Y entonces, cuando creíamos que lo peor había pasado, se nos murió Leonard Cohen. Nada más sacar nuevo disco, “You Want it Darker” (Sony, 16). ¿Les suena? Tenía 82 años y nos habíamos hecho a la idea de que viviría siempre.

Su nuevo trabajo, el decimocuarto (saludado ya como obra maestra) venía encabezado por un título premonitorio que, de nuevo, nos negábamos a creer. ¿Más oscuridad? No, por favor. Siniestra traca final de un año terriblemente doloroso para melómanos, mitómanos, poetas y seres humanos decentes en general. Crucemos los dedos, porque 2016 no ha terminado.

Parece otra escenificación macabra al estilo de la de Bowie. Apenas hace unas semanas, había dado una rueda de prensa en Los Angeles con su hijo y productor Adam Cohen, admitiendo que lo de “Señor, estoy preparado” de “You Want it Darker”, era una exageración. Su aspecto era frágil, pero razonablemente bueno. “A veces, me pongo dramático”, dijo a los periodistas con una de sus sonrisas de viejo zorro, respecto a esa frase ominosa. Ninguna sospecha de enfermedad o algo parecido. Había elogiado también recientemente el controvertido Nobel de Dylan. “No hay voz mayor que la suya”.

Aunque la carta a su musa y antigua amante Marianne Ihlen de este verano parecía una premonición (“Nuestros cuerpos se caen a pedazos y te seguiré muy pronto”), Cohen nos había despistado, con su elegancia habitual. Otra vez. Genio y figura hasta que todo se hizo negro de verdad, pocos artistas han generado mayor consenso y simpatía entre el público más diverso y los músicos más variopintos. Sus canciones no tenían ninguna impostura y llegaron al corazón de gente muy diversa. Sólo los clásicos consiguen este milagro.

Había nacido un 21 de septiembre de 1934 en un barrio bien de Montreal (Canadá). Criado en una familia acomodada, era anglófono y judío en una comunidad mayoritariamente cristiana y francófona: Llevaba, pues, la heterodoxia e ir contracorriente en la sangre. Pero sin estridencias. Licenciado en Literatura, su vocación poética le vino prematuramente, y ya en 1957 grabó sus poemas en una antología de poetas canadienses para el sello Folkways: “Six Montreal Poets”.

 

De la poesía a la canción

Cuando se mudó a finales de 1966 a Nueva York para probar suerte como cantante en la vibrante escena local, había publicado ya cuatro libros de poesía (“Let Us Compare Mithologies”, “The Spicebox of Earth”, “Flowers For Hitler”, probablemente el más conocido en España porque ha sido publicado en más de una ocasión, y “Parasites of Heaven”), así como un par de novelas vagamente autobiográficas (“The Favourite Game” y “Beautiful Losers”). Albert Grossman, representante del consagrado Dylan, entendió su potencial como nueva incorporación del lenguaje beatnik al rock, y le grabó su primer disco en 1967, bajo el sucinto título de “The Songs of Leonard Cohen”. Con él, empezaría la larga relación de Cohen con Columbia. Considerado todavía como uno de sus mejores trabajos, contenía joyas eternas como “Suzanne”, “Sisters of Mercy” y “So Long, Marianne” (dedicada a la mencionada musa), que calarían muy hondo en toda una generación de melómanos inclinados a una melancolía culta y serena. Sin aspavientos, pero con toda la profundidad posible. Haciendo de la majestuosa sobriedad su libro de estilo, en canciones de amor eternas. En la época en que los discos venían acompañados por comentarios, William David Sherman escribía: “…Dolor, pérdida, miedo, culpa, soledad se admiten sin vergüenza; sin embargo, no hay traza alguna de auto-compasión o postureo irónico. La única política admitida es la política del amor. Al final, las canciones son religiosas, en el más profundo y místico sentido de la palabra. La intensidad es grande, la pasión, auténtica…”.

Con su voz profunda y monocorde acompañada por una guitarra acústica, Cohen parecía conocer y revelar los secretos más recónditos de la condición humana, y se colocaba en ese espacio tan raro que queda más allá de modas. En la forma espartana de sus canciones, fue comparado con artistas europeos de alma torturada y melancólica como Jacques Brel, aunque la imaginería de sus letras, asociada a la revolucionaria poesía de los generación beat de los 50, iba mucho más lejos. Como acababa de conseguir Bob Dylan con una secuencia de discos asombrosos, Cohen hizo definitivamente adulto el lenguaje del rock, con su infatigable búsqueda de la escurridiza verdad a través de la canción perfecta.

Su éxito entre el público culto (más en Reino Unido que en el difícil mercado norteamericano, cierto) le llevó a centrarse en la producción discográfica que, además, le servía para seguir explorando su inagotable talento con las palabras (sí, snobs del Nobel: Se puede ser poeta y cantante a la vez), dejando de lado la poesía (aunque en los 70 publicaría también “The Energy of Slaves”). “Song From a Room” (1969), grabado en Nashville para empaparse de la tradición local, con canciones como “The Partisan” o “Bird on the Wire” (versioneada por Joe Cocker con gran éxito comercial), le abrirían definitivamente las puertas de un público masivo. En 1970 llegaría “Songs of Love and Hate”, que incluía “Joan of Arc”. Cohen diría con su particular humor que les llevaba diez años al resto de músicos de la escena. Quizá por ello, cantaba con una autoridad reservada a gente con cierto recorrido vital.

 

Bronca con Phil Spector

En la primera parte de la década encontramos el primero de sus paréntesis discográficos, interrumpido sólo por el directo “Live Songs”. Con “New Skin For The Old Ceremony” (1974) engrosa su catálogo de canciones incontestables: “Chelsea Hotel” (dedicada a la mártir del rock Janis Joplin) y “Who by Fire”. Durante esos años, agradece el interés del público europeo tocando frecuentemente en Reino Unido y otros países, incluyendo España (en Madrid, en el teatro Monumental, en 1974) o incluso Israel, con varios conciertos en bases militares (lo que se diría hoy en día si a alguien se le ocurriera). En 1975 se publicaría el primer recopilatorio de su cancionero, que parecía preparaba el impulso a una nueva obra magna. Desgraciadamente, el sonado desencuentro que tuvo en 1977 con el productor estrella (e insufrible ególatra) Phil Spector, arruinó las posibilidades de “Death of a Ladies Man”, del cual renegó con vehemencia el propio artista.

“Recent Songs” (1979) y “Various Positions” no llegaban al nivel de antaño, pese a que en este último disco están las monumentales “Dance Me To The End of Love” y “Hallellujah”. Cohen buscaría consuelo en la literatura e incluso en el cine (con la película “I Am A Hotel”), pero no fue hasta 1988 cuando recuperaría su poder en toda su expresión.

El lúcido desencanto no exento de humor y sarcasmo (aquella foto con un plátano de la portada) de “I Am Your Man” (1988) trascendía incluso aquellos extraños arreglos ochenteros que nuestro hombre se empeñó en utilizar una y otra vez desde entonces. Aquella gloriosa frase inicial de “They sentenced me to 20 years of boredom for trying to change the system from within” (“me sentenciaron a 20 años de aburrimiento por tratar de cambiar el sistema desde dentro”) de la enorme “First We Take Manhattan” prometía grandes cosas: Y luego venían, claro, “Take This Waltz”, la eterna “Everybody Knows” o el cierre de “Tower of Song”.

Cohen incorporó nuevos e insospechados acólitos. Su prestigio ya no decaería, sino todo lo contrario. Tres años después, la escena alternativa con R.E.M., Nick Cave e Ian McCulloch al frente le dedicaría el recopilatorio “I´m Your Fan”, uno de los más disfrutables de toda la década.

 

El budismo como filosofía de vida

El apreciable “The Future” sería el único disco del canadiense en los 90, más allá de recopilatorios y algún directo. En plena crisis existencial, Cohen pasó gran parte del resto de la década retirado en un monasterio budista (Mt. Baldy Zen Zenter de Los Angeles), aunque tuvo el privilegio de colaborar activamente en “Omega”, el rompedor disco de Lagartija Nick y el cantaor Enrique Morente cuyo 20º aniversario se celebra precisamente ahora, y que contenía varias versiones del canadiense, probablemente algunas de las mejores que se han grabado.

Cuando reapareció con nuevo material con “Ten New Songs”, todo parecía seguir en su sitio. Por encima de todo, esa voz cavernosa que transmitía verdades eternas (y que se imponía, de nuevo, a unos arreglos que parecían congelados en los 80). Le seguiría “Dear Heather” (2004), con arreglos algo más sobrios y jazzeros.

Volviendo al budismo, la sabiduría ancestral de esa filosofía oriental -no apegarse a las cosas ni a las personas, practicar la compasión y el estoicismo desde la meditación- parecía venirle como anillo al dedo a su personalidad y a sus canciones, a ese susurro profundo con el que cantaba y nos curaba las heridas de la vida, a su insobornable búsqueda de la verdad y la honestidad consigo mismo y los demás. En términos prácticos, le iba a hacer falta cuando en 2004 descubrió que su manager Kelley Lynch le había estafado desde 1996 más de cinco millones de dólares, dejándole sin un céntimo (aunque ganó el juicio que condenaba a Lynch a pagarle 9 millones, jamás cobró el dinero; quizá por ello, entre 2008 y 2010 Cohen se embarcó en una exigente gira mundial; en Valencia llegó a desmayarse, aunque actuaría en Barcelona tres días después el día de su 75 cumpleaños. El testimonio de esa gira quedaría grabado en disco y DVD).

Tras la agotadora gira, además de recibir el Príncipe de Asturias de las Letras en 2011 (entonces no le pareció a nadie una aberración), Cohen tendría fuerzas para concluir tres discos más: “Old Ideas” (2012), “Popular Problems” (2014) -con el escalofriante y tenebroso blues minimalista “Nevermind”, popularizado en la segunda temporada “True Detective”-, y el recientísimo y crepuscular “You Want It Darker”, con el que el viejo poeta se ha despedido de este mundo de la mejor manera posible, aunque de modo abrupto e inesperado. Dejándonos un reguero de discos y canciones para la eternidad. Y huérfanos de un referente de serenidad y estoica dignidad, cuya obra mantiene un misterio que poquísimos cantantes, poetas o artistas pueden convocar.

 

Lorca en el corazón

En su emotivo discurso de recogida del Príncipe de Asturias, el canadiense desveló que recibió sus primeras clases de guitarra, en Montreal, a principios de los 60, de un enigmático español al que conoció cuando tocaba junto a una pista de tenis cercana a la casa de su madre y que se suicidó apenas le había dado un par de lecciones. Emocionado, confesó que pese a la brevedad de este contacto, las lecciones de ese misterioso profesor serían decisivas en su estilo de tocar, que hasta entonces había sido, según decía, muy tosco.

Desde su adolescencia, Cohen admiraba profundamente a Federico García Lorca, el poeta granadino asesinado al inicio de la Guerra Civil. (“Take This Waltz”, de su disco de 1988 “I´m Your Man”, se inspiraba directamente en uno de sus poemas, “Pequeño vals vienés”). Fue Lorca, con el que el joven poeta sintió una conexión profunda, quien de alguna manera le permitió explorar su propia voz como poeta. “Omega” concilió ambos universos (el de Cohen y el de Lorca), en un momento en el que el artista de Montreal, todo humildad y lucidez, acumulaba dudas sobre si merecía la pena seguir escribiendo canciones, mientras seguía los rigores de las normas en el monasterio budista donde estaba internado.