Hernán Migoya nos habla sobre Baricentro, su tremebundo relato autobiográfico
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Hernán Migoya nos habla sobre Baricentro, su tremebundo relato autobiográfico

Oriol Rodríguez — 19-05-2020
Empresa — Reservoir Books
Fotógrafo — Susan Frances Campos

Nombre destacado del cómic estatal, el guionista Hernán Migoya, voluntariamente exiliado desde hace años en Perú, se adentra en el mundo de la literatura con “Baricentro” (Reservoir Books, 20). Tremebundo relato autobiográfico, pese a que el confinamiento le ha restado el reconocimiento mediático que merece, es uno de las novelas más sinceras y emotivas de la temporada en nuestro país.

¿Cómo lo llevas? ¿Cómo estás viviendo el confinamiento en Lima?
Bien, gracias a la tecnología de videollamadas que me permite ver diariamente a mis padres y a los envases retractilados de plástico en que nos sirven los alimentos en el supermercado.

Por cierto, ¿cómo está tu madre?
Bien, muy bien, dadas las circunstancias. Hablo con ella cada día. Está sola con mi padre, ocupándose de él, porque ya no se vale por sí mismo. Sólo temo cuando ella tiene que ir cada lunes al hospital de Barcelona para su tratamiento de cáncer. Pero afortunadamente se encuentra bien y muy fuerte mentalmente.

¿Se ha leído ya el libro? Y si es así, ¿qué piensa?
No, no, ella sigue sin saber que “Baricentro” existe. Sabe que he sacado una novela y que me están entrevistando (yo siempre estoy sacando libros y cómics, eso para ella no es novedad), pero todos los parientes tienen la consigna de no revelarle que ella y su familia protagonizan “Baricentro”, y así han procedido. Incluso mi hermano guarda el secreto ante mamá. Por cierto, él sí se enteró del libro por la prensa, lo leyó y, para mi sorpresa, ¡le encantó! Nunca lo hubiera creído ni ése era el propósito, pero me alegra pensar que nuestra relación va a mejorar gracias a “Baricentro”. [Justo el día antes de publicar esta entrevista, la madre de Migoya se enteró de que protagonizaba el libro casi por accidente].

Hace ya tiempo que vives en Perú, ¿qué te llevó, qué haces ahí?
Uf, me llevaron muchas cosas al Perú: descubrí un país más joven, menos crispado y más ilusionado que el nuestro. No tener que padecer rencillas de identidad en tu entorno ni discusiones políticas por cualquier tema supone un alivio indescriptible para el espíritu. Y, no menos importante, está la cuestión estética: siempre he encontrado muy bellos a los andinos. Me encanta pasear y estar rodeado de personas hermosas y todas morenas… excepto los pijos, que son rubios y feos.

Publicas un novela tan brutal como “Baricentro” y viene el puto virus y lo jode todo. ¿Has pasado muchos días de bajón?
No, no, para nada. El bajón viene durante el proceso de creación de la obra, en el que alternas fases de entusiasmo con otros de depresión profunda, porque crees que a nadie le va a interesar lo que escribes. La recompensa de un escritor es terminar su novela y la guinda, publicarla. Lo demás no me importa, de verdad. “Baricentro” existe, es lo único importante. Creo en el embuste de la posteridad, por lo tanto no me preocupa si de inmediato un libro vende o no. Casi todos los libros que adoro no están nunca en boca de nadie, así que no me afecta. “Baricentro” llegará a quien deba llegar. Y además, Reservoir Books cree en el libro y lo ha apoyado a muerte. ¿Qué más puedo pedir?

Escribir “Baricentro”, por lo que tiene de honesto, propio y personal debe haber sido lo más fácil y al mismo tiempo lo más difícil que has escrito nunca.
La caligrafía formal del libro ha sido menos complicada que en mis otras obras. Quería reducirla a una sencillez efectiva, porque era lo que mejor funcionaba para esa avalancha de “honestidad brutal”. Lo complicado, y es lo que me ha llevado tantos años de proceso creativo, es calibrar la distancia a la que tenía que contarlo y separar la pepita de oro de la gravilla. Casi todo lo narrado gira en torno a un ámbito muy personal y distinguir lo relevante de lo banal,cuando gran parte de la materia prima procede de tu propio pasado, resulta muy delicado. Y más en mi caso, que literariamente siempre he valorado más la inventiva que la recreación. Por eso también aplico la ficción deliberada: para mí, toda no-ficción es ficción involuntaria, en el mejor de los casos.

¿Una novela como “Baricentro” solo se podía escribir desde la distancia que te ofrece el estar viviendo en Lima?
O tal vez no. Si me hubiera quedado de hijo divorciado cuidando a mis padres, también me hubiera visto escribiendo en un rincón de mi cuarto de siempre. Pero vivir en Lima sí me ha proporcionado un mirador “privilegiado”, como dicen las agencias turísticas, y un filtro más antropológico. Te das cuenta de lo poco importantes que somos en cualquier parte del mundo.

¿Cuándo empezaste con la novela, qué te llevó a escribirla?
Cuando contaba a mis amistades la anécdota que conforma el prólogo, sobre cómo la visita al centro comercial Baricentro en la que mi hermano y yo acompañamos a mis padres enfermos despertó en nosotros la sensación de que volvíamos a ser la familia ilusionada, eterna y feliz que cuarenta años antes acudía de compras a ese mismo lugar, todo el mundo me decía que en ese marco había un libro apasionante sobre las familias charnegas y su lucha en las ciudades dormitorio de los años 80. Yo estoy acostumbrado a basar mis novelas en sucesos fantásticos, de imaginación pura, y no concebía que algo así pudiera interesar a nadie. Pero me insistieron tanto que me di cuenta de que además podía servir para exhumar mis fantasmas personales y, de paso, darles una tunda.

¿Por qué has decido mirar atrás justamente ahora?
Casi todos mis héroes murieron hacia los cuarenta años. Freddie Mercury, D.H. Lawrence… Y Robert E. Howard incluso antes, a los treinta. Siempre he pensado que moriría a los 46 años. Ahora tengo 48 y no entiendo por qué sigo vivo. No tengo hijos ni voy a tenerlos, ya no sirve de nada que yo esté aquí. Para mí es como un tiempo regalado, de más. Pero sigo con la sensación de que moriré muy pronto, así que o escribía “Baricentro” ahora o no lo haría nunca.

¿Hubo algún relato biográfico que te inspiro o influyó a la hora de ponerte con Baricentro?
No en particular. En general, me dio confianza darme cuenta de que mi vida ha sido una ristra impresionante de tumbos, marcados por mi tendencia a no saber disimular lo que pienso y a mandar todo a la mierda cuando las cosas van demasiado bien. Ese punto entre punk y suicida que he tenido siempre y que me ha hecho disfrutar tanto el presente, dentro de una sociedad tan conservadora como la barcelonesa, me concedió cierto aplomo a la hora de confiar finalmente en que había material de sobra para crear un corpus atractivo y de cierta audacia.

¿Te has conocido (o reconocido) mejor a ti mismo escribiendo el libro?
Escribiendo esta novela he explorado y descubierto cosas de mí mismo, sí. Y para lo que me ha servido Baricentro, sin yo esperarlo, es para descubrir que mucha gente se identifica con mis traumas y mis contradicciones. Siempre pensé que el libro era demasiado duro para que la voz narradora cayera bien a los lectores, pero para mi sorpresa, muchas personas me están escribiendo conmovidas sobre lo mucho que se han proyectado e identificado con el contenido de la obra.

Yo nací en Barcelona a mediados de los setenta pero en un barrio como el Turó de la Peira. Creo que uno de las principales virtudes, y de ahí las eccelentes críticas que está recibiendo el libro, es que aun siendo un relato ultra personal, es muy fácil identificarse con lo que narras: todos podemos ser tú.
En la intención siempre estuvo desnudarlo todo, lo bonito y lo no tan bonito, y como digo, a veces pensé que el lector promedio pertenece a un “colectivo de gente normal” y que encontraría el libro demasiado áspero. Busqué adrede un cierto equilibrio entre la ternura y esa aspereza, pero claro, viendo los best-sellers tan amables que hay ahora, uno conjetura: la gente va a creer que este chaval de Baricentro es un psicópata. Pero no, los lectores se están volcando con “Baricentro”. Al final, esa decisión de exhibir lo bonito y lo feo de nosotros es lo que más se está apreciando, y me alegro.

Más allá de lo estrictamente personal, Baricentro también es un homenaje a la cultura de extraradio de gran ciudad española de finales de los setenta e inicios de los ochenta.
Sí, el extrarradio me encanta, me siento muy cómodo en él. Me gusta la gente que camina por la calle sin miedo, con aplomo, con naturalidad. Eso se pierde en la gran ciudad: ganas anonimato para hacer lo que quieras (la mayor ventaja de las grandes urbes), pero la gente mira a los demás desconfiada, con inquietud. Cuanto más ricos somos y mayor seguridad obtenemos, más miedosos nos volvemos. En el Perú me reencontré con la naturalidad de trato, la simpatía, la expansividad. Y con “Baricentro” quería plasmar que esa mezcolanza de orígenes en los años 80 no generaba tensión: al contrario, en mi barrio había bastante armonía, una suerte de mestizaje equilibrado. Yo, pese a que lo han defenestrado oficialmente, sí sigo creyendo en el multilingüismo y la mezcolanza. Eso sí, también había sus “perros callejeros” y sus movidas, por la dureza inherente a nuestro estrato social tan precario.

Esa mezcolanza que en Catalunya representa la cultura charnega que a ti te gusta reivindicar.
Sí, claro, para mí el charneguismo es algo muy positivo. Todo lo que sea “lo otro”, lo opuesto a lo oficial, ya sea la bisexualidad o la condición de forastero, contiene para mí un elemento sano de rebeldía y de mirada alternativa. Es difícil de encontrar, además, porque a los charnegos se nos exige oficialmente que pasemos por integrados impecables. Últimamente, la única obra donde vi reflejado con justicia el sentimiento charnego fue en El cónsul de Sodoma, el hermoso filme de Sigfrid Monleón basado en el libro de Miquel Dalmau, donde el amante gitano de Gil de Biedma se ríe abiertamente de los decadentes pijos barceloneses de izquierdas y de sus hipocresías. Esas hipocresías que les permiten ir de comprometidos socialmente y luego viajar a Filipinas a acostarse con chicos comprados. Supongo que por eso la película fue tan mal recibida. Es una bofetada al buenismo oficial.

Pese a todo, te gusta enfatizar que eres escritor, no escritor charnego.
Es que detesto los clichés, el encasillamiento y el victimismo colectivista. Yo juzgo a la persona, no si pertenece a un colectivo o si es charnego, pakistaní o de Cincinatti. Y en lo literario, ya ni te cuento: si escribes bien, ¿qué me importa tu vida o si eres negro, blanco o naranja? Detesto el culto al autor que hay en nuestra tradición y la obsesión por embellecer al escritor o legitimar su obra por la presunta dureza de su vida pasada. Uno debe enfrentarse a la obra sabiendo lo menos posible de quien la escribió. Imagínate que It la venden como la novela de un representante de la “basura blanca estadounidense”. Además, lo importante es la novela, no si quien la creó era hijo único, mató a tres personas o le dieron muchas veces calabazas.

¿Formar parte de ese entorno es lo que te permitió cultivar esa cultura pop (referentes constantemente presentes en la novela) carente de todo esnobismo?
No lo sé. Desde luego, mis padres me influyeron en la ausencia de esnobismo (que ojo, también tengo lo mío: hay artistas que aún me da pudor defender en público y evito hacerlo, y al final uno habla de aquello que cree que le va a reportar más brillo o lo va a dañar menos socialmente). En mi entorno popular también crecieron autores y periodistas que son terriblemente esnobs. Peor, aceptan el establishment a ciegas, sin cuestionar absolutamente nada que esté santificado oficialmente, porque saben que así serán aceptados y respetados más fácilmente. Son los conversos. En Perú hay una exvedette llamada Gisela Valcárcel que “limpió” su pasado haciéndose presentadora televisiva y adoptó todos los tics, melindres hipócritas y prejuicios morales de la clase alta capitalina. Por eso a esos tíos yo los llamo “los Giselos”.

¿Qué es lo que más añoras de aquella forma de vida?
No mucho, la verdad. Tuve una infancia feliz, pero sufrí mucho en mi adolescencia. Añoro no sentir ansiedad a la hora de escoger un libro o una película, porque no había el aluvión gratuito que tenemos ahora en plataformas visuales y webs literarias de dominio público. O sea, mi añoranza actual es la de un adulto mimado y malacostumbrado por una vida cómoda. ¡Mira que quejarme del exceso de oferta! Hasta ese punto pertenezco a una generación consentida que ha vivido en una burbuja toda su vida.

La nostalgia puede ser una arma peligrosa. ¿Cómo evitar caer en mercantilismos kistch del estilo Yo fui a EGB?
Es que a mí no me parece mal Yo fui a EGB. Yo era muy fan de La Frontera y de Malevaje, por ejemplo, y me jode que en España la gente se vaya a ver a los Rolling Stones, que no se aguantan sus flatulencias (lo digo finamente), pero luego malvivan aquí bandas veteranas estupendas que están olvidadas porque, sencillamente, todo lo propio se considera una mierda. Una cosa es vivir en la nostalgia, como esos pesados de mi edad que sólo leen cómics de Jack Kirby y ven películas de Spielberg de los 80, o sea, el mainstream colonialista de toda la vida. Pero no confundamos nostalgia con respetar y mantener viva tu propia tradición cultural. Eso no es nostalgia. Eso es ser leal a aquello que te influyó y que forma parte de tu propia puñetera cultura: uno la puede negar y vestirse de David Bowie cada día, pero cada vez que abrimos la bocaza en Facebook, se nos nota de dónde venimos realmente. Ya estoy harto de tener que pedir disculpas por decir que Mecano son cojonudos. Sé que si fueran londinenses, ningún español echaría una risilla de listillo cuando se habla de ellos. En Latinoamérica adoran a Mecano tanto como a Eurythmics, por ejemplo. Y es lo lógico.

¿En qué estás trabajando actualmente?
Sigo escribiendo los guiones de la saga Carvalho para cómic, con dibujos de Bartolomé Seguí. Ya publicamos Tatuaje y La soledad del manager, que se han vendido también a Francia, Italia y Portugal, y ahora estamos metidos de lleno en adaptar Los mares del Sur, la obra más espectacular del detective de Vázquez Montalbán para plasmar en cómic. Ahí Seguí y yo sí nos recreamos en llenar de referencias setenteras la narración visual: puedes ver por ejemplo a Pepe Carvalho paseando por la calle Ferran de Barcelona y cruzándose con Armando Matías Guiu, el de los Diálogos para besugos de los tebeos Bruguera (y guionista de una de mis comedias favoritas, 07 con el 2 delante, con Cassen), o topándose en la Vía Layetana con el primer equipo de El Víbora. O recuperamos las portadas exactas de Interviú de aquel mes y año cuando Pepe Carvalho entra en alguna peluquería y hay que mostrar revistas en la mesa de lectura. Me encanta chapotear en esa reconstrucción de nuestro pasado. En cuanto a literatura, de momento estoy esperando a ver si me muero o no antes de empezar nada.

No he leído entrevista en la que no se te pregunte por todo el asunto de “Todas putas”, algo que pasó hace ya casi 20 años. Debe ser una agonía haber de seguir dando explicaciones sobre el tema, ¿no?
Bueno, tú has estado a punto de ser la excepción.

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