La sexta edición del BIME Live congregaba en el BEC! el pasado fin de semana a unas 20.000 almas según los datos de la organización. Una aplaudida edición para los más eclécticos (y no tanto para los menos) con la reunión de bandas de estilos muy dispares que iban desde la Electrónica en muy distintas vertientes hasta otros como el Pop, Rock o Folk.

VIERNES

A los bilbaínos Vulk hace tiempo que se les quedó enana la etiqueta postpunk, hacen lo que quieren sobre el escenario. Marciales, afilados, y melódicos en plan Robocop Kraus, pelearon con ganas y golpearon con precisión y actitud en temas como “Back To Night Fight” y “No Muscle”, y sonaron estupendos cantando en euskera. “Behiaren Begirada” (La Mirada De La Vaca), recordó, sobre todo en la parte vocal, a los míticos Zarama. Perros de presa.

The Magic Gang nos enseñaron su casa en Brighton, donde conviven con Pavement y algunos referentes más del poprock indie melódico de los noventa. Su pop de aire naif, aunque se escuchó con agrado, adoleció de falta de garra, virtud que sí apareció en los momentos en los que parecieron querer homenajear a Teenage Fanclub y Weezer. Funcionó muy bien el single “Getting Along”. Entretenimiento inocente.

Uno de los grandes descubrimientos del festival corrió a cargo de Elena Setién, cantante y teclista donostiarra. Dulce y enigmática, con sus canciones de doble personalidad, frágiles y robustas, nos trasladó a parajes helados de luminosa oscuridad, acogedores en sí mismos, donde se confunden continuamente los sueños con la realidad. La etérea “Dreaming Earthly Things” fue uno de los máximos exponentes de su propuesta, y agradecimos también su bonita versión del clásico velvetiano “Sunday Morning”. Oxímoron.

Belako (foto inferior) comenzaron su set potentes, con mucho volumen y ante bastante público, se notaba que era uno de los alicientes del día en un cartel, el del viernes, que carecía de algún nombre que atrajese al gran público. Estuvieron super activos sin parar de saltar y botar sobre el escenario. A cris se la vio muy suelta y disfrutona sin tener que tocar teclas, y Josu no paro de levantar los brazos para animar a la concurrencia. El set empezó en lo musical un poco plano pero se empezó a venir arriba con temas como “Render Me Now”, “Hunted House” o “Sea Of Confusion” que si que brillaron como debían y demostró lo rodados que van con detalles como, Josu rasgando la Strato con una botella de cerveza, dándole un trago y fusilando el riff para terminar. Cris llevaba una camiseta blanca con el numero 86 estampado, antes de terminar su set, comentó que es el numero de victimas que llevamos de año por violencia machista este año y leyó un poema que decía que para las mujeres no hay paz, algo que es necesario reivindicar.  Buen bolo y la gente aplaudió contenta, el final de set ruidista.

John Maus se presento solo ante el peligro. El ecléctico compositor, cantante y profesor de filosofía, se valió de un portátil por el que tiraba las bases y un micrófono con la voz muy efectada para encarar su set. No paro de saltar, encorvarse, hacer headbanging,  golpearse puñetazos en la cabeza y en resumen meterse muy dentro de su propio universo. Y en esta tesitura había que ver si el autor de “Screen Memories” conectaba con una audiencia que en su mayoría parecía bastante ausente y que no llego a meterse para nada en el concierto,  viendo el percal el señor Maus termino su set un poco antes de tiempo, sin pena, ni gloria.

Damien Jurado (foto inferior) lo tuvo complicado. Tuvo que lidiar con la nueva ubicación del escenario Antzerkia (Teatro), un entorno menos agradable que en años anteriores. El murmullo infernal proveniente de una barra cercana, con el añadido del ruido de botellas de vidrio cayendo en un contenedor, deslució su intento de concierto acústico. No obstante, tuvo tiempo de recrear historias repletas de una calma mágica como “1973”, con la inestimable ayuda de su guitarrista acompañante, quien ofreció una masterclass de sutileza. Tras unos cuarenta y cinco minutos, el cantautor de Seattle, visiblemente enfadado, dijo “Me tengo que ir”. Y se fue. La maldición de Damien.

Slowdive (foto inferior) lo bordaron. Casi treinta años después, siguen emocionando con su clase y elegancia. Conquistaron un territorio aparentemente hostil, con gran cantidad de público paracaidista y atento a cualquier cosa menos a la actuación. Desplegaron todo su arsenal de guitarras cristalinas, ritmos repetitivos, atmósferas psicodélicas y melodías deliciosas. La maravillosa “Sugar For The Pill” se hizo fuerte y sobrevivió en la tierra de las tormentas eléctricas, el kraut y el postrock, hasta encontrarse con su hermana mayor “Crazy For You”. Predicando en el desierto.

Tiene pinta de que Editors (foto inferior) nunca volverán a editar discos de la categoría de “The Back Room” o “An End Has A Start”. Ellos lo saben, nosotros lo sabemos, y ahora lo saben las paredes del BEC.  Siguen publicando algunas buenas canciones, pero su trayectoria se ha tornado irregular. Comenzaron bastante bien con “Cold”, seguida del desparrame guitarrero a lo Muse de “Hallelujah (so los)”, pertenecientes ambas a su último trabajo, el desigual “Violence”. Atacaron pletóricos “An End Has A Start” y “A Ton Of Love”, con el vocalista Tom Smith desatado (su voz se mantuvo impecable toda la noche) y devorando al resto de la banda, para caer de repente en un agujero de épica sosa e intrascendente que casi nos condujo al sopor. Por suerte, no llegaron a tocar fondo y remontaron el vuelo gracias a imprescindibles como “Blood”, y a una de sus composiciones recientes más destacadas, la certera “Magazine”. Se despidieron de manera memorable con la gloriosa “Smokers Outside The Hospital Doors”, emotivo epílogo coreado por una masa entregada. Siempre nos quedará Munich.

Yung Beef (foto inferior) nos trajo su escenario jaula al nuevo espacio de este año, Goxo. Dentro del escenario jaula se coloco  Brat Star, la Dj canadiense que siempre acompaña a Fernando Galvez, y abrió el concierto pinchándose unas canciones traperas para caldear la cosa. Se palpaba la emoción en el ambiente y la gente estaba con ganas de swag. Yung Beef, de riguroso negro y con el pelo suelto, se subio a la jaula junto con Hakim, su colaborador habitual y animador, para la locura del personal. La gente que rodeaba la jaula se comenzó a arremolinar en la parte delantera que es donde sonaba todo más gordo, y al once, y no paro de bailar y brincar en todo el bolo, cayeron un par de reggetones que nos hicieron perrear de lo lindo y se formo un pogo bien caliente en los temas más trap. Fernando y Hakim gritaban sobre voces pregrabadas con una actitud muy punk y arengaban constantemente a la audiencia. Cayeron entre muchos hits “Me Perdí en Madrid”, la emotiva “Guns ‘n’ Roses” y termino con el temazo que es “Ready Pa Morir”. Diversión y victoria.

Aphex Twin (foto inferior) es una leyenda de la electrónica y como tal pichó su sesión desde lo mas alto de una palestra muy alta. Su escenario comandado por luces led de colores verdes, lasers y unas pantallas  que mezclaban oníricamente imágenes a tiempo real de la audiencia con efectos psicodélicos, se mostró imperial. Muy trabajados los visuales del ya mítico Richard Davis James afeado y disfrazado de cheerleader. La sesión no apta para todos los públicos mezclo diversos generos, como algún que otro dancehall enmascarado de ruido o electro de glitches más a piñon que poco a poco fueron provocado el subidón buscado por la concurrencia.

SÁBADO

Australia, ese lejano lugar con un millón de bandas musicales interesantes por metro cuadrado, casi nunca defrauda. Rolling Blackouts Coastal Fever tampoco lo hicieron. Facturaron un pop anguloso, con muchos matices, directo y ejecutado con fiereza y dinamismo. “Talking Straight” y “Mainland” resultaron buenas muestras de todo ello, con esa maraña de riffs impolutos y estribillos de combate. En las antípodas del aburrimiento.

El neozelandés Ruban Nielson, líder absoluto de Unknown Mortal Orchestra, parece tener en su cerebro un batiburrillo interesante e inquietante. Cada canción que iba proponiendo se esforzó enormemente por no parecerse a la anterior, lo que convirtió el set en un puzzle de complicada resolución. Tiró de psicodelia progresiva y de soul amable. con fortuna dispar, acertando más cuando se puso hardrockero y enérgico, (“American Guilt”), demostrando que a pericia instrumental pocos le pueden ganar. Encuentros en la tercera fase.

Mark Kozelek, disfrazado de Sun Kil Moon (foto inferior), ejerció más de maestro de ceremonias y predicador que de cantante al uso. Con un discurso inabarcable, al de Ohio se le fue la mano con el mesianismo extremo. En poco más de una hora, solo despachó cinco o seis temas, alguno de ellos convertido en letanía interminable. Lo mejor fue la intensidad de “666 post” y el final con la fenomenal “Dogs”, que se hizo corta sin necesidad de ser comparada con sus predecesoras. Antiguo y Nuevo Testamento.

La languidez de la propuesta de Kurt Vile no termino de arrancar de su letargo y convencer en Barakaldo. Kurt tocando guitarras acústicas y eléctrocas con su largo y rizado pelo cubriéndole la cara y con varias capas de ropa que fue quitándose poco a poco, predominando la camisa a cuadros de leñador, estuvo amable y no paro de lanzar grititos suaves y, a decirnos que nos quería pero este amor no se vió del todo correspondido. El y su banda de multiinstrumentistas solventes, los violators, que simultaneaban roles de teclas, bajos y guitarras eléctricas encararon el repertorio con una tranquila “Loading Zones”, mostraron detalles acústicos interesantes y lirica escapista en “Bassackwards”. Dentro de que el bolo nunca termino de llegar a una segunda marcha, consiguieron una epica mágica contenida en “Magic Skinny”. El hit “Pretty Pinpin” arranco algunas reacciones y “Walking on a pretty day” enfilaron el concierto hacia un final acústico y en solitario que pareció un poco fuera de lugar. Esperábamos más de este bolo, una pena.

Stephen Malkmus (foto encabezado) saltó a un escenario principal austero, sin darse ningún tipo de importancia pero brillando con una presencia escénica muy naturalista y desafectada. A las primeras de cambio sonaron maravillas como la cañera “Bike Lane” de su reciente y brillante “Sparkle Hard”. Con una banda suelta y que no paraba de mirarse buscando complicidad, Stephen dio rienda suelta a un salvajismo un poquito torpe, llevándose en numerosas ocasiones la guitarra detrás de la cabeza para ejecutar arreglos o para meter ruido. No paraba de transmitir una dejadez con un savoir fair muy sexy en cada uno de sus movimientos, bailando con un estilo distendido y suelto o tomando la guitarra en su regazo como a un bebé.  Con números como “Stick Figures in love”  se acercaron a una suerte de rock progresivo desafectado como muestra de su mezcla imposiblemente posible. Parecía que por momentos el objetivo de sus arreglos era auto-sabotearse para huir de la épica típica. Encararon el último tercio del concierto con una “Solid silk” con un arreglo ascendente precioso de piel de gallina. Una bastante country “Refute” con la bajista haciendo de Kim Gordon nos llevo a una muy bonita “Middle America” y a un cierre de set con una “Stereo” de Pavement super enérgica y una buena sarta de aplausos al terminar.

No sabíamos lo que nos íbamos a encontrar viendo y escuchando a la cantante y bailarina sueca Ionnalee, y he de decir que nos sorprendió gratamente. Diva total, luminosa y sugerente, se mostró sola ante el peligro, con el único soporte de un dj y de una pantalla que proyectaba imágenes futuristas de robots y nebulosas. Pop electrónico y techno a todo trapo se dieron la mano y caminaron un largo trecho, deteniéndose cada cierto tiempo para poder bailar a gusto. Lady Gaga en Eurovisión.

MGMT (foto inferior) terminaron erigiéndose como el gran grupo triunfador del BIME 2018 por seguimiento popular y por su sentido desprejuiciado del espectáculo. Visualmente, la puesta en escena fue apabullante. Una pantalla gigante no se cansó de emitir imágenes coloristas, algunas remitiendo a los recomendables videoclips de la banda norteamericana, un muñeco hinchable y también gigante presidió la ceremonia a partir del ecuador de la función, y la iluminación no pudo ser mejor. Musicalmente, no todo el monte fue orégano. Empezaron a toda pastilla con “When You Die” y uno de sus mayores éxitos, “Time To Pretend”, con la gente ya entregada por completo a la causa. Sin embargo, más tarde transitaron por una especie de psicodelia insulsa e inofensiva, hasta que nos brindaron una pareja magistral integrado por la oscura y neogótica “Little Dark age” y por la opulenta “Weekend Wars”. Un poco más de linealidad sin gracia después, cerraron con la resultona y pegadiza “Me And Michael” y con la inevitable “Kids”, megahitazo infalible que alargaron en exceso. Hedonistas sin fronteras.

Esperábamos al cantautor sueco-argentino José González (foto inferior) arropado por una orquesta pero nos encontramos con un escenario con una banqueta, un micro y dos guitarras clásicas. Jose arrancó el solo con una magia indescriptible y arpegiados que describían bucles que inducían a al trance. Haciendo fácil lo difícil y ante una audiencia silenciosa, muy receptiva y respetuosa en un escenario antzerki menos intimista , por la distancia de la grada al escenario, desgrano temas de sus tres discos en solitario Destacaron  sobre todo los temas de “Veneer” e “In your Nature” empezando por “Lovestain”,  o una muy intensa “Crosses”. Agradeció tímido y en castellano los merecidos aplausos y comenzó a concatenar hits como sin prisa despachando, temazo tras temazo, una “Vestiges and Claws” con un final extendido y africanizado muy venido arriba, una “Down The Line” muy percutiva y una “Cyclin Trivialities” preciosa e intima. Con la versión de Massive Attack “Teardrop” recrea el ambiente de la original con el mínimo de elementos pero sonando máximalista, la gente aplaudió como si no hubiera un mañana.  En la recta final encandiló con una “Killing for love” también africanizada en su final y termino con una preciosa “Heartbeats” en unos bises muy solicitados. José el mago.

Los islandeses Gus Gus, ahora dúo, no alardearon de puesta en escena. Lo suyo fue la sobriedad y la discreción, mezclando techno cañero con house más ambiental, y con el cantante Daniel Agust siendo protagonista principal junto a sus contagiosos bailes y contoneos. No faltó a la cita su ya lejano cuasihit “David”. Concretos y sintéticos.

El final de festival estuvo marcado por la electrónica. En primer lugar, el británico Jon Hopkins, que llegaba con su nuevo trabajo “Singularity” bajo el brazo, dejó buena muestra de su originalidad y ofreció un live potente, metiéndole a los temas alguna marcha de más que en las producciones originales. Jugando con momentos hipnotizantes y calmados con otros explosivos y bailables, dejó un buen sabor de boca. Y en segundo y último lugar, para el final de fiesta nos decantamos por Nina Kraviz (en detrimento de Four Tet a quien ya habíamos visto en varias ocasiones en los últimos años) y lo cierto es que nos llevamos un buen chasco. Hemos seguido a la artista rusa desde su aparición estelar en la escena internacional hasta hace un tiempo, y no imaginábamos su actual tendencia (según nos contaron) hacia un techno tan duro y tan subido de bpms. Simplemente cuestión de gustos o, mejor dicho, del momento. Así que por desgracia, nos despedimos mucho antes de lo esperado del espacio “Gaua”, que había empezado horas antes con un set con clase e impecable (a pesar de los problemillas que le ocasionaron los platos) del DJ local Alain Elektronische, jugando con la electrónica de carácter disco más orientada para la pista de baile.