Treinta años del “Repeater” de Fugazi
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Treinta años del “Repeater” de Fugazi

Oriol Rodríguez — 21-04-2020
Fotógrafo — Archivo

Esta semana se cumple el treinta aniversario de la publicación de “Repeater”. Primer elepé de los referenciales Fugazi de Ian MacKaye, es también la piedra angular del post-hardcore estadounidense y uno de los discos más referenciales del rock independiente.

Era otoño de 1987 y, pese a que ya habían dado un par o tres de conciertos, el grupo aún no tenía nombre. Fue entonces cuando Ian MacKaye recordó aquello de “fugazi” que había leído en “Nam”, la fascinante historia oral sobre la guerra de Vietnam escrita por Mark Baker (relato que en pocos meses publicará por primera vez en nuestro país la editorial Contra). “Fugazi” era una expresión que solían utilizar los soldados estadounidenses desplegados en el conflicto del sudeste asiático cuando querían referirse a que una situación estaba jodida. Justamente, así era como ellos veían el mundo. Así que sí, que ningún nombre mejor para su nuevo grupo que Fugazi.

Guy Picciotto era un crío espigado que se paseaba por los pasillos de su instituto luciendo un collar de perro en el cuello. En una escena propia de una película de John Hughes, los matones solían tirarlo al suelo y lo arrastraban cogiéndolo de la gargantilla de can. Era el precio que tenía que pagar por ser un punk entre un mar de bullies acnéicos. Como tantos otros adolescentes de entonces (y de ahora), Picciotto acabó dando salida a su rebote con el mundo a través de la música. Su primera experiencia fue con un grupo formado con otros marginados del centro que no pasó de una única actuación en el concurso de talentos de la escuela. Poco después de aquella experiencia efimera se unió a Insurrection, banda en la que coincidió con Brendan Canty, otro adolescente del que ya no se separaría jamás. Uno cantante y guitarrista, el otro batería, a ambos se les intuía talento pero el grupo era malísimo, algo que quedó plasmado en la maqueta que grabaron con Ian MacKaye de productor. Aquello sonaba tan mal que MacKaye, conocido por su afán de archivero y documentalista de la escena de DC, es el único que aún hoy conserva una copia de aquella cinta.

Picciotto no tardó a darse cuenta de que si quería trascender debía embarcarse en una nueva aventura. No lo dudó y reclutó al guitarrista y antiguo miembro de bandas seminales como Faith o Untochables Eddie Janney, el bajista Mike Fellows y su inseparable Brendan Canty. Era primavera de 1984 y nacía Rites Of Spring, grupo con nombre inspirado en la obra maestra homónima de Igor Stravinsky que giraba entorno a la idea de la muerte y la resurrección, algo totalmente vigente en una escena, la del hardcore de Washington DC, que estaba en pleno proceso de catarsis. Rites Of Spring fueron uno de los abanderados de aquel renacer. Sustituyendo la rabia por el sentimiento a flor de piel, con ellos irrumpía el emocore, etiqueta que ellos aborrecieron desde el principio con la que se describió el sonido que encapsularon en su único pero referencial trabajo de estudio, “End On End” (Dischord, 1985), disco que había sido producido por Ian MacKaye. Oráculo del hardcore tanto en Washington como en todo Estados Unidos e internacionalmente, tras dar vida a los seminales Minor Threat, MacKaye se encontraba intentando dar vida a un proyecto con el que sentirse realizado. La primera tentativa fue Embrace, banda situada en unas coordenadas sónicas y vitales similares a las de Rites Of Spring. Pese a su relevancia histórica, para 1987 tanto Rites Of Spring como Embrace ya eran proyectos marchitados.

Joe Lally había crecido siendo un fan del heavy metal… hasta que fue a un concierto de Dead Kennedys con Teen Idles de teloneros. A partir de ese día se metió de pleno en la escena hardcore de su ciudad, Washington DC. No tocaba en ningún grupo, pero se dejaba caer con asiduidad por la Dischord House, donde entabló mucha amistad con una de las bandas de la casa, Beefeater. De hecho, abandonó su curro como informático de la NASA donde tenía una nómina nada despreciable, para enrolarse como pipa en las giras de estos por Estados Unidos. También tuvo muy buen rollo desde el principio con Ian MacKaye, con el que mantenía largas charlas sobre sus artistas favoritos: MC5, James Brown, Jimi Hendrix, The Stooges, el reggae jamaicano… En una de esas infinitas conversaciones sobre música surgió la idea: molaría formar un grupo que combinara lo abrasivo de The Stooges con la cadencia rítmica del reggae. MacKaye sería el cantante y guitarrista y Lally, aunque no lo sabía tocar, el bajista. No solo aprendió con inusitada rapidez, sino que sus infecciosas líneas con las cuatro cuerdas se acabarían convirtiendo en influencia imprescindible para miles de discípulos. En sus primeros ensayos les acompañaba Colin Sears, batería de Dag Nasty. Cuando este les dijo que prefería dedicar su tiempo a otros proyectos, se les unió Brendan Canty, que por aquel entonces tocaba la batería en Happy Go Licky, una reencarnación de Rites Of Spring que no tardaría en separarse por los mismos motivos y tensiones entre ellos que les habían llevado a romper la primera vez. Guy Picciotto solía acercarse a sus ensayos y en secreto ansiaba hacerse un hueco en la formación. Lo veía imposible: pese al poco tiempo que llevaban tocando juntos, el trío sonaba ultra compacto y no sabía qué podía aportar. Recién licenciado en Filología Inglesa por la Universidad de Georgetown, cogió los bártulos y durante meses se dedicó a recorrer Estados Unidos en un viejo Cadillac. Cuando regresó a Washington DC retomó algunas de sus viejas rutinas, entre ellas pasarse por el local de ensayo a ver qué hacían MacKaye, Canty y Lally. Al final, sucedió de forma natural. Sus amigos le preguntaron si quería sumarse al grupo. Primero era poco más que una presencia escénica haciendo segundas voces. Con el tiempo acabó cobrando protagonismo colgándose una guitarra y ejecutando esos juegos con MacKaye a las seis cuerdas que se convertirían en uno de los principales rasgos de personalidad del grupo. Y entonces fue cuando MacKaye recordó lo de Fugazi del libro “Nam” y nacía definitivamente una de las bandas más determinantes en la historia de la música alternativa. Un grupo fundamental en el devenir del hardcore punk, pero igual o más importante a la hora mantenerse firmes en su compromiso con los valores que ellos asociaban a formar parte de la escena musical independiente.

Desde sus primeros días se comprometieron a no realizar entrevistas para medios que ellos no leerían. Más importante todavía, sus conciertos se celebrarían en recintos a los que pudiera acceder público de todas las edades. Del mismo modo, nunca cobrarían más de cinco dólares por la entrada de sus bolos. Y más allá de sus discos, que no vendían en sus actuaciones, no realizarían merchandising de ningún tipo, ni camisetas, ni pósters, ni… Además, regularmente realizaban donaciones a organizaciones con las que se sentían identificados social y políticamente. Ya en sus primeras giras, Fugazi agotaron las entradas de casi todos sus conciertos, en parte por el poder de convocatoria de Ian MacKaye, ídolo de la escena hardcore gracias a su legado al frente de Minor Threat. Un pasado del que el cantante y guitarrista intentaba rehuir. De hecho, cuando se plantearon entrar en el estudio por primera vez, MacKaye lanzó la idea de que sus discos los publicara Touch & Go en lugar de su sello, Dischord. El resto del grupo le dijo que ni de broma.

En 1988 Fugazi publicaron “7 Songs”, epé grabado en los Inner Ear, los estudios predilectos de la escena de D.C., y producido por Ted Niceley, por aquel entonces un novato pero que con el tiempo se acabaría convirtiendo en uno de los grandes arquitectos sonoros del post-hardcore gracias a su trabajo con bandas como, más allá de Fugazi, Girls Against Boys, Jawbox o Shudder To Think. Marcando la declinación sonora de la banda, aquel EP abría fuego con “Waiting Room“, tema que se convertiría en un clásico instantáneo del grupo y de todo el movimiento, habiéndola versionado grupos y artistas tan dispares como, entre muchos otros, Red Hot Chili Peppers, Arcade Fire, Ryan Adams, Minus The Bear, Billy Talent, TV On The Radio… Poco después de su aparición, MacKaye, Picciotto, Canty y Lally emprendieron una larga gira por Europa, ciclo de conciertos que estaba previsto que finalizara en Londres donde Fugazi tenían reservados los Southern Studios con la idea de grabar su primer elepé con John Loder de productor. Loder había sido el ingeniero de sonido de cabecera de Crass, uno de los grandes referentes de Fugazi, y posteriormente colaboró con grupos como The Jesus And Mary Chain, Big Black, PJ Harvey, Babes In Toyland, Ministry o Shellac. Pero tras un infinito ciclo de conciertos por casas ocupadas y lugares de mala muerte por el viejo continente, los norteamericanos llegaron a la capital inglesa destrozados. Y lo que debía ser un elepé acabó acotándose a un epé, “Margin Walker” (Dischord, 1989). Puede que por el cansancio con el que entraron a grabarlo, puede que por el panorama político del momento (George Bush padre acababa de convertirse en el inquilino de la Casa Blanca), estas seis canciones suenan mucho más irascibles y virulentas que sus predecesoras. Un trabajo que, como curiosidad, finaliza con “Promises”, canción que solía versionar Ryan Adams en sus directos.

Fugazi no perdieron el tiempo. Acabados de llegar a casa de su gira por Europa, MacKaye, Pucciotto, Canty y Lally volvieron a confinarse en los Inner Ear Studios, de nuevo con Ted Niceley como productor. Esta vez sí, de aquellas sesiones saldría su primer elepé. “Fue entonces cuando todos nos implicamos con toda el alma. Fue la primera vez que tanto Guy como yo pudimos decir: este es nuestro grupo“, revelaba Brendan Canty al periodista musical Michael Azerrad en su libro “Nuestro grupo podría ser tu vida” (Contra, 13), obra fundamental sobre la irrupción de la escena indie americana. Y es que Ian MacKaye seguía destacando como el principal impulso creativo de la banda, pero en este primer largo la aportación de sus compañeros era altamente remarcable. Publicado el 19 de abril de 1990, “Repeater” (Dischord, 90), más inspirado y mejor ejecutado que los dos epés anteriores del grupo, fue recibido como la furiosa respuesta americana al “Solid Gold” de Gang Of Four y la perfecta antesala al estallido del grunge con “Nevermind” (Geffen, 1991) de Nirvana a la cabeza. Sin abandonar, jamás, el hardcore, pero encontrando nuevos y excitantes rincones en ese territorio de cruce entre punk y reggae que antes habían explorado formaciones como The Ruts o The Clash, filtrando algunos ramalazos de rock clásico a lo Led Zeppelin en los riffs de guitarra y colando algún elemento del hip hop: los juegos vocales entre MacKaye y Picciotto pueden llegar a recordar a los de Run DMC o Public Enemy, Fugazi entregaron once temas donde su personalidad sonora cobra su máxima expresión. Un disco con algo de conceptual en la idea anticapitalista y de consumo con respeto que transpira en su conjunto, que gracias a temas como la inicial “Turnover“, “Merchandise“o “Blueprint” se convertiría en un clásico y referente absoluto. Fugazi salieron de gira casi de inmediato para presentar su nueva colección de creaciones. Primero fue en salas de pequeño aforo, con los meses pasaron a llenar locales con una capacidad para más de mil personas. Lo mismo sucedió con las ventas del disco. Si bien al principio fueron discretas, a finales de 1991 ya se habían despachado más de 300.000 copias. Se calcula que actualmente solo en Estados Unidos se han vendido más de un millón de copias de “Repeater”, cifra que asciende a los dos millones a nivel internacional, número estratosférico si tenemos en cuenta que se trata de una banda (y una discográfica) que siempre ha trabajado desde el más irrenunciable espíritu independiente.

 

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