Desde 1979 hasta hoy, El Sol ha estado saliendo cada madrugada en la calle Jardines de Madrid. Su 40º aniversario se enmarca dentro de un lavado de cara del sector de las salas de conciertos, consideradas actualmente Patrimonio Cultural de la ciudad.


“Fueron años durante los cuales (¡por fin!) una parte de la juventud española bailó, bebió, se amó y se drogó despreocupadamente sobre la tumba de Franco”, dijo una vez el filólogo Jordi Amat. El “todo vale” era la filosofía de los madrileños; el punk, su religión, y las salas, sus templos. 40 largos años separan dos escenas en cuanto a música en vivo en una misma ciudad, pero las caras y los locales no han sido lo único que ha cambiado desde entonces. También lo han hecho las reglas del juego en un intento por adaptarse a un marco regulador común que se ha instaurado con fuerza en el sector. La profesionalización de este ha cambiado por completo la forma de entender el negocio de las salas de Madrid, un proceso que también se ha visto condicionado por los nuevos hábitos adquiridos por la sociedad. La pregunta es: ¿Las nuevas normas y leyes han hecho que se perdiera la frescura de antaño o, en cambio, era necesario regular un sector cuyo modus operandi e incluso éxito parecían estar basados en el caos?

 

LA MOVIDA: ORIGEN Y CONDENA

Un 9 de febrero de 1980, La Escuela de Caminos de la Universidad Politécnica de Madrid se convertía, de la noche a la mañana, en prácticamente el germen de lo que después sería un hervidero cultural imparable. La Movida comenzaba a dar sus primeros pasos mientras nadie parecía darse cuenta.

Fue cuestión de tiempo que numerosas salas abrieran sus puertas a continuación con el objetivo de convertirse en el nuevo local de moda de música en directo de la capital: Rock-Ola, El Sol, El Jardín, El Bo, O’ Clock, Chicote, El Escalón, Stella, Revólver, El Marquee… Estos lugares comenzaron a dar visibilidad a un tipo de música que se convirtió en el mejor canal o vehículo para transmitir toda una serie de pensamientos e ideas que habían permanecido forzosamente ocultos en las mentes de millones de españoles.

Pero, desgraciadamente, todo llega a su fin. A partir del año 85, apenas quedaba rastro de aquella escena que tanto marcó a una generación entera. Quizás fueron las circunstancias, el aburrimiento de los excesos o la simple y natural caducidad de una moda, pero hoy en día a quién le importa -como bien promulgaba Alaska– lo que dejó o no de ocurrir hacia el final. Lo relevante es que La Movida marcó un antes y un después no solo a nivel cultural sino también a la hora de comprender los entresijos que conforman un sector tan potente -y entonces algo “asilvestrado”- como el de los locales de música en vivo.

“Después de La Movida, Madrid se queda muy huérfana culturalmente. Pero a partir de los 90 comienza a haber una nueva ola de música; nace entonces la música indie nacional como la conocemos hoy en día”, asegura María Aranda, programadora de la sala madrileña Moby Dick, que abre sus puertas en 1992. Se produjo un relevo generacional en el ámbito cultural de la ciudad y con él, uno en cuanto a salas de conciertos.

Vetusta Morla tocando en Café La Palma

La mayoría de las salas que fueron protagonistas durante los 80 cerraron, pero en cambio otras como El Sol o Galileo Galilei permanecen abiertas y actúan como precursoras de un legado que recogieron aquellas que abrieron sus puertas a finales de los 80 o principios de los 90. En 2001, las 50 salas más importantes de la capital se reunieron con el fin de crear La Noche En Vivo, una asociación que desde entonces lucha por la sostenibilidad y el desarrollo de estos espacios.

Son sitios que ya pueden fardar de haber sido el trampolín de grupos o artistas consolidados como Los Planetas, Zahara, Vanesa Martín, Pereza, Andrés Suárez, Ismael Serrano, Bebe, Vetusta Morla, Miss Caffeina, Lori Meyers, Love Of Lesbian o Izal.

Estos nuevos lugares forman lo que hoy en día es el nuevo circuito de salas de pequeño y mediano tamaño de Madrid. Los tiempos han cambiado, y con ellos, la escena. “Mucha gente viene buscando el concepto de movida madrileña y eso no existe a día de hoy, por mucho que quieran vender “Malasaña, no sé qué”, afirma el actual jefe de Relaciones Públicas de la sala Clamores, Isaac Falcón. No obstante, que algo ya no exista no quiere decir que lo que se ofrezca como nueva alternativa sea mediocre. La Movida fue el origen y el motivo por el que actualmente gozamos de un sector de música en directo tan completo, pero a la vez ha sido un arma de doble filo que, para muchos nostálgicos, dejaba un listón muy alto. Willy Naves, director de Costello Club hasta hace unos días, lo tiene claro: “En Madrid hay mucho caldo de cultivo de cultura y de música hoy en día. Creo que se está viviendo a nivel de cantidad y calidad una muy buena época, y yo lo percibo”.

 

EL FIN DE LA LEY DE LA SELVA

Hay algo que siempre se puede aplicar a todas las épocas: “Siempre que hay música en directo, hay problemas”, como dice Ángel Viejo, propietario de Galileo Galilei. Dejando a un lado debates entre nostálgicos y defensores de la novedad, en lo que sí existe un consenso es en que, a partir del final de La Movida, el sector de la música en vivo sufrió una transformación radical: del caos absoluto a nivel legislativo se pasó a un marco regulador más o menos estricto que pretendía no quedarse atrás en cuanto a la normativa que otros países europeos marcaban. Así lo asegura David Novaes, uno de los actuales dueños de El Sol y fundadores de Siroco: “Las normas urbanísticas, de seguridad y medioambientales han cambiado muchísimo desde hace 40 años hasta hoy en día”.

La histórica sala El Sol cumple este año cuatro décadas de vida y se corona como una de las salas de música en vivo más longevas de la historia de Madrid e incluso de España. Pasado y presente se reúnen en este local que abrió un 9 de octubre de 1979 de la mano del arquitecto y melómano Antonio Gastón, y que actualmente actúa como nexo -casi superviviente- entre aquellos maravillosos años y el panorama actual.

Lo que un día fue cachondeo en forma de sexo, droga y rock’n’roll se convertía poco a poco en un negocio serio de traje y corbata. La filosofía del “todo vale” que tanto había caracterizado la atmósfera de aquellos primeros años 80 se desvanecía poco a poco a golpe de ley. Sin embargo, a pesar de que una clara regulación de las salas de conciertos parecía ser necesaria, lo cierto es que, en un primer momento, esta no se produjo tanto por un proceso natural como desgraciadamente por tragedias, accidentes o experiencias mal resueltas que se habían producido a lo largo de esos años y de los posteriores.

El fatal incendio de Alcalá 20 en diciembre de 1983 fue uno de esos ejemplos torpemente solventados que ya alertaba de una extrema necesidad por regular cuestiones tan básicas como el aforo o las medidas de seguridad. La situación apenas cambió y el incumplimiento por parte de la organización de estos locales continuó muchos años más, hasta que una nueva desgracia volvía a conmocionar a los madrileños. Durante la madrugada del 1 de noviembre de 2012, cinco jóvenes fallecían por motivo del embotellamiento y las avalanchas producidas en las salidas del Madrid Arena, recinto donde se estaba celebrando una macrofiesta por Halloween. Desde entonces, la legislación en cuanto a aforo se extremó en la capital hasta el punto de que la multa por sobrepasar la capacidad de público permitida ha ascendido de 6.000 a 600.000 euros.

Incendio Alcalá 20. Autor: Raúl Cancio

“Se ha atacado más a los locales pequeños que a los grandes”, se quejan desde la sala Clamores. “Encarecieron mucho las multas y de una forma bastante injusta, porque lo hicieron por porcentajes. Si tú te pasas un 10% del aforo, es una multa grave, son 165.000 euros. Nosotros no podríamos pagar eso, y en nuestra sala, pasarnos un 10% sería lo equivalente a 10 personas, porque el aforo es de 93”, afirma también indignado el actual dueño de Búho Real, Toñín Beltrán.

El límite en cuanto a ruido y horarios de cierre también son dos aspectos que han ido cambiando con el paso del tiempo y que, por supuesto, han generado polémica. En garitos como el legendario Rock-Ola, los decibelios permitidos superaban con creces lo que un tímpano humano -y el nivel de paciencia de un vecino medio- podía soportar, mientras que ahora prácticamente todas las salas de música en directo en Madrid están insonorizadas y además cuentan con equipos técnicos más profesionales. En ese aspecto, La Mesa del Ocio, un espacio de trabajo común y de mediación entre Ayuntamiento, vecinos y empresarios del sector, ha contribuido a crear un nuevo modelo de ocio sostenible y respetuoso en la actualidad. Un órgano que también se ha volcado en cuanto a los horarios de cierre: mientras que antes se hacía la vista gorda, ahora se llevan a rajatabla para intentar promover el descanso vecinal.

Otro de los temas que también se ha puesto encima de la mesa en los últimos años ha sido el acceso de menores a este tipo de locales. Actualmente, en España se permite explícitamente su entrada en Cataluña, País Vasco, Comunidad de Madrid, Comunidad Valenciana, La Rioja y Castilla y León. En Castilla La Mancha y Extremadura está prohibida y en las demás comunidades existe una laguna legal.

En el caso de la Comunidad de Madrid, el acceso de menores se ha conseguido gracias a #QueremosEntrar, un colectivo independiente formado por jóvenes que hizo que Cristina Cifuentes modificara en 2015 el artículo 25 de la Ley 17/1997, del 4 de julio, de Espectáculos Públicos y Actividades Recreativas (LEPAR), el cual prohibía su entrada desde el pasado 2002. Todo un triunfo para la sociedad y una buena noticia para Isaac Falcón, de Clamores: “Al final se necesita renovar a la gente y hay que educar a los chavales. Ahora con el Spotify en el móvil es muy fácil encontrar todo, pero la música en directo en un concierto es mil veces mejor, no tiene nada que ver”, afirma.

Hinds en El Sol. Autor: Álvaro Tejada

Pero incluso las leyes que parecen no estar relacionadas directamente con el sector, terminan afectando. Hablamos de la Ley 42/2010, de 30 de diciembre, más conocida como la ley antitabaco que entró en vigor en España el 2 de enero de 2011. “Fue una de las mayores crisis que vivimos desde la hostelería”, recuerda David Novaes (El Sol y Siroco). La gente se acostumbró a salir de los locales para fumar y, en consecuencia, consumir fuera o, en el peor de los casos, no volver a entrar a la sala en cuestión. Una mala época que también tuvo su proceso de adaptación tanto para negocios como para clientes.

Sin embargo, no todo son limitaciones y obstáculos. Desde el pasado 2017, ha vuelto a existir un programa concreto de subvenciones y apoyo a locales de música en vivo que cumplan con ciertos requisitos, por parte del Ayuntamiento de Madrid. “Se suprimieron en la época de la crisis, con Ana Botella”, dice Hugo García, responsable de comunicación de Moby Dick, quien también señala que “son muy escrupulosos en dar las ayudas y muchas de las salas se han quedado fuera porque no cumplían con algo; tienes que estar limpísimo”.

Y es que tanta exigencia tiene un motivo: muchas de estas salas han conseguido entrar en el censo de locales considerados Patrimonio Cultural de la Ciudad de Madrid. Un título casi honorífico que rinde homenaje a este tipo de negocios por ser un atractivo cultural. “Una buena parte del turismo acude atraída precisamente por este tipo de locales”, asegura convencido Javier González, programador del también ya histórico Café Central. Se trata de un objetivo más a tachar de la lista de aspectos que pretende cumplir La Noche En Vivo. Juntas, las 50 salas de pequeño y mediano formato que acoge esta asociación ofrecen más de 15.000 conciertos y actividades escénicas al año en la ciudad, todo un amplio programa cultural que tarde o temprano tenía que ser reconocido.

 

SOCIEDAD NUEVA, NEGOCIO ADAPTADO

Los amantes de La Movida tenían muy arraigada la cultura de “lo gratis” en cuanto a este tipo de eventos, un chip que no tuvieron más remedio que cambiar con los años. “La Movida sí fue una revolución cultural pero también un poco perjudicial, porque la gente se acostumbró a la idea de que la cultura era gratis y no costaba, y no era así. Los artistas cobran y la gente tiene que vivir de lo que produce”, explica Ángel Viejo, de Galileo Galilei. Según David Novaes, en Siroco también tuvieron la misma sensación: “Eso empezó a cambiar a principios de los 90, y el público tardó en asimilarlo”.

La crisis económica que azotó al país en 1993 tampoco ayudó mucho. Las nuevas salas de conciertos que surgían dentro de ese relevo en el sector se iban profesionalizando y necesitaban encontrar una rentabilidad que, al menos, les dejara tapar agujeros. Se comenzó a cobrar entrada en taquilla, decisión que no gustó a muchos de los afiliados a este tipo de locales. Los artistas comenzaban a cobrar por cierto caché y también defendían la dignificación de su profesión.

Toda una nueva situación socioeconómica que dio un cambio de 180 grados en la forma de entender el negocio. El precio en taquilla no era suficiente para obtener beneficios, por lo que las salas no tuvieron más remedio que ofrecer además fiestas nocturnas como parte de clubbing para rentabilizar las noches y amortizar aún más la caja que se obtiene por vender consumiciones en barra. “Si subsistimos es gracias a que vendemos una cerveza, si no sería imposible”, afirman desde Galileo Galilei. El equipo de Costello corrobora la idea: “Si no se consigue que a partir de que acabe el concierto funcione la noche, es inviable, es deficitario por todas partes”.

Hinds en la sala El Sol. Autor: Álvaro Tejada

Además, con la crisis económica despuntando en España en 2008 y afectando a miles de negocios, la música en vivo fue uno de los sectores más perjudicados. Así lo recuerda Nabor Raposo, quien se encarga de la comunicación y de las redes sociales de Café La Palma: “Cuando yo trabajaba de camarero antes de la crisis, salía y podía gastarme 60 pavos en una noche. Ahora la gente que tiene esa edad, muchos de ellos tienen padres o familia golpeados por la crisis, tienen un futuro más chungo, siguen formándose porque es muy complicado entrar en el mundo laboral…”.

Por otro lado, el IVA cultural también ha sido uno de los protagonistas en esta lucha de las salas por conseguir una rentabilidad económica digna. El pasado 1 de septiembre de 2012, el tributo que afectaba a conciertos y espectáculos de esta índole ascendía vertiginosamente del 8 al 21%, al pasar a ser considerado un impuesto de Régimen General. Una noticia que el sector y los artistas recibieron como un jarro de agua fría y por el que no dejaron de pelear. El 20 de mayo de 2015, numerosos músicos, promotores y asociaciones de la industria del directo realizaron un parón laboral y se manifestaron por toda España. Desde Joaquín Sabina hasta Ana Torroja, pasando por Camela, Leiva, Miguel Bosé o Rosendo. Todos reivindicaban “Un día sin música”, anulando conciertos y haciendo circular una petición que fue firmada por alrededor de 215.000 personas para que los espectáculos musicales en vivo volvieran al tipo impositivo original.

Sus plegarias fueron escuchadas ante el Congreso de los Diputados y, tres años después, la reducción del 21 al 10% de este tipo de IVA, tras la publicación en el BOE de los Presupuestos Generales del Estado en 2018, se hacía realidad. Sin embargo, nunca llueve a gusto de todos. “Nos han engañado mucho con el tema del IVA. El único IVA que es más barato es el de la entrada (…). Pero después, si el artista tiene una sociedad, es el 21%. Al final, tienes que ingresar más a Hacienda”, manifiesta Ángel Viejo.

Teniendo en cuenta todas estas trabas, lo que está claro es que, para una ciudad cosmopolita como Madrid en la que la actividad cultural que se ofrece es uno de los motores principales del turismo, cerrar o irse de vacaciones durante una temporada es un suicidio asegurado que ni se baraja. Son negocios que abren prácticamente los 365 días del año y eso implica unos gastos fijos elevadísimos en cuanto a luz, agua, alquiler o nóminas. Una carrera de fondo en la que desgraciadamente no todas sus participantes llegan a alcanzar la meta final y no tienen más remedio que abandonar a la mitad.

 

MARCA DE LA CASA

Una vez puestas las leyes sobre la mesa, y la metamorfosis social identificada, lo único que las salas tenían que hacer -nada más y nada menos- era ofrecer una propuesta cultural que se ajustara a las necesidades de todos y que estuviera a la altura. “Es muy grato, pero es mucho curro”, dice Willy Naves (Costello). Para Nabor Raposo (Café La Palma), “exige saber ya no solo cuándo hay un Tomavistas o un Mad Cool, sino también cuándo hay una final de la Champions, cuándo puede haber un Madrid-Barcelona…”. Los dos están hablando sobre programación, uno de los pilares fundamentales y decisivos a la hora de construir una marca propia como sala.

La competencia entre este tipo de locales, la cada vez mayor exigencia por parte del público y la crisis económica son tres factores que combinados entre sí forman un dardo venenoso para este tipo de negocios. Para David Novaes (El Sol y Siroco), el secreto está en “ser creativo y estar siempre escuchando”. María Aranda (Moby Dick) es también partidaria de la intuición y del riesgo en estos casos: “Puedes apostar por algo y que no venga nadie -que a veces pasa-, o que de repente haya un sold out”.

Es curioso saber que el perfil del principal comprador de entradas de música en directo en España tiene entre 22 y 44 años, vive en grandes ciudades y está dispuesto a gastar una media de 50 euros por ticket. Es un dato que ha conseguido obtener una de las mayores compañías mundiales de venta y distribución de entradas, Ticketmaster, en la publicación de su I Observatorio de Música en Vivo (2018), y que choca con la opinión de algunos: “Antes había más inquietud por escuchar nueva música sin conocer al grupo en concreto. Ahora, la gente es fan del grupo al que va a ver, y eso se nota mucho en las nuevas generaciones”, señala Hugo García (Moby Dick).

Pero lo cierto es que la escena actual en la capital parece estar de enhorabuena. Según datos recogidos por la SGAE y publicados en el Anuario de las Artes Escénicas, Musicales y Audiovisuales de 2019 de la Asociación de Promotores Musicales (APM), Madrid ha superado por primera vez a Barcelona en facturación neta de conciertos en 2018. Dicho informe también confirma que la ciudad ha aumentado en un 9’3% la asistencia de espectadores a sus espectáculos de música en vivo con respecto al 2017, lo que significan un total de 357.502 espectadores más. Una noticia -cuanto menos- esperanzadora que demuestra que Madrid continúa vibrando a día de hoy.

Pereza en Siroco. Autor: Carlos Cascos

Además, la ciudad que un día fue el origen de grupos tan míticos como Alaska y Los Pegamoides, Nacha Pop, Kaka de Luxe, Los Secretos, Mamá, Siniestro Total, Loquillo y Los Trogloditas o Radio Futura, no parece haber echado el freno en cuanto a talento emergente. “Ahora mismo das una patada a una piedra y salen 50.000 músicos”, dice orgulloso Toñín Beltrán, de Búho Real. Miguel Calvete (El Sol y Siroco) asegura que la música en vivo en Madrid “se ha multiplicado por siete o por ocho, seguro” en comparación con hace treinta o cuarenta años, y que podemos estar hablando de “unos cien conciertos al día” los que se ofrecen en la capital. Una situación que, para sitios tan solicitados como Costello, implica una organización: “Al día recibimos decenas y decenas de mails, y hay que hacer filtro. Es un poco un puzzle”.

Un rompecabezas -y nunca mejor dicho- que requiere de la participación de todos, según Nabor Raposo de Café La Palma: “Es probable que la gente tenga una percepción errónea de las salas. Mi jefe trabaja; no está en una hamaca fumándose un puro. ¿Qué te quiero decir con esto? Que estamos en ese sentido todos a una, que programar no es fácil y que la rentabilidad de las salas depende muchas veces del régimen de contratación o de las producciones que tú hagas”. De hecho, para él se trata de dar en la tecla y conseguir al grupo adecuado en el momento adecuado: “No me interesa tanto traer a Vetusta Morla como descubrir a los nuevos Vetusta Morla”, asegura.

Incluso para sitios como el legendario Café Central, que goza de una gran trayectoria de música jazz tradicional, el lema “renovarse o morir” va a misa: “Nos gusta variar: gente consolidada con un recorrido en el Central ya, pero también gente nueva, desconocida, generalmente extranjeros, y siempre joven (…). Lo difícil es que todo tenga sentido”, cuenta su programador, Javier González.

Las estrategias en cuanto a promoción de este tipo de eventos tampoco son las mismas que antes. Durante los primeros años de La Movida, la libertad de prensa hizo que un considerable número de revistas, fanzines, programas de televisión y emisoras de radio surgieran con el objetivo de impulsar al movimiento. La Luna de Madrid, Madrid Me Mata, Dezine o La Edad de Oro fueron algunos de estos ejemplos. Actualmente, raro es el medio de comunicación que dedica parte de su parrilla o contenido a la publicación de conciertos en directo.

La eclosión de las redes sociales y de Internet en general ha provocado que cada sala tenga su propio canal de comunicación con su público objetivo a través de perfiles en Instagram, Facebook o Twitter. De ese modo, la audiencia potencial que pueden alcanzar es mucho más masiva que la que se podía conseguir en los ochenta, a pesar de que el boca-a-boca ya estuviera de moda en aquel entonces.

 

EL EFECTO ESPEJO DE EUROPA

Pero no vivimos solos y aislados. En un mundo que se caracteriza cada vez más por la multiculturalidad y la mezcla de influencias, no mirar a nuestro alrededor es tarea casi imposible. Y es que, a veces, las comparaciones son odiosas. Si la visita de Andy Warhol a Madrid en enero de 1983 nos situaba en los titulares y las portadas de medios de comunicación internacionales tan prestigiosos como The New York Times, The Herald Tribune o Rolling Stone, podríamos decir que años después hemos pasado a ser, como diría Luis Buñuel, “los olvidados”.

Es la pescadilla que se muerde la cola. No solo los artistas y grupos de música han excluido en numerosas ocasiones a nuestro país como destino de sus giras mundiales, sino que nuestra propia industria musical -en cuanto al directo- se ha ido quedando rezagada en comparación con sus vecinos. Así lo cuenta Ángel Viejo, de Galileo Galilei: “Estamos a años luz de Europa. En los años ochenta, era totalmente distinto. Había una riqueza cultural… Venía gente de Centroeuropa los fines de semana a ver conciertos en Madrid, a ver La Movida. (…) Había algo que atraía, y eso se ha ido amortiguando con un montón de leyes (…), y lo han ido machacando”.

Para Toñín, de Búho Real, la cosa no va tanto de leyes como sí de hábitos o costumbres: “No tenemos la cultura musical de ciudades como Londres o Berlín, donde la gente va a una sala de conciertos sin saber qué hay”, dice.

En el lado opuesto se encuentran los defensores de Madrid como escena musical rica y digna, con Alaska a la cabeza: “Hay complejo de inferioridad en España respecto a la modernidad”, ha asegurado en más de una ocasión Olvido Gara a la prensa. Resulta curioso comprobar cómo ese sentimiento colectivo tintado de ego, orgullo y narcisismo que se respiraba durante La Movida en torno a Madrid, se ha transformado con el paso del tiempo en un sinsentido poco realista para muchos otros. Como afirmó Jaime Urrutia, del grupo Gabinete Caligari, en una entrevista: “Está bien recordar esos buenos momentos, pero cuidado con la nostalgia”.

Alaska pinchando en El Sol

Para Javier González, de Café Central, se trata de ser objetivos y de relativizar. “Madrid, en comparación con sí misma, está creciendo muchísimo. (…) Está al nivel de cualquier ciudad europea y mucho más que otras ciudades de España. Muchos músicos me comentan cómo cada vez somos más parecidos a locales americanos. Nos tenemos que quitar quizás ese temor provinciano”, sugiere.

El problema viene cuando la impulsión o el desarrollo de una escena a nivel internacional no puede producirse por la mera falta de recursos. Según el Estudio de Cuantificación de Datos de las Salas de Conciertos de 2017 realizado por ACCES, la Asociación Estatal de Salas de Música en directo, España se encuentra en la última posición en cuanto a ingresos recibidos por subvenciones, en comparación con los demás países que forman parte de la asociación de salas europeas, Live DMA.

Y es que, a pesar de ser líderes en cuanto a facturación por comida y bebida en barra, la triste realidad es que por parte de las instituciones y del Gobierno, el apoyo que existe -si es que lo hay- no se manifiesta a través de una financiación pública suficiente. Existen ayudas y programas a los que ampararse, pero ni se reparten equitativamente ni son sólidos. Al final, la música y la política van a ir más de la mano de lo que pensábamos.

 

UN SECTOR CASI VIOLETA

Pero es que, además, esa unión es incluso necesaria en según qué casos. La sociedad ha ido evolucionando -para bien y para mal- y un sector tan demonizado como el ocio nocturno no podía ser menos. Hablamos de la cada vez más instaurada filosofía o cultura empresarial contra cualquier tipo de actitud violenta. Desgraciadamente, la violencia de género y, en concreto, las agresiones sexuales son cuestiones que están a la orden del día, y sobre todo de la noche.

Según Isaac Falcón, de la sala Clamores, “eso de bailar y relacionarse con las personas de una forma sana, existe. Puedes hablar con gente y no significa que quieras acostarte con ella; puedes bailar, reírte y ya”. Sin embargo, la cruda realidad es que muchas veces el “No es no” es inútil en este tipo de locales. Quizás sea porque el alto volumen que desprenden los altavoces impide que ciertos seres escuchen con claridad a la primera.

La cuestión es que, por A o por B, las salas de música en directo no han tenido más remedio que subirse al tren de los espacios que se proclaman como seguros y libres de este tipo de delitos. Sí es cierto que primero fueron macrofestivales de la talla de Primavera Sound o Mad Cool los que actuaron como precursores a la hora de aplicar políticas sociales de este calibre dentro de la escena musical en directo. Pero ciudades cosmopolitas como Barcelona o Madrid no han tardado en seguir su estela.

Público en la sala Moby Dick

En el caso de la capital, el 22 de enero de 2019, la entonces Delegada del Área de Políticas de Género y Diversidad del Ayuntamiento de Madrid, Celia Mayer, firmaba un protocolo municipal de lucha contra la violencia sexual con las asociaciones Noche Madrid y La Noche En Vivo. La intención es activar mecanismos y campañas tanto de prevención como de respuesta y atención ante posibles casos de violencia sexual que ocurran en el interior de estos espacios de ocio. Además, el protocolo incluye formación adicional para los trabajadores de los locales en cuestión.

Pero esto es solo la punta del iceberg en cuanto a aplicación de nuevas políticas sociales. En un sector como el de la música en directo, por ejemplo, la paridad de género es de chiste. La asociación MIM (Mujeres de la Industria de la Música), de hecho, surge en 2016 precisamente como colectivo que reivindica la visibilidad de las profesionales femeninas que trabajan en este negocio. Mientras que en áreas como el márketing o la comunicación sí parece haber una presencia más o menos abundante en cuanto a mujeres, en otras más técnicas como producción, luces o sonido, estas brillan por su ausencia -por no hablar de que, si existen, la diferencia en cuanto a salarios es considerable-.

Como curiosidad -representativa o casual-, de todas las personas entrevistadas para este reportaje, sÓlo una es mujer: María Aranda, programadora de Moby Dick. Una sala madrileña donde, por cierto, “hay mucha mujer”, cuenta, “pero no es lo normal”. Para ella, en cambio, no todo es negro hoy en día: “Creo que al principio sí que hay que hacer el esfuerzo de incluirnos, pero luego de manera orgánica saldrá solo”, admite.

 

LA MAGIA DEL DIRECTO

Sin lugar a dudas, cuarenta años dan para mucho. Un saneamiento de las normas era más que necesario en una ciudad como Madrid, sobre todo para estar a la altura de un sector que cada vez se va profesionalizando más a nivel europeo. Y lo mejor es que nada es incompatible. La ley no tiene por qué impedir que se sigan produciendo las mismas sensaciones en el público de hoy en día que las que despertaba una etapa –algo mitificada, también hay que decirlo- como La Movida.

Miguel Calvete, dueño actual de El Sol y fundador de Siroco, no ha podido expresar mejor con palabras lo que muchos pensamos: “La música en directo es de las pocas ofertas culturales que reúne los cinco sentidos. Estamos escuchando y viendo un grupo, normalmente ingiriendo algo como una cerveza, cuerpo con cuerpo rodeados de gente y respirando, en definitiva, un ambiente humano. Estamos hablando de un sentimiento grupal, de pertenencia”.

Y es que las salas de conciertos se han terminado convirtiendo en sitios especiales para las personas. “Hay una pareja que viene a tomarse algo cada vez que cumple un año desde que se conocieron en Café La Palma. Eso es la hostia. Al final, siendo humilde, es con lo que te quedas”, asegura convencido Nabor Raposo.

Si hemos conseguido que esa sensación siga viva en una misma ciudad después de 40 años de cambios, legislaciones y reformas, vamos por el buen camino.

Sidonie en El Sol