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Si en su función documentalista el historiador musical Alan Lomax se hubiera detenido en la localidad que Ghost Number & His Tipsy Gypsies se ha inventado para hilvanar su disco debut, Ashdogtown, el resultado de lo recogido perfectamente podría conformar el contenido de este “From Dawn to Dust”. Lo que viene a significar por lo tanto que los donostiarras, liderados por David Pisabarro, aquí presente bajo el pseudónimo “413 ”, tras tres años de historia se presentan en formato largo con un completo, y complejo, muestrario de todos esos sonidos de preguerra relacionados principalmente con el contexto estadounidense. Si ésta siempre resulta una labor singular por lo que tiene casi de función espeleológica, y que hemos visto lucir con talento en gente como Luke Winslow-King, C.W. Stoneking o Pokey LaFarge, todavía se hace más sorprendente que sea un grupo vasco, como le sucede en parte también a Dr. Maha’s Miracle Tonic, el encargado de hacerla. Todos los nombres citados pueden servir por lo tanto, al margen evidentemente de los pioneros de los que se nutren, para situar la propuesta de estos guipuzcoanos.

Una vez ubicada la banda en esa particular atmósfera hay que destacar que lo lógico, o por lo menos a lo que estamos acostumbrados , es a ver intentar trasladarla hasta el oyente bajo un aspecto analógico o por lo menos tendente a fotocopiar ese clima pretérito. Pues éste no es el caso, ya que precisamente se han empeñado en crear una producción realmente potente y vibrante -con esmero en hacer brillar cada uno de los instrumentos- sin quedar supeditada a la vetusta procedencia de su música. Una decisión que descaradamente admite la pretensión de servirse de toda esa herencia pero haciéndolo desde una clara contemporaneidad y sin un ánimo exclusivamente imitativo.

Domina la grabación, en cuanto a su manifestación mayoritaria, un jazz- swing compuesto por toda una riquísima instrumentación (contrabajo, trompeta, violín…) que es capaz de pasear el género por diversas ambientaciones. Entre ellas aparecen las más pegadizas (“Looking for Gold”), con algún despunte ansioso como el de “Dark Night Stomp”, pero también su aspecto sugerente (“Desert Siren’s Song”) o la desértica y tribal “Shady Lady”. La apariencia más campestre se abre paso, también con diversificación de caras, en añejas pero galopantes “murder ballads” como “Something on the Roads”, o bajo la portentosa sobriedad folkie de “My First Happy Song”; una de las joyas de la corono como es “Alone” emergerá con forma de arrebatado y emocionante blues.

Ritmos cadenciosos con esencia latina (“Proud of my Sins”) o el siempre delicioso paso marcado por el vals (“Tipsy Waltz”) completan un lujoso y variado trabajo que expone un amplio abanico de sonoridades surgidas en blanco negro pero interpretadas con todo el colorido que se les puede aportar en la actualidad. Qué mejor manera de celebrar el pasado (musical) que asimilarlo y transformarlo bajo las elegantes y en muchas ocasiones geniales manos de estos guipuzcoanos.

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