. Descubrí este disco por casualidad. Una amiga de un amigo, una inglesa de sesenta años, genial, muy punk, se iba a vivir fuera de España y no se podía llevar su colección de discos, así que nos invitó a los dos a pasar una noche en su casa repartiéndonos su colección. Bendita suerte la mía.