En el mundo de la tauromaquia todo el mundo sabe que las grandes faenas se recuerdan sobre todo por la plaza en la que se realizan. No es lo mismo llevarse las dos orejas y el rabo en las fiestas patronales de Alfaro, que hacerlo en la gran plaza de Las Ventas de Madrid en pleno San Isidro. En el mundo de la música la sala también importa, aunque el momento más o menos dulce en el que se encuentra el grupo suele hacerlo mucho más. Claro que si se dan los dos requisitos el concierto quedará para el recuerdo de banda y aficionados.

Sidonie están a nivel escénico en el momento más dulce de su carrera. Sorprendidos por la buena acogida de las canciones de su último disco “Sierra y Canadá”, han estado tocando con la mejor alineación que han tenido nunca, siendo tanto Edu Martínez al teclado y Marcel Cavellé a la guitarra, los mejores escuderos que el trío maravilla han tenido jamás. Se han adaptado perfectamente a su propuesta y han fortificando el sonido que llega a la platea mucho más grueso y empacado que nunca. Si a eso le añadimos que han llegado a este final de gira con casi un centenar de conciertos a sus espaldas, la gran faena en la Razzmatazz estaba aseguraba.

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Todo jugaba a su favor y lo cierto es que salió como debieron imaginarse los propios Sidonie en el mejor de sus sueños. Lástima que la sala, pese a contar con una excelente entrada, no alcanzara el mismo “sold out” que sí habían logrado en La Riviera de Madrid un par de días antes. Ya sabemos que Barcelona es una plaza mucho más dura, aunque sea un pequeño detalle que no debería empañar una actuación que cabe calificar de triunfo. Sidonie salieron a por todas y descargaron su habitual batería de hits, sabedores que son capaces de lograr que en cada uno de sus discos haya al menos tres temas con el componente de enganche pop suficiente, para dejar huella y provocar la interacción con el público. Da igual que el tema adquiera tintes de psicodelia como “El Bosque” o navegue por las aguas del rock’n roll más clásico como “El Incendio”. Siempre salen airosos y logran que el estribillo penetre y provoque que su público reaccione sin la vergüenza que habitualmente los atenaza en los conciertos de otros grupos. Y esa es una de las claves que juegan siempre en los conciertos de la banda catalana. La fiesta que transmiten desde el escenario cala en el respetable, que se contagia de ese buen rollo y entra al trapo en todos los trucos escénicos que la banda proponga. Si quisieran lograrían que la gente saltara a la pata coja.

Fin de gira y fin de la fiesta en una gran noche jugando en casa. Un bolo que acabó con la banda al completo tocando en la calle subido al techo de una furgoneta, como broche fantástico a una de esas faenas que se recordarán no solo por las orejas y el rabo, también por haber hecho que el Razzmatazz cobrara la dimensión de las grandes gestas.