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Sometidos a un riguroso (y en ocasiones muy escéptico) escrutinio mediático, estos londinenses liderados por la polivalente voz de Ellie Rowsell parecen haber ido a por todas con su primer disco, cuyo título suena algo pretencioso así, de primeras. Sin embargo, cuando la progresiva seducción de su tracklist surte efecto, ese “Mi amor es guay” se antoja bastante pertinente.

Ellos mismos comentan que Wolf Alice es un proyecto que pretende “hacer pop, sin clasificaciones”. Como eso no dice nada y al final lo de las etiquetas sí que sirve para hacerse una idea de a qué suena un grupo, reescuchamos y reescuchamos y comprobamos que, en efecto, saben jugar al despiste como pocos coetáneos de su espectro, soltando pinceladas de rock operístico de tierras escandinavas (“Turn to Dust”), del sonido superventas yanki tipo Taylor Swift (vuelve a escuchar los estribillos de “Your Loves Whore” o “Freazy” y verás), de noise-rock noventero (los rabiosos puentes de “Lisbon”), de espíritu folkie-gruncheta (“Swallowtail”) y de dream pop (“Silk”), en un cuadro enmarcado con shoegaze.

Demasiados calificativos para lo que es en síntesis, puritito pop. ¿Suficiente para un hype? Sin duda. ¿Para una promesa de verdad? Pues también, porque en este disco hay detalles orgánicos que no pueden ser cosa de la casualidad ni de la post-producción, que son absolutamente geniales y predictores, como las fantabulosas líneas melódicas de “Bros”, la fiereza de las guitarras de “Giant Peach” o la equilibradísima dulzura de Roswell a lo largo de todo el minutaje. Detalles que te inoculan el convencimiento de que este no será uno de esos debuts que queda en la nada.

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