En 2011 las democracias se transforman en tecnocracias dictatoriales, se quedan con tu dinero y aquí no pasa nada. Ayer se encendía en Madrid la iluminación navideña (tres millones y pico de bombillas, informan orgullosos desde la radio). Salimos a celebrarlo y a ponerle sintonía con la tercera jornada del Festival Primavera Club. En la sala Joy Eslava arrancó con la actuación de Gem Club, teclados, cello, coros femeninos y falsete, muy sentido todo, aunque insuficiente para que alguna de las treinta personas que allí nos citamos picásemos con la compra del disco a la salida, inmunizados como estamos ante la tristeza y la miseria. A continuación Pure X y Sleep ∞ Over intercambiaban integrantes para afrontar de forma diferente un ambient pop igual de inofensivo: si esto es lo que Pitchfork tiene que ofrecer a la hora de hacer balance del último año que me avisen, que yo me borro. De Gary War llevo diciendo cosas bonitas una temporada larga, lo que ha provocado algún que otro gesto de extrañeza y hasta acusaciones de especulación (musical, por supuesto). Hoy, una vez visto su directo, me bajo los pantalones y autoflagelo públicamente: tal vez todo fuera una cuestión de medida (el Círculo de Bellas Artes se le hizo grande, inmenso, colosal), tal vez el de Nueva York no reparó en que puestos a hacerle un homenaje al reverb, no hay nada ni nadie que pueda competir con la dichosa Sala de Columnas. Y así, escondido bajo la melena, rasca que te rasca una guitarra inaudible y sepultado por el chunda chunda pregrabado, se entregó a una orgía de ecos que ocasionó la deserción generalizada por aburrimiento puro y quejas las justas (si acaso unas cuantas caras de decepción, la mía desde luego).
“No sé si esto conseguirá salvarlo ni siquiera John Maus”
, me decía en el interim un colega, porque, efectivamente, con este panorama estaba la cosa como para ponerse en lo peor. Y en estas apareció el profe de filosofía, las dos primeras canciones con el micrófono averiado, en una suerte de estrambótico playback (el CD en el reproductor, saltando de canción en canción abruptamente y sin hacer el mínimo intento por ocultarlo) sobre el que se limitaba a gritar cual cerdo camino del matadero, y unos pocos, aquellos que sabían donde se metían, lo celebraron con el puño al aire. Había dudas si un espacio tan “institucional” como el Círculo de Bellas Artes, tan alejado de los tugurios diminutos y malolientes en los que John Maus ha venido descargando su furia casi hardcore, perjudicaría la puesta en escena. Si, como a su amiguete Gary War, se le haría demasiado grande el espacio entre el performer y su audiencia. Y lo menospreciamos. El triunfo se concretó en ese instante en que mientras unos se volvían hacia el escenario para rociarlo con cervezas voladoras como parte del ritual de la confusión que Maus propone (lo llaman “hipnagogia”), el resto tomó el camino de la salida en un acceso de indignación. Por el momento su actuación ha sido la única de todas las que han tenido lugar en este Primavera Club 2011 que ha generado verdadera división de opiniones, desde los que aplaudimos su genialidad a quienes exigían la pasta de vuelta, y a día de hoy, tercera jornada del festival y en el ecuador del mismo, lo cierto es que no se espera que ningún otro nombre genere tanta controversia. Un cinco estrellas sobre cinco para el que esto escribe, rotundo suspenso para quienes allí se dieron cita atraídos por los cantos de sirena del enésimo hype de temporada y se toparon con el provocador: por supuesto no entendieron nada. A la salida corrían los bulos: “Le han echado del escenario porque iba muy pasado, y el público le tiraba botellas a la cabeza para que se fuera”. En 2011 por un momento un ilusionista consiguió hacernos creer que algo gordo podía liarse alrededor de un escenario y una audiencia de 500 personas. ¡Despierta, coño, despierta!