¿Quien nos iba a decir que volveríamos a encontrarnos con unos Suede tan activos hace apenas cinco años?. Y es que la banda que lidera Brett Anderson lleva girando por el mundo más de un año. A finales del 2012 pisaron Latinoamérica y luego pasaron a Asia donde han ofrecido conciertos en Japón y China; de ahí a la temporada veraniega de festivales, que por cierto les llevó hasta el Cruïlla de Barcelona, y así hasta llegar a esta gira continental de apretadísima agenda. Si anoche estaban en Francia, pasado mañana estarán en Portugal, un auténtico tour de force que nos rememora a sus épicos días de la década de los noventa. Está claro que si han logrado cerrar tantos bolos en salas de respetable aforo es porque todavía son una banda de reclamo. Y seguramente parte de la culpa la tenga su anterior gira, la de presentación de su disco recopilatorio que mostró la buena forma del quinteto después de casi una década fuera de la carretera. Pero seguramente, la razón por la cual les esté yendo tan bien en esta gira, sea su sorprendente nuevo material. “Bloodsports” es sin duda su disco más brillante desde “Coming Up”, y eso nadie lo esperaba.

Centrándonos en lo que dio de si el concierto de Barcelona, hemos de decir que la selección de canciones fue fruto de un milimétrico plan cuyo objetivo era nivelar a partes iguales entre nuevas composiciones, hits de traca y temas inesperados para saciar a los más fans. En principio con esta fórmula clarividente la banda de Londres tenía muchos puntos para dejar una buena impronta en el público asistente, el cual, hay que decirlo, era en su totalidad de los días de la explosión del Brit-pop. Pero se notó demasiado el cansancio –suponemos que físico- de buena parte de la banda. Cierto que el 90 % del peso siempre cae sobre Anderson, pero esta vez, aparte de un marcado hieratismo escénico, los músicos proyectaron una desconexión total con el público, además de interpretar buena parte de los temas a menos revoluciones de lo habitual -Muchas veces substituyendo velocidad por potencia-. Pero nadie puede discutirle la profesionalidad al Sr. Anderson; y aunque por momentos la voz no le respondiese como cabría esperar o incluso tirase de piloto automático a la hora de desplegar su catálogo de poses, su compromiso con los fans no decayó ni un ápice desde que subió al escenario.

Empezaron puntuales y a bajas revoluciones, con un “Still Life” que aun y así les valió la primera ovación de la noche. De ahí a algunos de los mejores momentos de su último LP (“Barriers”, “Snowblind”, “It Starts and ends with You”), de ahí pasaron a una triada ganadora (“Filmstar”, “Trash” y “Animal Nitrate”) que desembocó en “We are the Pigs”, uno de los mejores momentos del concierto. Volvieron a languidecer con dos temas del último disco (“Sometimes I feel I’ll float away” y “Sabotage”). Tras “The Drowners” llegó el momento fan con los temas menos obvios, como fueron “Killing of a Flashboy” y “Darkstar”. Y para la tanda final tiraron del hitparade con “So Young”, “Metal Mickey” y “The Beautiful Ones”. Eso sí, para acabar se marcaron “New Generation” -mucho más recatada que la versión del disco-, como único bis.

En definitiva llegaron, tocaron y se fueron. Nadie dirá que fue su mejor concierto en Barcelona – para la posteridad quedará el de la gira de “Dog Man Star”– pero sí servirá para medir el escaso calado que los grupos más allá del binomio Blur-Oasis han calado en las generaciones subsiguientes al boom del pop británico de los noventa.