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Su anterior disco, “El espectador”, resulto ser para su autor algo así como esos esperanzadores rayos de luz que se filtran entre los nubarrones tras la tormenta. Pues bien, ahora que el sol luce con fuerza en su imaginario lírico, Julio De La Rosa se desmarca con un tratado sobre dos de las fuerzas vitales que, junto al miedo a diñarla, mueven los hilos del mundo: el amor y el sexo. Ambas no deben confundirse porque, por mucho que puedan ir de la mano, no son ni mucho menos lo mismo. Y Julio que siempre ha sido tan crapulilla como bohemio –puede que lo primero vaya unido a lo segundo- lo sabe muy bien. Tan bien lo sabe que nos lo explica a lo largo de dieciséis canciones en las que despliega el arte de la ironía revestido de una poesía en apariencia sencilla, pero sólo en apariencia pues al excavarla te anuda la sorpresa de la profundidad con la que radiografía el deseo, la vanidad o el desengaño. En lo musical, el álbum nos muestra a un Julio relajado, seguro de sí mismo, conocedor de un estilo propio, ya curtido, que despliega a través de melodías que parecen construidas alrededor del texto y no a la inversa. “La herida universal” es, por tanto, un disco variado que alcanza sus mayores cotas en canciones que van de la tierna delicadeza de “El amor desperdiciado” al ritmo trotón y desenfadado de “Las camareras”. 

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