Sergio Vinadé dijo para empezar (con acento maño, por supuesto) que estaban en Madrid para tocar unas “cancioncicas”. Y más tarde, ya en el último tercio del concierto, cantaba en “Patinaje”, compartiendo propósitos con sus amigos de Grande-Marlaska, que “se acerca el momento de hacer”. En realidad lo estaban haciendo desde el principio: frescura, energía, velocidad y estribillos a cual más redondo. Pusieron en escena una intensidad guitarrera que ha crecido con su último disco, “Esta vida pide otra”, y que a la vez ha conseguido hacer que suenen más directos y más pop que nunca, poniendo al personal a menearse con “Quemados por el sol”, “Esta vida pide otra”, “Medio normales” o “Protestas pacíficas”, irresistible desde el principio, llevando a su punto más alto unos coros marca de la casa que les muestran en un fantástico estado de forma. Cuando miraron atrás (“Rayos y centellas”, “El golf”, “Nataciones”, “Arriba mi amor” y sobre todo “Amable”), sonaron bien, pero es en el presente de sus nuevas canciones cuando resultaron más convincentes. Un único pero: dejar para el final “El rey del balón”, que en el álbum funciona como cierre, pero cuyo despliegue creciente aquí se quedó a medias.