Bueno, antes de empezar, conviene no olvidar que el que esto escribe los veía por primera vez. Es más, el que esto escribe debería recordar que se quedó en el “Pop War” (2012). Para más inri, mi canción favorita de aquel disco era “Monarchy Madness”: un minuto y treinta y seis segundos que probablemente no fueran el mejor ejemplo para revelar de qué iba el resto del disco, y, por extensión, el proyecto musical de los Imperial State Electric.
O quizás sí.

Porque tampoco podemos pasar por alto que esto es un invento de Nicke Andersson. Es decir, un tío al que lo mismo relacionas con Entombed que con The Hellacopters que con Cold Ethyls, la banda de la que precisamente proviene ésta de la que hablamos ahora. Empezando de derecha a izquierda: versiones de los 70, high-energy y death metal. Pídeme un ejemplo de diversidad musical y seguro que el primero que se me ocurre es éste. Esta pluralidad ya se apreciaba en aquel remoto “Pop War”, donde jugaban al despiste con los géneros de tal manera que, al final, te quedaba como un regusto a raíz, a la esencia, a la tierra húmeda que encuentras cuando escarbas. Era un disco inquieto, efervescente, lleno de guitarras traviesas, mandobles directos a los parches, estribillos pegadizos, coros espumosos y contoneos de cadera. Precisamente, de todo eso, tuvimos una buena ración en el Satélite T de Bilbao, local en el que se presentaron el domingo en horario matutino para cumplir con otra etapa de la última gira que ha traído (está trayendo) a los Imperial State Electric por aquí abajo. Acababan de llegar de Quintana Martín Galíndez, Burgos, donde actuaron en el festival Valle de Tobalina; y a fe que debieron hacerlo bien porque los mensajes entusiasmados llegaron hasta de medianoche, cuando el que esto escribe estaba ya pensando más en calcular ovejas que en leer whatsapps.

Imperial State Electric empezaron su concierto bastante puntuales, en un recinto repleto y comprometido con la causa desde el primer acorde. Abrieron, además, con “It Ain’t What You Think (It’s What You Do)” del “Honk Machine” (2015), que es como contestar antes de que te pregunten: guitarras, nervio, estribillo repetible y ya está conseguida la conexión con el público. Así que el resto entró fresco y directo, sin trabas ni freno. Una exhibición eléctrica, donde pasaron sin problemas del power pop menos indolente al rock de tonalidades setenteras, pasando por el garaje húmedo al estilo Grande Ballroom y llegando hasta regalarnos un poco de r’n’b resultón. Todo esto imantado por una buena colección de riffs y punteos y ribeteado con melodías de las que se cantan con el ceño fruncido. No hacen falta más etiquetas ni géneros ni definiciones al uso, ni tan siquiera más licencias literarias como las que se gasta el que esto escribe, para describir el directo de esta banda. Al final del concierto, la cara de satisfacción de la peña reflejaba bien claro que compartían, en general, esa sensación de goce instantáneo que se te queda impregnado lo mismo en los surcos de sudor de las sobaqueras que en los pliegues interiores de la consciencia. Es efímero, se va, pero lo que dura, dura con plenitud.

Visto desde lejos, es tentador resumir un concierto de Imperial State Electric como un todo bien apelmazado, como un empeño continuo por vigorizar el poder de las guitarras y endulzarlo a base de melodías penetrantes; pero, en realidad, todas las canciones tienen un matiz distinto, que es lo que origina esa pluralidad o diversidad de la que hablábamos al principio: Tobias Egge abriendo “Empire of Fire” en una gama diferente, el viaje al pasado con “All through the Night” o una “More than Enough of Your Love” presentada como la última oportunidad de bailar, y puede pasarte que, al final, te das cuenta de que sí, estabas bailando, incluso aunque no te muevas. Son solo tres ejemplos. Pero hubo más detalles que lucen una crónica y es, por lo tanto, obligado incluirlos aquí, como destacar la fogosidad y empatía de un Dolph de Borst que soltó el bajo para cantarse, con el micro incitando al público, una vibrante y contagiosa “Reptile Brain”. Y, por supuesto, el que esto escribe no puede terminar de escribirlo sin destacar el final apoteósico, donde incluyeron, además de cosecha propia, versiones bien ejecutadas del “Fortunate Son” de Creedence Clearwater Revival, el “(Why Don’t You) Leave It Alone” de Ba Ba Thomas, o el socorrido “Sonic Reducer” de Dead Boys. Pusieron el broche con coreografía instrumental, guitarras enhiestas, una buena sudada, y la gente, relajada a pesar de todo, abandonó el local como mirando para atrás por si volvían a salir, que ya podía haber sido, pero no fue. Fuera, quedaba un día soleado que parecía invitar a continuar con el entusiasmo.