Silvia Pérez Cruz nunca repite la misma fórmula. Lo demuestra su nuevo trabajo, “Vestida de nit” (Universal, 17), un álbum en el que dota de nuevos aires a su voz y a su música, dejándose acompañar por un quinteto de cuerdas. Lo presentará en directo hoy mismo en el Suite Festival (Barcelona, Liceu).

Silvia Pérez Cruz caza una idea y le da unas cuantas vueltas hasta desarrollarla, ya sea en una o en varias direcciones. Lo establecido y lo tópico no está dentro de su diccionario. Estudió jazz en la ESMUC y ahí aprendió el valor de la improvisación. “Hasta llegar al punto de improvisar pasas por muchas etapas y a veces tienes que saltarte pasos. La esencia de improvisar es natural, nadie te obliga”. Todo el camino recorrido posiblemente la haya llevado hasta “Vestida de nit”, un disco en el que su voz casa con un quinteto de cuerda. En él confluyen un proyecto que nace de una propuesta del Auditorio Nacional de Música de Madrid y la necesidad de cumplir un deseo de adolescencia. Eso se materializa en una de las canciones más representativas y sorprendentes del álbum, su adaptación de la popular “La lambada (Chorando se foi)”. “El video-clip de esa canción me marcó la infancia. Estaba obsesionada y con el paso de los años quise reivindicar esa melodía más allá de los tópicos de la canción. Lo hablé con Julio Manrique y le pareció una buena idea. Me seduce como los brasileños cantan las penas con alegría. Aunque era una idea muy loca quería hacerla con una estructura de cuerdas, no lo dudé. Sin embargo, para grabarla me tenía que quitar de la cabeza el video-clip y sus bailes de verano, para darle el enfoque que yo quería”. Aunque “La lambada (Chorando se foi)” no es una excepción. Como ya ocurría en “Granada”, Silvia Pérez Cruz tira de la veta de las versiones durante buena parte del minutaje. Entre ellas “Hallelujah” (Leonard Cohen), “Tonada de luna llena” (Simón Díaz) o adaptaciones de temas que ya había grabado previamente como “Ai ai ai” o “Gallo rojo, gallo negro”. “Me voy encontrando con canciones. Son muchas en mi cabeza, y siempre hay algunas que se quedan más tiempo. He entendido que mi relación con ellas va variando. Alrededor suyo pueden pasar muchas cosas y eso me remueve. Las refrescas, las desmontas y les vas dando vueltas en un proceso enriquecedor, porque las canciones son muy generosas”.

En otro artista, este disco podría interpretarse como una obra de ruptura, mientras que en su caso debe entenderse como una consecuencia a los caminos que ha ido tomando su trayectoria. “Sí, yo lo veo como una consecuencia. Antes de llegar a este punto de mi carrera he estado en once grupos, así que casi nada es fruto de la casualidad”. Lo que es evidente es que “Vestida de nit” refleja un momento dulce. En lo artístico es evidente, en lo personal nos lo cuenta ella misma. “Desde hace un año estoy en un momento de paz y muy existencial. Hace poco estaba en casa y llevaba un día en el que todo me salía mal, pero en el fondo sabía que no importaba porque estoy feliz. Haga lo que haya ya me puedo morir contenta y eso es inamovible. Me doy cuenta de cómo he sobrevivido a la presión, a las prisas, a la responsabilidad de estar en una gran discográfica… pero al final puedo transmitir los grandes valores de la vida porque quiero que la gente se sienta viva”. Por eso, el simbolismo de “Vestida de nit”, la canción, suena más sincero, con su lúcida y hermosa conexión familiar. Sus padres la compusieron hace más de treinta años. “Con esta canción he ido a mis raíces, al momento en que la cantaba de niña con mis padres. Creía que nos pertenecía a nosotros y a nadie más. Luego, con los años, tuve un reencuentro muy bestia con ella. Comprendí que era una canción popular, y a partir de ese momento empiezas a compartirla con la gente. Mi padre no se creería que la gente me la pida. La he tocado muchas veces con Joan Antoni Pich y no me cabe duda de que es un bonito viaje”.