Siempre ha estado clara la enorme astucia de Marilyn Manson. El Reverendo justificó con creces su sobrenombre haciendo que las casi cinco mil personas que abarrotaban el recinto hicieran, dijeran y coreasen exactamente lo que él quería y cuando él lo ordenaba. Con una impactante carga visual digna de La Fura Del Baus, el concierto fue desde el primer momento una ceremonia muy profesional. Cada acorde, cada tema, cada modelito, cada caída, cada frase dirigida al público estaban calculadas milimétricamente. Y cuando el agresivo repertorio atisbaba visos de linealidad, como accionados por una palanquita invisible tenían lugar espectaculares trucos escénicos que volvían a la enorme marea humana de cuerpos y brazos al aire literalmente loca: el inicio, con un Manson cubierto por una kilométrica capa, ese pie de micro en forma de rifle, los impactantes zancos, la espectacular plataforma de unos diez metros de alto que iba decreciendo con Manson embutido en una especie de vestido, el traje de Papa tras un púlpito tétrico (con la cabeza del propio Manson en una bandeja), el disfraz de dictador… La música se centró mayoritariamente en los temas de “Holy Wood”, y apenas hubo tiempo para el descanso: entre la brutal entrada con “Irresponsable Hate Anthem” hasta el (único) bis final con “Antichrist Superstar” transcurrió exactamente una hora y cuarto apenas sin respiros (excepción hecha de la habitual “Sweet Dreams”), aunque por momentos la actuación pecaría de lineal, quizás por lo extremo de un repertorio del que destacaron “Tourniquet”, “Fight Song”, “Lunch Box”, “Dope Show”, “The Beatiful People” o su prima hermana “Disposable Teens”. En suma, fue un concierto medido, con un agresivo y preciso repaso de temas de toda la carrera de la banda, con el increíble carisma escénico y la capacidad de agitación de Manson y una puesta en escena muy brillante, pero que dejó en quien escribe la sensación de haberlo visto antes y la duda sobre la parafernalia Manson: ¿farsa, entertainment o algo totalmente en serio?