Algo desprende el inconfundible olor a la naftalina y no es sólo el enorme guardaropa que demuestra poseer Axl Rose durante las más de dos horas de bolo. Algo atufa a rancio, a pasado de moda, y me temo que lo has adivinado. Lo que huele tan mal no es otra cosa que el concierto de Guns n Roses en su totalidad. La puesta en escena, con ese escenario circular con escalinata y plataforma elevada para dar protagonismo a una batería enorme; los fuegos de artificio que irrumpen en escena desde el minuto uno; las clásicas carreras sobre el escenario de los tres guitarristas –numero a todas luces innecesario- que también tendrán sus momentos de gloria ejecutando esos clásicos solos de guitarra en busca de cierto reconocimiento que el verdadero fan de la banda, jamás les otorgará; la pinta caduca del propio Axl Rose, más próxima a la del mítico luchador de wrestling Hulk Hogan que a la del jovencito con falda escocesa y botas miltares que asombró a medio mundo desde las cloacas de Los Angeles. Ahora lo único que asombra es la cantidad de veces que desaparece del escenario para refugiarse en una especie de tienda habilitada en un lateral, no sabemos si para inhalar oxígeno puro, además de para cambiarse constantemente de camistea y chaqueta, pero sobre todo de sombrero. Vaya que no dudo en catalogar el concierto de enorme despropósito, aunque eso sí, bastante simpático. Pues aunque todos sepamos que el huraño y taciturno cantante se ha grangeado una aureola de borde y maniático redomado, hay algo en él que provoca cierta simpatía. Puede que sea ese halo de perdedor que desprende, ese anacrónico querer resucitar un cadáver que no sólo atufa sino que es imposible de reverdecer. Y eso, que es una evidencia para todos, Axl se niega a admitirlo y lucha con todos los medios por revivir los viejos buenos tiempos, aunque la gasolina no le de más que para marcarse esas clásicas danzas con el pie de micro y poco más. En cuanto al set list, lo previsible. Indiferencia ante las nuevas canciones, un buen puñado de clásicos para contentarnos a todos y otro buen número de versiones más bien obvias como “Another Brick On the Wall” o “Whole Lotta Rosie” y así hasta completar un cita que no por esperada y demorada resultó menos fallida. Entrañable, pero fallida.