Para Los Planetas será una pesadilla, pero la idea de montar un festival de música en un idílico parque de atracciones -al que le ha salido un hermano gemelo en el Tibidabo de Barcelona- es una gloriosa ocurrencia. El de Igeldo cuenta con la extravagancia franquista de que a la montaña rusa se le llama suiza, pero sobre todo se le conoce por ser el principal mirador de la ciudad: tiene a un lado las mejores vistas de la bahía de la Concha y al otro se ve cómo el mar Cantábrico engulle al sol. Es realmente maravilloso. Así que no hay grupo que pise Igeldo y que no lance un comentario sobre lo chulo que es todo, como fue el caso de la menuda Angel Olsen. Intentó triunfar por todos los medios (“Os queremos follar”, dijo antes de atacar con la furiosa “Forgive/Forgiven”), pero no era ni el lugar (el escenario grande se le quedó demasiado grande) ni el momento (demasiadas cotorras con mono de Vetusta Morla) para delicatessen musicales. Desubicada, Angel tiene el arrojo, las canciones y la personalidad que se echó de menos en Anni B Sweet que salió con un atrevido vestido sixties a lo Woodstock y sonó, en cambio, tan inofensiva como un hilo musical. La pobre también tuvo que sufrir la dichosa cháchara de fondo.

La única forma de disfrutar de un concierto en silencio era encerrarse en la pequeña sala del Teatro Abandonado. El proyecto House of Wolves del norteamericano Rey Villalobos gira en la órbita de la sensible escuela de Elliot Smith. Acompañado esta vez de un fino batería francés, suyo fue el mejor concierto del viernes. Canciones a flor de piel, emoción absoluta ¡y una escalofriante versión del “Modern Love” de Bowie! En el barullo del exterior Mendetz había puesto al público a bailar con su recreación del hit discotequero “Feed from Desire” de los años 90 y luego vendría el que sigue siendo el clímax de sus conciertos, el festín post-punk de “Futuresex”. Pero tal vez lo más interesante se cocía en el escenario mediano: a Ángel Stanich le bastó arrancar con “Miss Trueno 89” para meterse en el bolsillo a su cada vez más nutrida legión de fieles. “Metralleta Joe”, una vez más, momentazo de su actuación.

El contraste del festival llegó a medianoche. Por un lado, subidos a un extraño escenario con forma de autobús, tocaban los renacidos Purr, grupo donostiarra de los 90 con claras influencias de Sonic Youth y el noise de la época. Nunca salieron del underground porque, entre otras cosas, tampoco entraba en sus planes. Su trayectoria y plan de acción es diametralmente opuesta a la de Vetusta Morla, a los que también se les mete en el saco sin fondo de la música indie. La voz de Pucho, altísima, ahogó al resto de músicos y ya desde la inicial “Deriva” costó oír los instrumentos. El show visualmente es impecable y está lleno de buen gusto. Incluye una espectacular bajada de telón que recuerda al famoso vídeo de “I Feel You” de Depeche Mode. A juzgar por la entusiasta reacción del público, el viernes tocaban Vetusta Morla y luego unos cuantos teloneros más.

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El sábado subieron los decibelios desde primera hora con Mourn y Niña Coyote eta Chico Tornado y el nivel general mejoró sustancialmente. El sol se mantuvo firme y la gente se montaba en los autos de choque, subía a la montaña suiza con cachis de cerveza en mano y jugaba a las tortugas. El parque lucía radiante. El cartel estaba bastante más equilibrado, aunque Yo La Tengo ejerció de imponente cabeza de cartel. Lo bueno y lo malo con el grupo de New Jersey es que nunca sabes lo que te vas a esperar. En Igeldo tuvimos furia (“Ohm”), soul (“Mr. Tough”), graves y bombos demasiados altos, parón y vuelta a empezar para la segunda canción, pinceladas de vieja magia (“Courtenay”), dosis de aburrimiento… Descolocaron a bastantes y maravillaron a los ya convencidos. Como casi siempre, vamos.

Antes cumplieron sobradamente La Habitación Roja (el apoteósico final con “Ayer” justifica todo un concierto) y se lo pasaron pipa Novedades Carminha, que en su versión de “Demolición” de Los Saicos vieron cómo subían a bailar al escenario media docena de enfervorizados seguidores, entre ellos los miembros del grupo local Albert Cavalier. Tal vez el único bluf del día lo protagonizaron los chavales irlandeses de The Strypes, demasiado escorados últimamente al britpop más insulso. Han pasado de emular sorprendentemente a los grupos de la British Invasion a querer ser los próximos Arctic Monkeys. Y no es plan, que ya hay demasiadas bandas subidas a este carro.

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