Ver a Bflecha abrir en Madrid para Javiera Mena parecía una ocasión perfecta para comprobar si la conexión entre ambas se sostenía más allá de algún momento puntual del notable primer álbum de la viguesa Belén Vidal. La respuesta llegó rápido, con un concierto que tuvo más que ver con Rustie o Hudson Mohawks que con una versión más accesible y pop de sí misma, lo que se tradujo en una cierta frialdad al otro lado del escenario.

Le costó conectar con el público, que en realidad estaba a otra cosa, aunque a esto también contribuyó que su voz no llegase todo lo bien que debería. Apenas “A Marte” y “B33”, con esas “ecuaciones para cruzar el cielo tú y yo”, lograron enganchar mínimamente al personal. Una lástima, porque, a pesar de los problemas, ofreció argumentos de sobra para seguir defendiendo su propuesta como una de las más interesantes que ha dado la escena nacional en los últimos años.

Después, por no entretenernos, el delirio. Así, sin más. El salto que Javiera Mena ha dado con “Otra era” es importante en términos cuantitativos -otra cosa es que sea mejor que “Mena” (2010), que no lo es-, situándose como una de las figuras indiscutibles del pop en español. Pero de poco serviría esto si la chilena no manejase su estatus con la lucidez que evidenció a su pasó por el “Ocho y Medio”: ejerció a ratos de DJ, se mostró cercana, arengó al público, se desenfundó en parte el mono dorado que la cubría, activó el modo karaoke en no pocas canciones y terminó despidiéndose del público haciendo una foto a la abarrotada sala que durante hora y cuarto se agitó sin tiempo para tomarse un respiro.

También bailó, porque a fin de cuentas éste es un elemento esencial en su último disco, algo que quedó subrayado en directo con el concurso de las bailarinas de Les Filles Föllen, que de forma casi ininterrumpida acompañaron esta hedonista -y por momentos verbenera- puesta en escena, con especial mención para la lucha de chicas en la lúbrica “Espada”, en una suerte de “Star Wars” lésbico que puso los móviles en el aire para inmortalizar la escena. No sería el cuerpo de baile de Madonna o Kylie Minogue, pero poco importa cuando resultó tan vistoso como apropiado para la descarada apuesta bailable de este tercer álbum. Eso sí, llegó un momento en que tanto movimiento provocaba incluso una sensación de hiperaceleración, con la incógnita de cómo funcionaría este repertorio en versión más pausada. En todo caso, la Mena de este momento es, por encima de todo, una nueva estrella del pop electrónico, que puede mirarse en el espejo de Robyn, pero también en el de Junior Boys, The Knife o, si se tercia, Cut Copy, sin dejar de lado su pasión por el italodisco.

Tampoco abandonó su faceta más kitsch, primero recreando el “Ritmo de la Noche” y, para terminar, con ese “Yo no te pido la luna” que triunfó hace tres décadas en el Festival de San Remo.
De “Otra era” a “Esa fuerza”, y de “La joya” al pop gimnástico de “Sincronía, Pegaso”, sin olvidar el celebradísimo dúo con El Guincho en “La carretera”, el concierto se convirtió en una fiesta en la que no hubo lugar para los matices -si acaso, el momento ‘introspectivo’ de “Quédate un ratito”, precisamente lo más prescindible de la velada-, arrinconando la sensibilidad de antaño para ceder el paso a un trazo grueso que no necesariamente ha de interpretarse en el peor sentido. Todo lo contrario: una espléndida oportunidad para dejarse llevar, tomar la noche y vivir un placer culpable.