Treinta años después de haber gestado Disintegration, The Cure han sido incluídos en El Rock And Roll Hall Of Fame. Dicho reconocimiento coincide con el anuncio de su nuevo álbum, tras once años de espera, y la publicación en España de las memorias de Lol Torhurst: miembro fundador, expulsado durante la gestación del que, entre otras muchas cosas, se convirtió en el trabajo con el que conquistaron Norteamérica.

Si hay un disco que contiene las características de un amigo en la sombra, ese es “Disintegration (1989): pináculo de la trayectoria de The Cure, donde Robert Smith se enfrentó a todos sus fantasmas y abrió la puerta de la luz, tras la que asomaría, el más luminoso, “Wish” (1992). Tres décadas después, la huella de la obra meridional del grupo sigue pasando la ITV año tras año con vigor reforzado gracias a un eco que, con el paso del tiempo, no hace más que reevaluarlo por el contraste con sus advenedizos. Uno que, sobre todo, radica en un caudal de coincidencias de las que sobrevivieron y salieron fortalecidos.

 

Próxima Estación: Estados Unidos

Una de las proezas cosechadas por “Disintegration fue la de abrirse camino en territorio yanqui, cosechando ventas millonarias y una serie de sold outs en directo inimaginables para un grupo de perfil gótico y eminentemente pop. Fue ya durante la gira de “Kiss Me, Kiss Me, Kiss Me” (1987), su anterior álbum, cuando las cosas empezaron a cambiar para Robert Smith y los suyos en los Estados Unidos. La rotación continua en la MTV del videoclip realizado para “Just Like Heaven” mostraba a una banda de aspecto andrógino, fantasmagórico, tan alejado de la realidad como millones de adolescentes norteamericanos que se sentían aislados entre las pandillas de hard rockeros alucinados con Guns N’ Roses, y los que abrazaron la gran explosión heavy metal de aquellos años. En cierto modo, tanto The Cure como Depeche Mode se convirtieron en el refugio de miles de almas sofocadas por sentirse diferentes, por reconocer la sensibilidad en sus emociones. En consecuencia, la aparición del doble disco de The Cure derivó en un hábitat natural para todos los apartados que acababan siendo ridiculizados como los freaks de las películas y series norteamericanas de los ochenta y noventa, como en la tremendamente significativa Allison Reynolds, de “El club de los cinco”.

 

La crisis de los treinta

Solo dos años después de la publicación de “Kiss Me, Kiss Me, Kiss Me”, Robert Smith se encontraba en un momento crucial de su existencia: la crisis de la treintena. Para alguien que, hasta aquel entonces, había apurado los límites de su existencia entre bacanales drogotas y el delirio de rondar siempre la línea que separa la vida de la muerte, alcanzar esta edad suponía un nuevo estado mental, certificado por su matrimonio, durante aquellas mismas fechas, con Mary Poole, su novia de toda la vida. Encontrar cierta estabilidad era una especie de incongruencia para su tóxico ritmo de vida. De hecho, alcanzar la barrera de los treinta años fue el germen que alimentó el lado oscuro de “Disintegration”.

Quien no supo virar su vida hacia derroteros menos autodestructivos fue su amigo de infancia, Lol Tolhurst. La persona con la que Smith había aguantado en el grupo desde que se fundó, en 1976, se ahogaba en un pozo de alcoholismo y depravación personal. Nadie podía ayudar a un tipo que, ya para la gira de “Kiss Me, Kiss Me, Kiss Me” había sido rebajado a miembro-estatua del grupo. La causa, la entrada de Roger O’Donell a los teclados y sintetizadores. La presencia de este último acabó inundando cada rincón de “Disintegration”. Desde el mismo arranque del disco con “Plainsong”, la épica de su aportación se traduce en un estándar para todas las giras que el grupo realizó de ahí en adelante.

A lo largo de la grabación, Tolhurst se aisló delante del televisor. Los días pasaban con su estampa pegada al canal MTV, mientras Smith se refería a él como ese “puto gordo”. La aportación más significativa de Tolhurst fue la de criticar el trabajo realizado por el resto del grupo, lo que le valió la salida de The Cure en febrero de 1989, durante una sesión de mezclas. Según su antiguo amigo de corredurías: “Ya no sabía quién era y él tampoco sabía quién era. Solía desesperarme y gritar a los demás porque era jodidamente demente la forma en que lo tratábamos”.

 

Claustrofobia

“Disintegration” se fue traduciendo durante la grabación como una representación física del laberinto mental en el que se encontraba Smith. Entre noviembre de 1988 y febrero de 1989, el cerebro, imagen y alma del grupo se perdió en el ensimismamiento absoluto de su ingesta continuada de LSD. Smith estaba sufriendo. El suicidio de dos fans del grupo al son de sus canciones le llevaron a pegar la noticia del suceso en la pared del estudio. La presencia de sus espíritus arrastraron a que Smith se encerrara bajo llave en una cárcel hecha a su medida. Su retiro espiritual condicionó el tono de unas sesiones para las cuales su única forma de contacto con el resto de la banda era a través de la música que iba surgiendo para la ocasión. Esa misma atmósfera enrarecida es la que se intuye en piezas lluviosas como “Prayers For Rain” y “The Same Deep Water As You”.

La claustrofobia generada por la metodología empleada en la grabación revirtió en un estado de telepatía conjunto, donde los miembros del grupo actuaban como sonámbulos con el camino aprendido de memoria. El bajo de Simon Gallup marcaba las coordenadas de hipnosis quilométricas, casi sin variaciones, en las que cada aportación del resto se producía de forma sobrenatural, como empujada por una conciencia mayor de pensamiento. Solo así es posible alcanzar el clímax en cada uno de los doce temas ensamblados. Ya sea en la titular del álbum o en “Closedown”, siempre se repite la construcción de esqueletos circulares sobre las que crecen cortes de dinámica horizontal, expuestos continuamente al trance, que invitan a perderse por su geografía de destellos góticos, sintetizadores antárticos y pespuntes eléctricos, que suenan como estalactitas derritiéndose.

 

Dulces pesadillas

La publicación de “Disintegration se hizo realidad el 2 de mayo de 1989. Tres semanas antes, el 10 de abril, su aura comenzó a ser vislumbrada a través de “Lullaby”, single de adelanto a mayor gloria del vídeo realizado por Tim Pope para la ocasión. No en vano, estamos ante, seguramente, uno de los videoclips que más pesadillas ha provocado de los ochenta en adelante. Y, sobre todo, dentro de una generación de jóvenes que tenían acceso directo al subconsciente alucinado de Robert Smith. El gótico siniestro que florece por cada rincón del vídeo alude a un híbrido entre estética de la Hammer y delirios de manicomio. Una obra maestra que, durante la habitual emisión de videoclips que echaba TVE entre programa y programa, pegó a miles de jóvenes delante del televisor con la cinta de VHS preparada para inmortalizar la causa de sus deseos prohibidos.

Más que nunca, Robert Smith y los suyos cuidaron el imaginario visual de un grupo sin el cual jamás existirían películas como “The Crow” y “Eduardo Manostijeras”, pero tampoco el Morfeo del cómic “The Sandman”. Su influencia fue una estilización del legado de Siouxsie, pero con la suma de los labios de Joker, cardados imposibles y estrafalarias zapatillas deportivas más propias de un rapero del Bronx que de un espíritu gótico torturado.

 

El eco

La influencia de “Disintegration ha sido tan brutal que sus redes se expandieron mucho más allá del espinazo anglosajón. En España, hacía tiempo que The Cure habían formado parte de la estructuración de grupos como Décima Víctima o los primeros Gabinete Caligari, por no hablar de Parálisis Permanente. Sin embargo, el oráculo discográfico de Smith y su troupe amplió horizontes hacia terrenos más pop. De La Dama se Esconde a Chicharrón, brota un camino de baldosas amarillas hacia la experimentación del intenso pop en cinemascope que late en “Disintegration”. No hay más que recordar “El porqué de mis peinados” (1998), de Sr. Chinarro, donde parece que Smith ha sido apresado en una resaca flamenca. Tampoco debemos olvidar a Gente Joven, que supieron encapsular la tendencia maratoniana de las canciones del disco en ejercicios synth gaze de altos vuelos.

Más rotundo se hace su eco en “Regiones devastadas” (2015), el trabajo más atmosférico de los fabulosos Blacanova. También en “Canciones clínicas” (2018), uno de los grandes discos que nos deparó el año pasado, por obra y gracia de los gallegos Chicharrón: seguramente, los herederos más directos de una forma de entender el pop hacia las alturas, donde intensidad y poesía han encontrado refugio en los claroscuros del sentimiento. No hay más que escuchar joyas como “A túa gravidade” (con vídeo tremendamente cautivador de Sara Iglesias) y “Contra Acantilados”: lo más cerca que hemos estado del vértigo emocional de “Plainsong” en estos últimos treinta años.

Más allá de España, los tentáculos de The Cure y “Disintegration” también alcanzaron Latinoamérica, donde grupos como Soda Estéreo, Caifanes y Jaime Sin Tierra adecuaron con deje autóctono el espectro de un germen que, a día de hoy, sigue siendo tan universal como las pesadillas que pueblan los sueños de millones de devotos a una religión de surcos infinitos y depresiones vitalistas.

 

Diez bandas en castellano que soñaron con The Cure:

 

Soda Estéreo

La Dama Se Esconde

Caifanes

Family

Sr. Chinarro

Jaime Sin Tierra

Sebastián Kramer

Blacanova

Gente Joven

Chicharrón