Muchos de ustedes vieron a Refused por primera vez sobre un escenario en la pasada edición del San Miguel Primavera Sound. Y tuvieron mucha suerte, sépanlo. Por distintos motivos.

El primero y más evidente fue porque los suecos sonaron como un auténtico cañón, certeros y con toda la fuerza que se les presuponía. El segundo, porque habían podido degustar su breve pero obligada discografía con calma, empapándose de todo aquello que apenas intuímos cuando se despidieron poco después de su último concierto en la barcelonesa sala Garatge hace casi quince años. Y eso sin duda es bueno. Fue bueno para caldear el ambiente y fue excelente para dar confianza a una banda que se mostró sorprendida y sonriente cuando la gente coreaba a grito pelado algunas de las proclamas más directas de su repertorio. Quizás por ello Dennis Lyxzén ya no se vio obligado a justificarse como sí ocurrió en su paso por el Primavera Sound, y cargó las tintas nuevamente en su speaks políticos entre vítores y gritos de aprobación. Lo que podría verse como una postura algo naïf y obvia tras lo que ha sido su carrera con los años, ha vuelto a tomar sentido con lo que nos está tocando vivir en los últimos años.

Que Refused hayan disfrutado del reconocimiento del público en esta gira de retorno se me antoja como uno de los ejemplos de justicia más necesarios desde que se despidieron a finales de los noventa. Los suecos tragaron mucha carretera y dijeron adiós justo cuando el éxito se colaba por las rendijas de una ventana que nunca quiso abrirse del todo. Pero sobre todo lo merecían porque se despidieron en su mejor momento creativo y tras haber cambiado más el fondo que la forma de escena hardcore. El hardcore no cambió de sonido tras ellos, ni siquiera “The Shape Of Punk To Come” ha servido de referencia directa para tantos discos posteriores, pero Refused le abrieron los ojos a mucha gente y a muchas bandas, rompiendo barreras y demostraron que el mensaje y el mundo del hardcore podían tomar otros caminos.

 Lo peor del concierto de anoche fue que el sonido no hizo justicia a los esfuerzos y a la entrega de sus protagonistas. Más allá de los traspiés evidentes (las miradas de sus compañeros le delataron más de lo que seguramente le hubiese gustado) en un par de ocasiones del batería, Refused sudaron la camiseta, se entregaron al máximo sin caer en la autoparodia de los tics del género sobre los escenarios y sobre todo fueron a lo suyo: a sonar como un equipo de verdad. Hubo energía, hubo ese algo especial que fluye cuando la gente ha esperado algo durante años y se lo dan. Con el sonido que tuvieron en el festival del que antes hablábamos, nos hubiesen volado la cabeza, algo que desgraciadamente no ocurrió, pero incluso así no hubo decepción posible.

Refused no están muertos. Quizás estén desorientados, pero están vivos. ¿Hacia dónde irán ahora? Puede que, como dice su propia canción, a ningún sitio. Pero, por favor, que el aburrimiento no les atrape.